3. La Mujer que Conocía
Un golpe seco en la puerta interrumpió sus pensamientos.
—Adelante —dijo, sin apartar la vista del contrato que revisaba.
Entró Jonathan, su director de operaciones. Un hombre alto, con experiencia en negociaciones, que aun así no podía ocultar la tensión en los hombros cada vez que estaba frente a su jefe.
—Señor, sobre la licitación en Dubái… —comenzó a explicar, extendiendo un dossier.
Ethan lo tomó sin mirarlo. Lo hojeó en silencio, deteniéndose en algunos párrafos, hasta que levantó la vista y lo atravesó con esa mirada que nunca necesitaba levantar la voz para imponer autoridad.
—¿Esto es lo que me traes después de tres semanas? —preguntó con calma helada.
Jonathan tragó saliva —Hemos tenido inconvenientes con…
—No me interesan los inconvenientes —lo interrumpió Ethan, cortante. Cerró el dossier y lo colocó sobre la mesa con una precisión tan calculada que el golpe seco del papel pareció un veredicto —Si yo te contrato es para resolverlos. No para traerme excusas disfrazadas de informes.
Un silencio pesado llenó la sala. Jonathan se removió incómodo, sabiendo que una palabra equivocada podía significar el final de su carrera. Ethan no levantó la voz, no necesitaba hacerlo. Su autoridad emanaba de cada gesto, de cada palabra medida al milímetro.
Finalmente, Ethan se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre el escritorio.
—Tienes cuarenta y ocho horas para mostrarme resultados concretos. O alguien más ocupará tu lugar.
Jonathan asintió apresuradamente, consciente de que esa no era una amenaza, sino una sentencia. Se retiró con pasos rápidos, dejando la sala impregnada de la tensión que siempre quedaba tras una reunión con Blake.
Ethan volvió a su laptop como si nada hubiera ocurrido. Para él, aquello era rutina: exigir perfección, cortar la mediocridad de raíz, mantener el control absoluto. La debilidad, en cualquier forma, era un lujo que no podía permitirse.
Al poco tiempo, la videollamada comenzó. Tres ejecutivos orientales aparecieron en la pantalla, todos inclinándose en señal de respeto. Ethan no devolvió el gesto; simplemente los observó con serenidad gélida, como si supiera de antemano que tenía la ventaja.
—Señores —dijo—. Espero que hayan traído algo mejor que la propuesta de la semana pasada.
Durante los siguientes cuarenta minutos, los números, cláusulas y objeciones se cruzaron como espadas en una batalla silenciosa. Ethan no levantó la voz ni una sola vez, pero cada palabra suya era un golpe certero. Sus interlocutores sudaban, intercambiaban miradas nerviosas, buscaban argumentos que él desarmaba en segundos. Al final, cuando la reunión concluyó, no había dudas de quién era el vencedor.
Ethan apagó la pantalla, recostándose en la silla de cuero. Exhaló lentamente, aunque no por cansancio, sino por satisfacción. Otra victoria. Otro paso más hacia la consolidación de su dominio.
Sin embargo, ni en los momentos de triunfo bajaba la guardia. La vulnerabilidad era un error imperdonable. Y Ethan Blake no cometía errores.
Adriana quedó perpleja. Por un instante, tuvo la sensación de que el suelo desaparecía bajo sus pies y que el mundo entero había dejado de girar. Su corazón latía con fuerza y un escalofrío recorrió su espalda. Desde muy dentro de ella, una voz pensó que todo era una broma de sus compañeros de trabajo, una de esas bromas crueles que a veces se jugaban en la oficina, especialmente a quienes eran conocidas por su seriedad.
—Hola… ¿me está escuchando? —dijo la voz masculina que había puesto el mundo de Adriana patas arriba.
Ella, sin poder contener su incredulidad, frunció el ceño mientras sujetaba el teléfono con fuerza.
—Oiga… no sé de quién lo contrató para estas bromas, pero no es gracioso —dijo, dejando claro que no tenía paciencia para juegos ni travesuras.
Por su parte, Ethan Blake no podía creer lo que acababa de suceder. Una mujer ordinaria, con voz firme y descarada, se había atrevido a cortarle la llamada. La incredulidad se mezclaba con una sensación de reto que despertaba en él un interés inesperado.
—¿Ja? ¿Me cortó? ¿Pero qué se ha creído? —murmuró entre dientes, mirando el móvil con el ceño fruncido, como si pudiera clavarle la mirada a través de la pantalla —Esto no quedará así…
Dejó el teléfono sobre la mesa con un golpe seco y, sin perder tiempo, tomó el dispositivo nuevamente para exigir la presencia de su asistente. Sabía que solo Lucia Giménez podía manejar su temperamento explosivo y los caprichos de su carácter con la precisión de alguien que conocía cada matiz de su personalidad.
Minutos después, Lucia apareció en la oficina, con paso firme, su cuaderno de notas abierto y un lápiz listo para apuntar cada indicación que su jefe pronunciara. Su voz sonó cálida, pero cargada de respeto y un toque de sumisión calculada.
—Pase —dijo, invitando a la oficina a su jefe con una mezcla de nervios y disciplina aprendida con los años.
Ethan, mientras tanto, seguía mirando el teléfono con los labios apretados, su mente evaluando cómo responder a aquella mujer que se atrevía a desafiarlo. Finalmente, apartó la mirada del móvil y centró sus penetrantes ojos oscuros en Lucia, con esa intensidad que solía intimidar a cualquier subordinado.
—Quiero que cites a Adriana Torres para la cena —dijo con voz firme y medida, dejando un aire de amenaza en cada sílaba —Y asegúrese de que asista.
Lucia asintió de inmediato. Sabía perfectamente de las intenciones terribles de su jefe con la mujer de la editorial. Un nudo de preocupación se formó en su estómago, pero no podía negarse. La situación era delicada, y aunque Adriana atravesaba por un momento complicado y confuso, ella debía cumplir la orden.
Mientras Ethan se acomodaba en su sillón, Lucia fue hacia el archivo donde guardaba los documentos del día. Tomó con cuidado aquel contrato que Adriana había firmado horas atrás. Su corazón latía con fuerza mientras repasaba cada cláusula, cada sello, cada rúbrica. Sin embargo, algo no estaba bien.
—Oh… Dios… —susurró, dejando escapar un gemido de desesperación —¿Y ahora qué haré? El señor Ethan me matará…
Lucia se dejó caer en su silla, con la sensación de que el mundo se había puesto de cabeza. Ya podía imaginarse las peores formas en que su jefe la insultaría, la humillaría, incluso la despediría. La certeza de que había cometido un error crucial la llenaba de pánico, aquel contrato no correspondía a Adriana Torres, la mujer que ella conocía y protegía; había firmado otra persona por error. Mismo nombre y apellido pero una mujer completamente desconocida.
