10
Su voz seductora replica en mi cabeza: John. Voces en mi cabeza. Voces en una habitación. Voces en la habitación de la tortura.
—Nos volvemos a ver, Carena.
Y otra vez, el angustioso olor de las cámaras mortuorias. El aroma funerario de las flores inexistentes que cubren mi cuerpo más muerto que vivo. El humo pestilente de sus cigarrillos que se desparrama en la habitación de la tortura y se infiltra en mis pulmones. Escucho su voz cavernosa, pero la luz intensa sobre mi rostro me impide distinguirlo. Estoy inmovilizada de nuevo en la camilla y no tengo la certeza de cómo llegué aquí, ni por cuánto tiempo he estado soñando o recordando. El eco de sus pasos se acerca hacia mí, entrecierro los ojos. ¿Es el hijo de puta de Barker? Pienso. Acerca el rostro para que pueda verlo y esboza una sonrisa sarcástica.
—Has sido elegida… ¡otra vez!
¡Por mis pecados! Protesto en mi interior. ¡Otra vez no!
—¡Bienvenida al Sótano! —exclama divertido y continúa dirigiéndose al doctor Tyler—: No comprendo por qué este lugar tiene tan mala fama entre los pacientes.
El doctor Tyler, ubicado en una esquina de la penumbrosa habitación, frente al inefable aparato marrón, le contesta con un leve encogimiento de hombros y los dos se ríen como unos idiotas, completamente conscientes del temor que me infligen. Barker, de pie frente a mí, me mira con extraordinario desdén y da otra fumada al cigarrillo.
—Carena, así te llamas ¿no? Carena Weisz.
Apenas si puedo asentir con la cabeza. El terror me comprime el estómago.
—Bien, Carena —dice en tono apacible—. ¿Sabes por qué estás aquí?
—No —balbuceo, asustada.
—¿Segura?
—Sí...
—Nadie conoce este lugar, Carena. ¿Crees que solo por estar enfermo se llega hasta acá?
—No estoy enferma... —digo, tímidamente, bajando mis párpados temblorosos.
—Pues lamento darte una mala noticia, Carena —dice, haciendo un puchero—. Sí estás enferma. —Intento mover mi cabeza en señal de negación, pero me es imposible, estoy inmovilizada y solo puedo repetir con desesperación: “No, no, no, no...”. Continúa—: Incluso el hecho de que aceptes o no que estás enferma, tampoco contesta mi pregunta. Te la repito: ¿Sabes por qué estás aquí?
—Ya te dije que no lo sé. ¡No lo sé!
—Sí sabes, Carena —asegura—. Estas aquí no solamente porque estás enferma y crees en historias fantásticas que solo un trastornado podría creer, sino porque además, te atreviste a conspirar contra el Sistema. ¡Por eso es que estás aquí!
Cierro mis ojos, cierro mis ojos fuerte, deseando no escuchar más. Arremete.
—Esto únicamente es una fachada. Este hospital, estos locos, esta rehabilitación. Detrás de cada cosa hay un trasfondo ¿lo sabías? —No digo nada. Mis ojos permanecen cerrados, tiemblo como una gelatina—. Responde, Carena, responde...
—No...
—Sabes muy bien el trasfondo que hay en todo esto, Carena. Tú lo sabes... —dice calmadamente, envuelto en un humo blanco y nauseabundo, aplastando su cigarrillo en un cenicero— ¿Conoces el trabajo que hacemos aquí, verdad?
—Sí —me atrevo a responder al fin, expuesta, totalmente descubierta.
—Dime qué has oído, por favor.
—Que reforman a los rebeldes para hacerlos obedientes.
—No habrías podido decirlo mejor, Carena. Dime, ¿eres una rebelde?
Lo miro con ojos desorbitados por el miedo. Sus palabras me recuerdan mi horroroso pasado. A mí, a John... a todos.
—Es natural. Nunca lo aceptan —dice con rostro severo—. Tú eres una rata conspiradora, Carena...
En ese momento una imponente oleada de cólera se bate contra él y me grita:
—¡¿Sabes cuánto tiempo los estuvimos siguiendo?! ¡¿Sabes cuántas veces se burlaron de mí y de La Agencia?! ¡Responde!
—Nnno, no lo sé —balbuceo en medio de un pánico creciente.
—¡Sí lo sabes! Lo has sabido desde hace mucho tiempo —reitera mirándome fijamente y en un intento por tranquilizarse, respira—. Por mi parte, ya te habría aniquilado, te habría aplastado como la rata que eres sin ningún tipo de compasión, pero no, te voy a hacer un favor. Aunque vales menos que un vagabundo y me has visto la cara de idiota infinidades de veces, te voy a dar una oportunidad. ¡Despreocúpate! —exclama en tono amable, dándome un golpecito en la cara—. Déjalo en nuestras manos. Te vamos a curar. ¿Ya conociste nuestros “particulares” métodos de... reforma? —Tiemblo en seguida al recordar aquella infame sesión y mis ojos se abren mucho y se inundan de lágrimas desesperadas—. Te vamos a traer de nuevo al camino de la rectitud. Te vamos a convertir en una ciudadana digna de este país, perfectamente adaptada a sus normas. A ver, dime tu nombre.
—Carena Weisz —sollozo.
—Más alto —ordena—. ¡Vamos!
—Carena Weisz —repito un poco más alto.
—¿Sabes que eres una perdedora, Carena? —dice seriamente—. ¿Sabes que apestas y te ves terrible? —Cierro los ojos y no puedo parar de llorar de vergüenza y de terror—. Maldita sea, Carena. Mírame y deja de llorar como una imbécil. ¿Lo sabes, verdad? —Asiento desesperada, llorando con tal fuerza que soy incapaz de responder de modo coherente.
Prosigue:
—Cuando salgas de aquí ni siquiera podrás contestar eso con seguridad. No podrás distinguir acontecimientos reales de los que no lo son. Nada existirá, nada de esa vida libertina y asquerosa que viviste, si es que acaso esa vida existió...
Dejo de sollozar bruscamente y lo miro demasiado sorprendida para poder decir algo al respecto. ¿Una vida libertina y asquerosa que acaso existió? ¿Eso dijo? Me pregunto.
—Nosotros te diremos qué pensar, decir, hacer, creer. Nosotros somos el Sistema y ¡el Sistema es Dios! Agradécenos. Te vamos a salvar —dice con voz cariñosa, como un padre a la hora de darle permiso a su hijo para jugar con un juguete nuevo—. Ay, Carena, lamento no poder quedarme a ver cómo te retuerces, como lo que eres, un gusano. No obstante, vendré pronto para verificar como te desvaneces. Te estaré vigilando, Carena. Siempre te voy a vigilar.
Me mira con desprecio y saca unos lentes oscuros de su saco y se los coloca. Le devuelvo la mirada asustada y se marcha dejándome una sensación de pánico y una especie de vergüenza nauseabunda en la existencia. Y una vez más el doctor Tyler activa ese inefable aparato marrón y el mundo se condensa en un punto negro donde no llega el dolor.
“Me llamo John”, el nombre de la perdición, sí. No tardé mucho tiempo en involucrarme en un futuro catastrófico.
