Capítulo 3 *El ascensor no mentía: ojos verdes en la planta cuarenta*
—Eh… ¿no? —respondo con vacilación.
Jime me mira perpleja y se planta una mano en la cadera con teatralidad.
—Vamos, compañera. Presta un poco de atención al mundo que te rodea.
Da una patada al suelo que casi me saca una sonrisa. Es la reina absoluta de los chismes: pase lo que pase, ten por seguro que ella ya lo sabe.
—¿Qué pasa entonces? —pregunto—. Sé breve, por favor, porque necesito concentrarme.
—¡Tenemos un nuevo jefe!
Levanto una ceja.
—¿Eso es todo? ¿Por eso el alboroto?
Sinceramente, no le veo el interés.
—¿Qué cara es esa? ¡Es la noticia del siglo!
Suspiro y vuelvo a la pantalla del ordenador, revisando archivos y órdenes que tengo que reenviar.
—¿También fue “noticia del siglo” cuando Juli, de Contabilidad, fue sorprendida con el limpiador en el archivo?
Le doy un pequeño empujón. Ella se queja de inmediato, lo bastante alto como para llamar la atención de alguien que pasa por el departamento, corriendo con papeles en la mano.
—Eso no cuenta —protesta, ofendida—. ¡El nuevo jefe parece un mujeriego!
La miro con condescendencia y, como siempre, lo toma como una invitación para seguir hablando, aunque a mí me dé exactamente igual. El jefe está en la cima y rara vez se deja ver. Siempre ha sido así —incluso antes de que yo entrara— y no creo que vaya a cambiar.
—En nuestra filial de Toronto corre el rumor de que cambiaba de secretaria personal prácticamente cada quince días. Se acostaba con ella y la despedía cuando se cansaba.
Se me revuelve el estómago.
—¿Y eso te parece emocionante? Yo a un tipo así le daría una paliza hasta dislocarme la mano.
Odio a esa clase de personas que se aprovechan de su posición para hacer lo que les da la gana.
—¿Me estás diciendo que un playboy barato, que probablemente ni siquiera sabe qué trabajo se supone que debe hacer —niño de papá, encima—, se ha convertido en nuestro jefe?
No le veo lo positivo por ningún lado. Si acaso, me preocupa aún más el futuro de la empresa.
Jime se dispone a responder, pero en ese momento nuestro jefe de departamento, Luke, se mete en la conversación como si nada.
—Montiel, ¿puedes llevar los informes de pedidos del mes pasado a la planta cuarenta?
Me quedo tiesa.
—¿La planta cuarenta…?
Intercambio una mirada con Jime, que parece igual de sorprendida. Yo nunca he estado allá arriba.
—Sí. Es la oficina del jefe —explica Luke—. Ha dicho que quiere un informe de cada departamento del mes pasado. Yo iría, pero tengo clientes de fuera por llegar y no puedo hacerlos esperar.
Trago saliva. Me levanto y tomo los papeles que me tiende.
—No pasa nada, Lucía —me digo por dentro—. Es cuestión de segundos: entras, saludas, entregas los papeles y te vas. Estamos hablando de un tipo que seguramente no tiene nada mejor que hacer que jugar con el ordenador y fingir que sabe lo que hace. ¿Qué podría pasar?
—Yo solo quiero saber cómo es en persona —susurra Jime, dándome un codazo para que me mueva—. ¡Anda!
—Vale, ya voy.
Respiro hondo, camino hacia el ascensor y me digo que, como nuestro departamento está en la planta veintidós, tardaré un poco en llegar. Aprovecho esos segundos para prepararme por dentro: voy a ver al nuevo jefe y no quiero dar una impresión que luego me cueste el trabajo.
Si lo único que sabe hacer es quitarle el puesto a la gente —según Jime—, yo pienso conservar el mío todo lo que pueda.
Cuando el ascensor se detiene, me armo de valor y salgo.
Solo son unos instantes, Lucía. Unos instantes y listo.
Me aliso la blusa y llamo a una gran puerta de madera maciza que, desde aquí, ya impone respeto. Me pregunto cuánto pesará.
Oigo pasos al otro lado.
Aparto mis pensamientos y entro.
Me sorprende la luminosidad de la oficina: una pared completamente acristalada deja caer la ciudad como un mapa vivo bajo mis pies. Y sí… lo confirmo una vez más: Madrid es magnífica.
