Capítulo 1 *Entre tacones, café y un desconocido*
Sí, lo entiendo perfectamente. No te preocupes: la mercancía llegará a tiempo. Que tengas un buen día también —digo, y cuelgo el teléfono con un suspiro que me sale desde el estómago.
Miro a mi compañera, Jimena, y ella ya sabe con quién estaba hablando sin que yo tenga que decirlo.
—Claro… si no llama cada quince minutos para preguntar dónde está el envío, es que no está satisfecho. Debería buscarse un pasatiempo —pongo los ojos en blanco—. Te juro que cada entrega con ese hombre me quita años de vida. Es de nuestros mejores clientes, sí, pero puede ser un pesado de campeonato.
—Ni siquiera son las diez y ya me duele la cabeza, Jime.
Me presiono los dedos contra las sienes, cierro los ojos y dejo escapar otro suspiro. El día va a ser largo; lo sé antes de que pase.
Oigo una risita a mi izquierda y siento una mano en el hombro, como si alguien intentara sacarme de mi propio mal humor.
—Sé lo que necesitas…
Café, concluyo mentalmente.
La veo levantarse de la silla giratoria como un rayo y cruzar las oficinas con esa facilidad insultante de quien camina en tacones como si fueran zapatillas. Su melena negra desaparece en la sala de descanso y yo aprovecho para mirar por la ventana.
Madrid está preciosa hoy, y aun así yo me siento como si llevara una jaula puesta por dentro. Me dan ganas de arrancarme la ropa ajustada, quitarme los tacones y salir corriendo hasta que el aire me borre las ideas.
Me gusta mi trabajo. De verdad. Pero hay días en los que me gustaría mandarlo todo al diablo.
—Aquí tienes, jovencita sin energía —dice Jimena, agitando una taza de café humeante delante de mi nariz.
Aspiro el aroma de los granos recién tostados y, solo por eso, el mundo se vuelve un poco menos hostil.
—Gracias —murmuro.
Me bebo ese líquido oscuro como si fuera una cuerda lanzada desde un barco en mitad del naufragio.
Perfecto. Ya puedo seguir respirando.
—¿Quién es el siguiente?
—Lucía, hay unos papeles que hay que archivar. ¿Te encargas tú? —Oscar me mira desde detrás de sus gafas grandes con una expresión de cachorro abandonado.
Miro su escritorio y confirmo lo que ya sabía: una batalla perdida. Papeles, expedientes, documentos apilados sin orden. No entiendo cómo encuentra algo ahí.
Asiento, resignada. Me levanto y voy hacia los archivadores. Al menos esto me sirve de “descanso”: estar sentada todo el día no es lo mío. Yo funciono mejor cuando me muevo, cuando resuelvo, cuando apago fuegos.
Trabajo para una multinacional y estoy a cargo de las ventas y de todo lo que gira a su alrededor. He tenido oportunidades que no todo el mundo tiene: reuniones, negociaciones, imprevistos… y, sí, algún viaje por trabajo. La parte de “ir y venir” es, honestamente, lo que más me gusta.
Sonrío, medio perdida en el recuerdo, mientras camino por el pasillo hacia el ascensor. Guardamos los archivos en una planta separada, lo cual es la prueba más clara de cuánto papeleo somos capaces de producir a diario.
Me acuerdo de mis primeros meses como becaria: clasificar, perforar, meter documentos en carpetas… Llegaba a casa con la sensación de que el papel me perseguía.
Por suerte, vieron mi potencial. Hoy soy de las mejores del departamento, modestia aparte.
Mientras espero a que llegue el ascensor, reviso los documentos que tengo que archivar.
Genial: ni siquiera tienen fecha ni nombre del cliente.
—¡Oscar…!
Se me sube el calor a la cara.
—De verdad, eres un imbécil con un cerebro del tamaño de un cacahuete —suelto, frustrada—. ¡Así sí que me va a llevar una eternidad!
—Vaya… alguien está teniendo un mal día.
La voz aparece a mi lado, tranquila, casi divertida.
Me quedo tiesa. Y entonces caigo: no estoy sola.
Me aclaro la garganta y giro la cabeza, despacio, como si el movimiento pudiera salvarme del ridículo.
Es un desconocido. Más o menos de mi edad. Va impecable, traje oscuro, pelo castaño ligeramente revuelto como si no se hubiera molestado en domarlo del todo. Tiene esa presencia que no se impone a gritos, pero igual llena el espacio. Y, lo peor, me mira como si mi pequeño estallido fuera… entretenido.
