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Capítulo 7

—No te preocupes, tus hermanos también pueden entrenarme, no vas sola. —¡Protesta! —Mariana. - Me pone la manita en la boquita para que no pueda hablar. —No, May. te lo juro, nos ayudaremos los dos. —Puf, qué desilusión… —Oye, mira, a Samuel no le haría mucha gracia esta idea. Te agrego eso.

Ella se burla: — ¿Y qué? Dice así: Que me la chupe.

—Oye, ¿y si tuviera uno? —Añade, mientras intento no reírme demasiado.

Después de que Juan David se fuera, Juan Pablo preparó la cena. Le pedí a Mariana que se quedara y, por suerte, aceptó. Cuando les dije a mis hermanos que se iba a unir a los entrenamientos, se lo pensaron un poco, pero al final acabaron cambiando de idea, aunque Samuel sigue sin estar muy de acuerdo.

No quiero que ella nos eche una mano con las misiones, pero cuando se pone en algo, no hay quien la pare. ¿Pero a quién le importa? A mí no, vale, a mí me importa un poco.

Después de cenar, le di las buenas noches a Mariana y volví a mi habitación, donde, como siempre, estaba pensando en qué dibujaría al día siguiente. Sin darme cuenta, mi mano ya estaba dibujando sola.

Después de un ratito, me empezó a dar calambres en la mano otra vez, dejé caer el lápiz y me fijé en el dibujo.

Pues es que dibujé a un hombre rodeado de muros de piedra, y luego a una chica que intentaba alcanzarlo. ¿Te puedes creer lo que acabo de dibujar?

Pero, de algún modo, me resultaba familiar.

Juan David: ¿Por qué rayos lo dibujé? Cierro los ojos y me concentro en otra cosa. —¡Tranqui, Valentina! —le digo a mí misma.

Entro en el baño y me preparo para ir a dormir. Luego, me recuesto en mi suave cama y miro las paredes.

Suspiro, cierro los ojos y me digo a mí misma: — No pienses en él. -Murmurando mientras caigo en los brazos de Morfeo.

¿Por qué no podía dejar de pensar en él? A lo mejor fue solo porque me puso de los nervios. Sí, eso es, me enfadé mucho.

Me levanto y abro los ojos poco a poco. Ya es de día, la luz del sol entra por las cortinas. Me echan una cabezada antes de levantarme de mi camita. Voy al baño, agarro mi cepillo de dientes y me lavo los dientes.

Luego salgo del baño y me acerco al armario buscando ropa cómoda para entrenar, porque, ya sabes, es importante ir cómodo. Me fijo en un sujetador deportivo morado y unos pantalones cortos. Ni siquiera sabía que los tenía. Pues me pongo la ropa y me hago un moño.

Cuando terminé, bajé las escaleras y vi que mis hermanos ya estaban despiertos. Me hice un desayuno rapidito y me lo zampé.

—Oye, Valentina, ¿qué tal? Estamos en el patio trasero. ¿Te apuntas? —pregunta Samuel. Me siento y voy al patio. Al llegar, veo a Alejandro, Juan Pablo y… Oye, ¿Juan David?

Paré y le eché un vistazo a Samuel, como queriendo decirle algo con la mirada. —Oye, ¿qué haces aquí? —Pues nada, se encoge de hombros. Oye, no te lo voy a decir, ¿vale? - Con un movimiento de cabeza, señalo a los otros tres chicos y sigo caminando.

¡Qué bien que por fin estés aquí! —Oye, Alejandro, ¿qué tal si te echas una sonrisa de esas falsas y me miras fijamente? —No es por cotillear ni nada de eso —dijo con una sonrisa—. ¿Pero por qué está usted aquí? - Vuelvo a fruncir el ceño, lo siento, no quería hacerlo.

Juan Pablo dice, como quien no quiere la cosa: — Juan David sabe más que nosotros, seguro que podría enseñarnos algunas cosas. Por eso está aquí. —Dice—: — Qué bien que te vea también. —Dijo Juan David, con un tono de burla.

Lo ignoro por completo y sigo hablando, ¿vale?— Empezamos entonces. —Vale, asienten y empezamos el entrenamiento. Por supuesto, mis hermanos van a entrenar solos, dejándome con el muy molesto señor Gilipollas.

de pronto, hace un chasquido con los dedos delante de mi cara. Oye, ¿sabes qué? Nunca te despegues del objetivo, ¿vale? —O sea, ¿qué estás diciendo es que quieres que te preste atención? —Solo bromeo, y él hace como que no, pero está decepcionado—. Oye, Rule, no te pases hablando, ¿vale? —¿Era personal? Lo sentí mucho.

—Regla. —Empiezo a preocuparme cuando deja de hablar, pero ni un segundo después se lanza contra mí y me patea las piernas, tirándome al suelo. Oye, pues al golpear mi espalda contra el suelo, ¡siseo! —Oye, ¿podrías intentar concentrarte un segundo?

Una puerta se abrió… y todo se fue al piso.
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