Sin distraerme con los muebles —seguramente antiguos— ni con los dos sofás de cuero blanco a cada lado de la habitación, camino hacia el enorme escritorio del fondo.
El sillón giratorio está de espaldas, frente a la ventana, así que no puedo ver su rostro.
Y, en este momento, lo prefiero.
—Disculpe que lo moleste —digo, con voz firme—. Soy del departamento de ventas y le traigo el informe del mes pasado, tal como lo pidió.
Cuanto antes lo diga, antes vuelvo a mi papeleo.
Lo oigo carraspear y, en un segundo, gira hacia mí.
Y, en el instante exacto en que sus ojos encuentran los míos, se me seca la boca.
Se me abren los ojos como platos.
—Vaya… —susurra.
Sus labios carnosos se estiran en una sonrisa lenta, peligrosamente atractiva.
Y la memoria me golpea con la precisión de una cuchillada: el ascensor. Viernes. La voz. La mirada.
Es él.
—Sí… hola —consigo decir, tirante, como si la palabra me raspase por dentro—. Eso es todo.
Voy a actuar como si nada. Tal vez entienda que no quiero hablar de ello y lo deje pasar. Al menos eso espero.
Me acerco, dejo los papeles sobre el escritorio y doy un paso atrás.
Pero él no reacciona. No se mueve ni un centímetro.
Solo me mira.
Sus ojos —los más verdes que he visto en mi vida— me inquietan. Me dan miedo… y, al mismo tiempo, me despiertan una sensación absurda, casi familiar.
No, Lucía. Imposible.
—Si eso es todo, debo volver al trabajo —digo, intentando sonar profesional.
Él no responde.
Y ese silencio me incomoda más que cualquier palabra.
Una parte de mí quiere darse la vuelta e irse sin mirar atrás. Otra —la más adulta— decide no mostrarse impresionada. Le sostengo la mirada, igual de firme. Si ese es su juego con todo el mundo, yo no voy a parecer una niña tímida.
—¿No me reconoces? —pregunta por fin.
Levanto una ceja, sin querer.
¿Ya estamos con el “tú”? ¿Con esa confianza?
—Nos vimos hace unos días en el ascensor de este edificio, si no me equivoco —respondo, picada.
A él se le tensa el gesto, como si mi respuesta lo ofendiera. Pero no creo haber dicho nada indebido.
—Entonces no me reconoces… Entiendo. Puedes irte.
Me quedo descolocada un segundo.
¿Qué acaba de pasar?
Asiento, sin discutir. Me doy la vuelta y camino hacia la puerta, rápida, como si el aire allí dentro pesara más de la cuenta. Cierro detrás de mí.
Vaya. Eso fue mucho más raro de lo que imaginaba.
—¿Y bien? ¡Cuéntame! ¿Cómo ha ido?
Apenas vuelvo al departamento, todos —y cuando digo todos, es todos— se levantan a la vez, se acercan y me rodean como si yo fuera la única que hubiera visto a un animal mitológico.
Me bombardean con preguntas sobre el nuevo jefe.
—Bueno… sí, es joven —digo.
Las mujeres a mi alrededor resoplan. Apuesto a que no es lo que querían oír.
¿Pero qué esperan que diga? ¿Que me hizo una pregunta extraña? ¿Que ya lo había visto antes y que mi impresión no fue precisamente brillante? ¿Que no dejó de mirarme como si yo fuera un problema que quiere resolver?
Si no fuera ridículo, juraría que ni siquiera parpadeó.
—Vamos, Lucía. Queremos más detalles.
Levanto una ceja. Si tanto querían verlo, pudieron haberse ofrecido a llevar el informe ellas.
—Tiene los ojos verdes… creo que es unos años mayor que yo y… ¿qué más? —busco algo banal, algo seguro—. Tiene pestañas bonitas.
Digo lo primero que se me ocurre.
No fue un encuentro largo ni agradable. Yo solo quería salir de esa oficina… y su presencia me dio todavía más ganas de huir.
Veo que varios compañeros abren la boca para insistir, pero entonces suena el timbre melodioso de mi teléfono.
Aprovecho el rescate.
Contesto.
Del otro lado, con un marcado acento portugués, el señor López, de Recursos Humanos, me informa de que los pedidos del señor Kim por fin han llegado a su destino.
—Gracias a Dios —murmuro, cerrando los ojos un segundo.
Al menos no voy a pasar las próximas horas diciéndole minuto a minuto dónde está su mercancía.
