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9

Estar cerca de ese hombre era una experiencia abrumadora. A partir de ese momento, empecé a verlo con más frecuencia y me lo encontraba en todos lados: cuando llegaba a la universidad alrededor de las siete de la mañana, mientras desayunaba en el cafetín después de mi primera clase o en la parada del transporte, a las cinco de la tarde, sin falta. Ahora recuerdo que en aquel tiempo fui objeto de una constante persecución, aunque en esos días lo ignoraba. Todo inició una fría tarde de invierno cuando llegué a la parada del transporte en la universidad. Aquel día mi capacidad mental estaba al borde. Había estado sometida a demasiada presión por la elaboración del ensayo, incluso obtuve la prórroga para entregarlo el lunes próximo. Por más que le dedicara las tardes en la biblioteca, mis esfuerzos por terminarlo habían sido infructuosos y eso me frustraba. Debo llegar a casa a estudiar, pensaba mientras subía al transporte. Esa tarde una avalancha de personas inundó el autobús. Estaba tan exhausta que no fui consciente del recorrido y en un abrir y cerrar de ojos llegué a mi parada.

Cayó la noche y sentía frío. Caminaba bajo la luz oscilante de las lámparas de sodio que rodeaban la calle, cuando me percaté que alguien más se había bajado en mi parada y caminaba en mi dirección. Normalmente nadie se bajaba allí, pero podía atribuirlo a la particularidad de esa tarde. Miré de reojo y solo veía una silueta negra detrás de mí. Aceleré el paso. No lo sabía con exactitud, pero tenía la idea bastante precisa de que me estaban siguiendo. Caminé de prisa y llegué a la esquina donde los peatones esperaban apiñados el cambio del semáforo. Observaba disimuladamente en todas direcciones: mujeres arregladas en tacones, llantos de bebés fastidiados por el sueño, hombres de negocio, muchachos desaliñados en patinetas. Sin rastros de la silueta negra.

Crucé la calle una vez que cambió el semáforo y ya estaba en mi edificio. Lo ideal hubiese sido que la puerta principal abriera sin problemas, como de costumbre, pero se quedó trabada durante unos segundos aparentemente eternos. Durante un momento de extrema tensión miré hacia atrás y sentí la presencia de aquella silueta negra. Entré de inmediato apenas se abrió la puerta, pero mientras se cerraba, una mano la detuvo. En un paso apurado me dirigí al ascensor y escuché pasos detrás de mí. Sin embargo, no me atreví a voltear.

Cuando entré al ascensor, logré ver al fin a esta persona. Me fue imposible descifrar su rostro. Se trataba de un hombre que llevaba puesto un suéter negro de capucha que le sombreaba el rostro. Marqué mi piso y le pregunté a cual se dirigía. Respondió en medio de una exhalación por lo que asumí que nos dirigíamos al mismo lugar. Se quedó detrás de mí. ¡Ahora sí valí madres! Un puñal o una pistola con silenciador y eso será todo. Pensaba angustiada durante aquellos segundos interminables en los que mi corazón ascendía hasta mi garganta como el ascensor a mi piso. Cuando finalmente se detuvo y abrió sus puertas, el pánico ya se había apoderado por completo de mí. Dejé de guardar las apariencias y salí corriendo hacia mi apartamento, demente y con el corazón en la boca. Aunque sentía que la silueta seguía detrás de mí, logré abrir la puerta con gran pericia y entré. Cerré violentamente y miré por el ovillo. Ni rastro de la silueta. ¿Qué diablos fue eso?, pensé dejándome caer sobre mis rodillas.

Un escalofrío me recorría el cuerpo cuando al volverme, la figura de papá me sobresaltó. Entonaba en su mejor actuación de Jim Morrinson: “No toques la tierra, no veas el sol, no queda nada por hacer, excepto correr, correr, correr...”. Se veía feliz en tanto colgaba un horroroso afiche con el nuevo slogan del Ejército. Lo miré pálida y estupefacta, como si me hubiese jugado una broma de mal gusto y entonces me enfurecí. Apagué el tocadiscos torpe y furiosamente y salí disparada a mi habitación. “Corre conmigo, Carena. ¡Corramos!” Cantaba con energía mientras me alejaba.