—Disculpa —digo, tragándome lo que de verdad me gustaría añadir.
No responde de inmediato. Y cuando vuelvo a mirarlo, sus labios se curvan en una sonrisa lenta, medida.
—No hay por qué disculparse. Todo el mundo tiene días malos.
Asiento, aunque por dentro me quiero morir.
Qué maravilla. De todas las cosas que podía escuchar un hombre atractivo en un ascensor… yo elijo insultar a un compañero.
Las puertas se abren y mi cerebro, en un intento desesperado de proteger mi dignidad, empieza a llenarse de ruido: un coro absurdo, cualquier cosa con tal de no procesar lo evidente.
La mirada de ese tipo sobre mí es… intimidante. No agresiva. No. Es esa clase de intensidad tranquila que te hace sentir observada, como si te estuvieran leyendo una página que tú no querías enseñar.
Sin pensarlo dos veces, salgo del ascensor y camino rápido hacia el archivo. Respiro aliviada cuando las puertas se cierran y confirmo que no viene detrás de mí.
Qué papelón, Dios.
Lucía, ¿por qué demonios no pensaste dos segundos antes de hablar como un marinero?
—Lucía, querida, ¿en qué puedo ayudarte? —me pregunta Mary, la encargada del archivo, antes de que yo consiga ordenar una frase con sentido.
Le enseño los documentos e intento sonreír. Un tic nervioso en el ojo amenaza con delatarme.
—Vengo a archivar esto.
Mary los toma, los revisa… mira los papeles, mira su escritorio y levanta una ceja.
—Me llevará un tiempo encontrar el expediente correcto, pero pasa.
—Como sospechaba… —murmuro, derrotada.
Paso las dos horas siguientes en el peor lugar posible de la empresa: rodeada de archivadores, libros de contabilidad, montones de papeles con olor a polvo y resignación.
La próxima vez, aunque Oscar me lo pida de rodillas, con lágrimas y con promesas de cambio, puede estar seguro de que no lo voy a ayudar.
Cuando por fin vuelvo a hundirme en mi codiciada silla giratoria, mis pies gritan de alivio. Mal día para llevar tacones. Normalmente uso bailarinas, pero hoy me dije: “Vamos, Lucía, probemos algo diferente…”.
Ahora entiendo por qué mi cuerpo me odia.
Oscar ni siquiera se atreve a levantar la vista del teclado. Y con razón: si nuestras miradas se cruzaran, sospecho que le caería un rayo del cielo.
—Hola, Lucía. Te daba por perdida. —¿Dónde estabas? —Jimena me mira divertida. Sabe perfectamente a lo que me enfrenté, pero se está conteniendo como una santa para no reírse en mi cara.
—En el infierno. Con archivos.
Ella hace un esfuerzo heroico por no carcajearse.
—En fin… el cliente coreano llamó primero. No le entendí nada, pero creo que te necesita.
Pongo los ojos en blanco, asiento y me llevo el teléfono a la oreja.
Genial.
…
—¿Pero cómo no te diste cuenta de que estaba a tu lado en el ascensor? —me quejo ya en casa, tirada en la cama. Pataleo, ruedo de un lado a otro, intentando sacarme el mal rato del cuerpo—. ¡Hay que vivir en una nube para no notar que hay alguien a medio metro!
—Lucía, ¿podrías dejar de girar el cuchillo en la herida, por favor?
Eva, mi mejor amiga y compañera de piso, salta sobre la cama a mi lado riéndose como una loca, y me hace sobresaltar.
—Vamos… tienes que admitir que es divertido.
—Sí, claro. Divertidísimo.
Le doy un codazo en el hombro y ella se ríe todavía más, si es que eso es posible.
—De todos modos, deberías dejar de quedarte en casa todo el tiempo. Tienes veintisiete años, no cincuenta. ¿Quieres ser una solterona toda la vida?
Ah, perfecto. Noche de “cumplidos”.
—Sabes que me aburro enseguida. Tu idea de una noche de fiesta es ir a una discoteca, beber en exceso y vomitar las tripas a los diez minutos de salir del club —le digo, y ella arquea las cejas, teatral.
—Te olvidas de la parte más importante.
—Ah, sí… y acostarte con todos los chicos que te miran con lascivia…
Definitivamente, no es para mí.
