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2. El imperio de Ethan Blake

Todo era confuso y aterrador al mismo tiempo.Adriana respiró hondo y trató de calmarse, pero no pudo evitar que un escalofrío recorriera su espalda. Nunca había estado en una situación como esa, y la idea de que alguien pudiera obligarla a firmar un contrato matrimonial la hizo sentir atrapada y vulnerable. Intentó racionalizar, tal vez era un error de oficina, algún cliente confundido, una correspondencia mal dirigida… pero la etiqueta con su nombre completo y los sellos oficiales desmentían cualquier intento de minimizarlo.Mientras examinaba cada documento, una sensación inquietante se apoderó de ella. Había algo más, algo que no podía explicar, la impresión de que su vida estaba a punto de cambiar de manera irrevocable. Cada página que leía añadía más confusión y miedo. Sus manos sudaban y su respiración se aceleraba; por un momento, se sintió como si estuviera viendo su mundo desmoronarse frente a sus ojos.De repente, escuchó un golpe seco en la puerta de la oficina que la sobresaltó. Giró la cabeza rápidamente, pero no había nadie visible. Solo su reflejo en el vidrio de la ventana y los documentos dispersos sobre el escritorio. Su corazón latía con fuerza mientras intentaba calmarse. “Esto no puede estar pasando… esto no puede estar pasando…” se repetía a sí misma, intentando convencerse de que era un error y no una amenaza real.Adriana tomó el sobre sellado con cera roja y lo sostuvo frente a ella, contemplando el sello que parecía antiguo y solemne. Algo en él le daba escalofríos, como si estuviera conectado a un mundo del que no sabía nada. Con dedos temblorosos, rompió el sello y abrió el sobre. Dentro había una carta escrita a mano con caligrafía elegante y precisa."Adriana Torres, tu vida está a punto de cambiar de manera irrevocable. Debes leer y firmar los documentos adjuntos sin demora. Lo que creías seguro hasta hoy dejará de serlo mañana."El mensaje era breve, pero el efecto en ella fue devastador. Su mente se llenó de preguntas sin respuesta ¿Quién es esta persona? ¿Por qué recibiría algo así? ¿Cómo podría un error legal o un contrato afectar su vida de esta manera? Sentía que el suelo se movía bajo sus pies. Por primera vez, la seguridad que había construido con tanto esmero se desvanecía frente a sus ojos.Adriana se reclinó en su silla, tomando aire profundamente mientras intentaba procesar lo que tenía frente a ella. Los documentos legales, la carta enigmática, la amenaza implícita… todo parecía indicar que estaba entrando en un juego del que no conocía las reglas. Un juego donde su vida personal, sus decisiones y su futuro inmediato estaban en manos de alguien que ni siquiera había conocido.Y mientras la adrenalina recorría su cuerpo, la certeza de que nada volvería a ser como antes la envolvió. Con el paquete frente a ella, su corazón latiendo desbocado y una mezcla de miedo y curiosidad que no podía ignorar, Adriana supo, en lo más profundo de su ser, que ese simple sobre marrón cambiaría su vida para siempre.Porque aquel día, en apariencia común y rutinario, había marcado el inicio de una historia que ni en sus sueños más controlados podría haber imaginado.El timbre del teléfono sonó en ese instante, pero Adriana no tuvo fuerzas para responder. Sus ojos permanecieron fijos en los documentos que aún sostenía, y una pregunta resonaba en su mente “¿Quién quiere casarme… y por qué?” Y justo cuando pensaba que había leído todo, un segundo sobre, mucho más pesado, cayó sobre su escritorio, como si alguien hubiera esperado a que ella abriera el primero. Esta vez, el remitente era completamente desconocido, y el simple hecho de que estuviera allí, esperándola, hizo que un frío recorriera su columna.Adriana sostuvo el paquete con ambas manos, sabiendo que abrirlo cambiaría todo, aunque aún no podía imaginar hasta qué punto.

El reloj de pared en la oficina de la Torre Blake marcaba las ocho en punto de la mañana cuando Ethan Blake ya llevaba más de dos horas trabajando. La ciudad apenas despertaba, pero él no era de los hombres que esperaban a que el día comenzara para moverse; él imponía el ritmo, marcaba el compás del tiempo de quienes dependían de él.

Desde el ventanal de vidrio templado, el horizonte de acero y luces se extendía como un tablero de ajedrez. Para Ethan, cada edificio, cada calle, cada contrato, no era otra cosa que piezas que debían moverse a su conveniencia. El mundo era un juego en el que él nunca aceptaba perder.

Sentado detrás de un escritorio negro de líneas minimalistas, con una laptop abierta y un expediente lleno de gráficos financieros, irradiaba una calma tan calculada que podía helar el aire de la sala. Tenía los hombros anchos, perfectamente rectos bajo un traje oscuro a medida, la corbata perfectamente ajustada y los gemelos de plata reflejando la tenue luz del amanecer. Ningún detalle en su apariencia quedaba librado al azar. Nada en su vida lo estaba.

—Señor Blake, los representantes de la empresa asiática están listos para la videoconferencia —anunció su asistente personal, una mujer de cabellos recogidos en un moño impecable y voz temblorosa, como si temiera equivocarse.

Ethan alzó apenas la vista. Sus ojos grises eran tan penetrantes que daban la sensación de desnudar la mente de cualquiera que lo mirara. Una mirada suya era suficiente para recordar que frente a él no había lugar para los errores.

—Cinco minutos —respondió con voz grave, sin un ápice de duda o emoción.

La asistente asintió y se retiró de inmediato. Él volvió a su pantalla, donde revisaba las cifras de una adquisición millonaria. Sus dedos se movían con precisión quirúrgica, subrayando datos, tachando nombres, calculando escenarios. Para otros, esas cifras eran abrumadoras; para él, eran un idioma que dominaba como una lengua materna.

El apellido Blake era sinónimo de poder, pero no era un título heredado. No se trataba de fortuna nacida en cuna dorada, sino de hierro forjado con ambición, de decisiones implacables y un instinto que no fallaba. Ethan había construido su imperio ladrillo por ladrillo, aunque en ese proceso había aprendido a endurecer el corazón hasta convertirlo en piedra.

No confiaba en nadie. No creía en promesas que no se firmaran en papel, ni en la lealtad que no se comprara con cifras astronómicas. Para él, las personas eran recursos útiles, prescindibles o peligrosas. Y sabía distinguir en segundos a cuál de las tres categorías pertenecía alguien.

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