Aún no podía hacer conjeturas sobre lo que estaba ocurriendo. Siempre pasaba por la vida apresurada, sin mirar en torno, sin ser consciente de las personas a mi alrededor. Estaba tan acostumbrada a mi soledad y tan enclaustrada en mis asuntos, que ni desplegando anuncios titilantes de color amarillo frente a mí con la palabra “PELIGRO, PELIGRO”, hubiese podido darme cuenta de cualquier señal indicativa del mal que me acechaba.

Pero, ay, mis perseguidores se acercaban cada vez más.

Una tarde en la universidad, como de costumbre, me dirigí a la biblioteca para trabajar en el Setenario. Sin embargo, cuando solicité el libro a Body —el bibliotecario encargado, un tipo flacucho de lentes cuyo aspecto físico encarnaba en la cultura rastafari— me informó que alguien más lo estaba usando.

—¿Qué dices, Body? —repliqué con una expresión cómica de sorpresa—. ¿A quién se lo prestaste? ¡Sabías que lo estaba usando!

—Lo siento, Carena —contestó con voz lenta mientras se agarraba la cabeza—. Sabes que no puedo secuestrar el libro.

—Pero teníamos un trato —farfullé inclinándome hacia él—. Tú no prestarías el libro hasta que yo terminara el ensayo.

Hacer tratos con Body resultaba sencillo, bueno, casi siempre. Las chicas guapas podían salirse fácilmente con la suya, pero a juzgar por lo sucedido, ese no era mi caso.

—No lo sé, yo simplemente lo presté —explicó como excusándose. Se inclinó hacia mí y susurró con expresión preocupada—: No menciones que hago tratos con chicas como tú...

—¿Qué voy a hacer ahora, Body? Tengo que entregar el ensayo el lunes. ¡Tú lo sabías!

—Pero ve con él. Ruégale que te preste el libro. Quizá se compadezca de ti. Si se resiste, amenázalo de muerte. Seguro sucumbirá, tienes el aspecto para lograrlo —aseguró y soltó una risita sarcástica—. Pareces maniática, hermana, de verdad.

—¿Te burlas de mí? ¡Eres increíble, Body! —exclamé indignada—. ¿Dónde está el tipo que lo tiene?

—¡Vamos, Carena, sonríe! Ya lo decía Bob: “La curva más linda en una mujer es su sonrisa” —citó esbozando una sonrisa traviesa que borró por completo cuando sintió mi mirada fulminante—. Está al final —dijo rápidamente y señaló con desdén el fondo del salón.

Caminé de hombros caídos hacia el lugar donde me indicó Body, queriendo matarlo con el pensamiento, imaginado su cabeza saltar hecha pedazos. El tipo que tenía el libro estaba de espaldas a la recepción. Llevaba un suéter negro con capucha. Me acerqué cautelosa en medio del pesado silencio de la biblioteca, luego de atravesar cuatro filas de mesas y por fin llegué al lugar. En ese momento, la persona advirtió mi presencia y pude ver su rostro. No lo podía creer, pero era él, mi hombre ideal. Levantó la mirada con el esbozo de una sonrisa en su rostro. ¡Señor, qué bello es! Parecía sacado del retrato de Dorian Grey. Su imagen estalló en mi mente como una bomba atómica, poniéndome la piel de gallina, pero en seguida, traté de contener los nervios y tomar el valor para hablarle.

—Bue... Buenas tardes —dije torpe y nerviosamente.

—Buenas tardes —respondió. Su voz era grave y ronca. Se notaba ligeramente interesado en lo que tenía que decir, aunque yo solo podía mirar alternativamente su rostro y el libro—. ¿Necesitas esto? —preguntó con una mirada llena de satisfacción señalando el libro, en tanto yo me sentía desfallecer—. Me llamo John...

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