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En la soledad de mi habitación del sanatorio, puedo escuchar mis propios llantos y lamentos de dolor luego de mi primera sesión de lavado de cerebro. El cruel verdugo de mi desgracia ejecuta mi sentencia en algún aparato de tortura de la Inquisición. Tenían razón, duele y mucho, supera por demás el infierno de los interrogatorios. Eh, ¿hay alguien ahí?, pregunto débil y tumefacta a la voz. “Pareces muñeca quemada, torturada por algún niño cruel”, responde con voz chillona. Su fanfarronería me confirma que todavía sigue con vida, pero yo, muriendo y clamando interiormente, trato de recordar lo sucedido aquella noche.
Luego del apagón aquella noche en el bar, me disculpé con Judy por mi comportamiento paranoico. Araminta y Adriel me buscaban desesperados y al verme con él se tornaron muy serios. Poco antes de irme lo vi dirigirse hacia mi hombre ideal. Parecían hablar algo agitados y cautelosos a la vez. En medio de su calurosa conversación pude verlos dirigir su mirada hacia mí. Rápidamente guardé las apariencias fingiendo mirar en otra dirección y procedí a retirarme del lugar. Después, mientras Araminta se despedía apasionadamente de un chico mucho menor que ella, yo escuchaba las propuestas indecentes de Adriel como un solo cuac, cuac, cuac, pero en el fondo me preguntaba intrigada, qué significado podrían tener aquellas palabras “Eres tú”. Y aunque las propuestas parecían bastante tentadoras en aquel momento, una profunda desolación me inundaba el ánimo y decidí rechazarlas todas y marcharme a casa, nuevamente, derrotada.
El lunes siguiente, en la universidad, corría a través de la plaza central con la idea de solicitar al profesor Spacy una prórroga para la entrega del ensayo del Setenario. La brisa helada de invierno golpeaba despiadadamente mi rostro, intensificando aquella sensación de angustia por no poder entregar en los tiempos. Me detuve jadeante frente a la imponente estructura de la Escuela de Bellas Artes y observé mi reloj. Eran un poco más de las cinco de la tarde y debía conseguir al profesor antes de la seis, de lo contrario, perdería el transporte. Así que me encaminé de prisa al edificio para ganar tiempo. El vestíbulo se veía desierto a aquellas horas y la oscuridad parecía nacer en su interior. Tirité al percatarme de la soledad que reinaba en el mismo y observé las escaleras que conducían al departamento. Debo conseguir al profesor Spacy. Veamos, Departamento de lingüística. No pasó mucho tiempo cuando al escuchar el eco de mis propios pasos ascendiendo las escaleras, mi cerebro empezó a jugarme bromas pesadas, evocando retazos de recuerdos de películas de terror como El resplandor.
Caminaba por el largo pasillo que conducía al departamento, un pasillo sumido en sombras y con innumerables puertas, semejante a algún pasillo aterrador del Hotel Overlock. Una odiosa sensación de desesperación ascendía desde mi estómago y empezaba a asustarme al imaginar que alguna especie de aparición, similar a la de la criminal habitación 237, pudiera estar aguardando en cualquier lugar. De pronto, tuve la impresión de ver por el rabillo del ojo una silueta desplazándose. Me volví enseguida e impulsada por el miedo pregunté: “¿Hay alguien allí?” No hubo ninguna respuesta. Golpeé la puerta más próxima imaginando que la persona que creí ver había podido entrar allí. Pero no había nadie.
Avancé y me detuve frente a las puertas del departamento, escuchando el viento silbar suave y rítmicamente entre los pasillos. Me asomé a través de las ventanas de vidrio para espiar el interior y me percaté de que el departamento estaba vacío, solo iluminado por los relictos de luz que se filtraban desde el exterior. Tomé el pomo de la puerta, pero estaba cerrada con llave. De súbito, empecé a experimentar una apremiante sensación de miedo irracional, esa que me azotaba cada vez que me encontraba en espacios oscuros y solo una idea se clavó obsesiva en mi cabeza: salir del lugar. ¡Al diablo con todo, me largo!, me dije intentando convencerme de que no ocurría nada, que solo debía darme la vuelta y regresar por donde había llegado.
