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Capítulo 2 *Palomitas, sombras y el ruido que rompe el hechizo*

Al ver que ni siquiera me muevo de mi cama, Eva empieza a lloriquea como un niño al que le han dicho que no habrá parque de atracciones.

—¡Vamos! Siempre estás estresada. Cada vez es más difícil aguantarte… ¡Necesitas desahogarte! —insiste.

Niego con la cabeza y cruzo los brazos sobre el pecho, pero Eva lo toma como un desafío y empieza a tirarme del pie, empeñada en sacarme de la cama a la fuerza.

—¡No! ¡No quiero salir, mujer! —me aferro al poste como si me fuera la vida en ello, mientras la oigo quejarse y acusarme de comportarme como una cría.

No me importa. Nadie me va a sacar de aquí si no quiero.

Al final, después de intentarlo en vano, me suelta. Se va refunfuñando, insultándome por lo bajo.

—Tarde o temprano te sacaré de ahí, cueste lo que cueste —sentencia, y sale de mi habitación para cambiarse en la suya.

No es que quiera quedarme encerrada en casa todo el tiempo como una monja en un convento. Es que las discotecas nunca me han atraído: tanta gente sudorosa rozándose, tocándote sin pudor y, sobre todo, esa música altísima que te destroza los tímpanos.

No es mi idea de una noche ideal.

Yo prefiero un bar tranquilo, una conversación sin gritos… o incluso un cine. Hace siglos que no veo una película en pantalla grande.

Y entonces la idea me golpea, limpia y perfecta.

Me levanto de inmediato. Casi me arranco la ropa y me visto a toda prisa.

Agarro el portátil y entro en la web de mi cine favorito de Madrid para reservar una entrada: esa película cuyo tráiler vi hace unos días y que me dejó con ganas de más.

Me maquillo apenas, lo justo para sentirme yo misma, y en nada estoy lista. Cuando se me mete algo en la cabeza, me preparo en un santiamén.

Paso frente a la habitación de Eva y la veo mirándose en el espejo de cuerpo entero, junto al armario. Se cubre el vientre, suspira y luego me lanza una mirada triste.

—Estaría realmente guapa sin este pequeño michelín…

Levanto la vista al techo. Ahí vamos otra vez.

—Eva, ya. No estás gorda, por el amor de Dios —gruño.

Ella se baja la camiseta, se señala y me acusa con el dedo como si yo fuera la culpable de sus complejos.

—Lucía, tú no puedes entenderlo. Me siento como una ballena varada.

—Siempre estás igual antes de salir. Te compadeces de ti misma, pero, maldita sea, te envidio: tienes la piel perfecta, unos ojos marrones dulces y brillantes, el cabello negro siempre impecable… y todas las curvas en su sitio. A diferencia de mí, que cuando me miro al espejo me siento tan Fiona…

—No digas tonterías. Eres guapa y esta noche también vas a conquistar.

Y, como por arte de magia, después de inflarme el ego, vuelve a ponerse insufrible.

—Y, para cambiar de tema: si has decidido venir conmigo, olvídate de pasearte con esos shorts vaqueros descoloridos y esa camiseta sin mangas tan provocativa.

Sí. Volvió.

—Me voy al cine. Adiós —digo, y antes de que pueda responder, huyo.

Camino sonriendo por las calles de la ciudad, como si llevara un secreto bueno en el bolsillo.

Por lo menos, mi compañera de piso no podrá quejarse de que paso demasiado tiempo en casa. Y yo podré relajarme comiendo palomitas calientes con mantequilla mientras veo una buena película, fantaseando con esa velada tranquila que me espera y sintiendo cómo la emoción me sube por dentro: suave, anticipada.

Cuando por fin llego al cine, me sorprende ver poca gente para ser viernes por la noche. Debo admitir que el cine está perdiendo su magia para muchos… y me da pena. Porque no hay nada como ver una película en la gran pantalla: los altavoces que te hacen brincar en el asiento y las butacas que te acunan como una promesa.

Siempre he sido amante de este lugar. La magia que respira me hace brillar los ojos desde que era niña. Durante esas pocas horas puedes dejar el mundo fuera y sumergirte en una historia: reír y llorar con los personajes, sonreír por una broma soltada por alguien cerca, y quedarte con ese vacío dulce cuando aparecen los créditos.

Con mi bebida y mis palomitas en brazos, sonriendo como una niña, le enseño la entrada al empleado. Me señala el pasillo y me hace un gesto para que avance. Conozco este lugar como la palma de mi mano, pero le doy las gracias igual y entro.

Habrá, como mucho, una decena de personas. No me importa. Mejor: más espacio para mí.

Me siento en la penúltima fila, justo en el centro. Para mí, esos son los mejores asientos: vista perfecta, distancia perfecta, el mundo lejos.

Pongo la bebida a un lado y las palomitas al otro, apago el teléfono y, sonriendo, espero a que terminen los anuncios.

Cuando se apagan las luces, me relajo por completo.

Me dejo caer en otro universo.

Pero justo cuando empieza la película, oigo que alguien se sienta a mi lado.

Contengo un gruñido. Aparto las palomitas y las sostengo en la mano para dejarle espacio a la persona que acaba de llegar, por si necesita apoyar lo suyo.

No lo miro. Con la poca luz no distinguiría gran cosa de todos modos… aunque por su complexión entiendo de inmediato que es un hombre.

Intento concentrarme otra vez.

Entonces, el recién llegado empieza a masticar las palomitas con una fuerza absurda. Un ruido húmedo, insistente. Me sorprende la falta de vergüenza.

Calma, Lucía. Concéntrate en la película. No pienses en nada.

Pero cuanto más lo intento, más siento que esa persona está haciendo todo lo posible por hacerse notar. Estoy segura de que hasta los de las primeras filas lo escuchan.

Me tenso. Respiro. Cuento hasta tres.

—Disculpa, estoy tratando de seguir la película… ¿podrías hacer menos ruido? —digo con amabilidad, aunque por dentro me muero por vaciarle la bolsa entera en la cabeza.

—Claro —responde.

Su tono… ese tono divertido… me resulta familiar. Pero no logro ubicarlo.

Lo dejo pasar. Me acomodo. Y, por fin, veo la película en paz.

Hasta que agarra la pajita de su bebida y hace un ruido infernal, largo, exagerado, como si quisiera taladrarme la paciencia.

Siento que un volcán me estalla por dentro.

—¿Lo hace a propósito o qué? —se me escapa, sin filtro—. ¿Es posible que ni siquiera pueda ver una película en paz?

Y, con eso, me levanto.

Mi noche perfecta se ha arruinado por culpa de un idiota que no sabe comportarse en público.

Con pasos firmes, empujo la puerta de salida y salgo todavía furiosa.

Hoy es un día para olvidar.

El lunes siguiente me desperté de mal humor y, por una vez, mi adorable compañera de piso no ayudó en absoluto: ocupó el baño más de la cuenta, me obligó a arreglarme a toda prisa y casi pierdo el metro para ir al trabajo.

Ya sabía que ese día iba a ser uno de los peores…

Nada más llegar, noté más agitación de lo normal, pero no le presté atención. Aquí cualquier excusa sirve para empezar a cotillear.

Me senté y suspiré, lista para enfrentar un nuevo día lleno de problemas por resolver.

—¡Lucía!

Me sobresalto cuando Jime prácticamente me lo grita, corriendo hacia mí como si le hubiera tocado la lotería. Se ve encantada… y no entiendo por qué. Es lunes por la mañana.

—Buenos días —respondo, con un gesto de la mano, sin mucha ceremonia.

Se inclina a mi altura, como si fuera a revelarme un secreto enorme.

—¿No te has dado cuenta de que hoy todo el mundo está muy agitado?

Miro alrededor. Sí, he notado a la gente yendo de un lado a otro, corriendo como si el edificio se estuviera incendiando, pero pensé que era lo de siempre. Sobre todo porque todavía hay muchos pedidos por enviar.

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