Nuevamente me pareció advertir un movimiento en el pasillo. “¡Hola! ¡Busco al profesor Spacy!”, exclamé con voz trémula. La percepción distorsionada de mi cerebro ya había entrado en acción, abrumadoramente convencida de que alguien emergería de la oscuridad para aniquilarme por completo. Me quedé plantada en la oscuridad, mirando hacia el pasillo y empecé a temblar. Oí un ruido detrás de mí o creí escucharlo. ¿Pasos? Giré violentamente y un gritico crispado retumbó como un eco en el pasillo al ver que allí no había nada, pero enseguida volví a escuchar el ruido y estuve convencida de que los pasos eran reales. Salí corriendo despavorida con la brisa helada apuñalándome la garganta y el corazón saliéndoseme del pecho. De golpe, una figura emergió de la oscuridad y se mostró de cuerpo completo. Me detuve en el acto y la miré con ojos desorbitados y las facciones asustadas. Era Judy.
—¡Mierda! —exclamé en medio de una exhalación—. ¿Por qué haces esto? ¿Es una costumbre tuya emerger así de la oscuridad?
Él esbozó una ligera sonrisa mientras me recorría el rostro con una mirada obsesiva.
—Lo siento. ¿Te asusté? No deberías temerle a la oscuridad —dijo con una especie de apasionamiento enigmático—. El miedo en sí mismo es positivo, nos impulsa a hacer cosas, como mantenernos con vida. Tranquila, no lo activaste de manera consciente. Surge mucho antes de que nuestra razón haya podido decidir algo al respecto. ¿Quieres saber cómo funciona? —preguntó parsimoniosamente, rodeándome con pasos cortos. Yo solo podía mirarlo inmóvil, pero por dentro, sentía una especie de terror indescriptible—. Primero el tálamo decide dónde enviar los datos sensoriales y el córtex sensorial los interpreta. Después el hipocampo los almacena y recupera los recuerdos conscientes para establecer el contexto. Luego la amígdala, donde están almacenados tus recuerdos y emociones del miedo, decodifica las emociones y determina la posible amenaza y finalmente, el hipotálamo activa la respuesta de lucha o de huida. En ese preciso momento fue cuando decidiste correr. Y bien, ¿cuál era la amenaza? —inquirió sosteniéndome la mirada.
—Tengo que salir de aquí —repuse con nerviosismo.
Lo evadí y me encaminé hacia las escaleras.
—Discúlpame, discúlpame si te asusté, por favor —insistía en tanto yo lo ignoraba bajando rápidamente las escaleras. Necesitaba salir de la oscuridad. Necesitaba alejarme de ese hombre tan extraño—. Mi nombre es Judy —dijo, tratando de seguirme el paso.
Me detuve en el exterior del edificio y respiré con las manos en la cintura y la vista fija en el cielo. Luego me volví para mirarlo. Extendió la mano para presentarse y sus ojos me miraban con una extraña intensidad. Lo observé cautelosa, pero extendí mi mano también.
—Carena —dije. Él tomó mi mano, asintiendo como si saboreara una certeza.
—Hermoso nombre. ¿Qué estudias?
—Literatura.
—Yo soy del postgrado en Antropología —agregó y yo miré mi reloj. En diez minutos el transporte me abandonaría.
—Lo siento, debo irme —precisé dándole una rápida mirada. Ahora se veía totalmente distinto a como lucía en la oscuridad. Su voz sonaba bastante amable, incluso esbozaba una sonrisa radiante. Fugazmente pensé si debía preguntarle acerca de las palabras que me dirigió aquel día en el bar, pero pronto concluí que mi curiosidad podía ser mal interpretada, así que me limité a decir—: Gracias por lo del otro día.
—No te preocupes, no fue nada —contestó—. Tenemos un círculo de debate sobre cosmogonía. Sería un placer contar con tu presencia, Carena.
—Lo tendré en cuenta —agregué fingiendo interés mientras me alejaba.
—¡Me puedes conseguir en la Escuela de Ciencias Sociales!—agregó afanosamente, como si intentara venderme un producto. Yo hice un ademán de despedida y le lancé un último vistazo. Vi que me sonreía y su mirada, parecía esconder algo en el misterio...
