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Capítulo 3. Un amargo recibimiento.

Nicole tomó la Interestatal setenta y en menos de dos horas llegó a Abilene, atravesando, en el auto de Roland, los poblados de Topeka y Junction City.

Cruzó la ciudad y se adentró entre las extensas praderas que dirigían a los ranchos de la zona.

Anduvo por calles de asfalto bordeadas por cercados de alambres y troncos, que delimitaban los terrenos de pastar que estaban siendo bañados por un abrasador sol de mediodía.

Guiada por un rudimentario mapa que le había facilitado el abogado, llegó al sendero que se sumergía en las tierras de Landon Ranch.

Desde hacía cinco años no recorría esos terrenos, no confiaba en los recuerdos que aún conservaba. Sin embargo, cuando faltaba poco menos de dos kilómetros para llegar a la casa, el Dodge comenzó a fallar.

Sabía que el auto no funcionaba a la perfección, pero tenía la esperanza de que pudiese llegar al rancho.

Se estacionó a un costado del camino mientras la trompa del vehículo humeaba y bajó después de activar el mecanismo que abría el capó.

La cálida brisa le hizo volar la falda del vestido vaporoso color avellana que llevaba puesto, y le llegaba a la mitad de muslo, así como los largos cabellos. Las botas de cuero negro que le tapaban las pantorrillas crujían con cada pisada que daba sobre la tierra desprovista de pasto del bordillo de la carretera.

Con cuidado levantó la tapa, dejando escapar una columna de humo blanco proveniente del radiador.

—Lo que me faltaba —masculló.

El inclemente calor de aquel paraje la había obligado a conducir con el aire acondicionado encendido, pero eso afectó al auto. Ahora tendría que esperar varios minutos hasta que se refrescara para renovar el agua del radiador y hacerlo funcionar de nuevo. Si es que lograba hacerlo.

Apoyó las manos en el borde de la carrocería y se inclinó hacia el motor para verificar que todo estuviera en orden. La postura le subió un poco la falda del vestido.

—Lindas piernas.

Se incorporó rápidamente al escuchar una voz masculina a su espalda. Al girarse, quedó paralizada frente a un imponente caballo color chocolate de patas blancas, que soportaba el peso de un hombre de contextura recia, cuyos músculos de las piernas se le marcaban en los vaqueros desgastados cómo si fueran a romper la tela.

La camisa que llevaba puesta poseía los tres primeros botones abiertos, mostrando una parte de su pecho dorado.

El sujeto se aferró a las riendas de su caballo para impedir que este se moviera. Los fibrosos brazos le brillaron por el sudor que le cubría la piel.

Nicole alzó las cejas y se obligó a dirigir su atención al rostro masculino, pero la sombra creada por su sombrero color hueso le ocultaba parte de las facciones. Lo único que pudo divisar fue la mandíbula cuadrada, poblada por una sombra de barba oscura, y unos labios finos.

El desconocido inclinó la cabeza y la saludó con un ligero toque de ala de su sombrero, y con una sonrisa chispeante.

—¿Qué hace una hermosa damita en un camino tan seco y desolado? —preguntó con una voz vibrante que provocó un cosquilleo en el vientre de Nicole.

Aquella sensación poco habitual la hizo entrar en razón. Oteó los alrededores divisando solo algunas reses pastando a lo lejos.

No sabía de dónde había salido el sujeto, ni cómo hizo para llegar a ella sin hacer sonar las pisadas de su caballo.

Recordó lo peligrosas que podían volverse esas tierras, sobre todo, para una mujer sola.

Evitó dar una imagen de niña perdida irguiéndose frente a él. Alzó el mentón y miró al vaquero con seguridad.

—Estoy a pocos kilómetros de mi destino, pero el auto se descompuso.

El hombre bajó del caballo de un salto. Las botas con espuelas golpearon el suelo haciendo volar el polvo.

Echó hacia atrás el sombrero permitiendo que la luz le iluminara el rostro. Nicole casi queda sin aliento al observar sus profundos iris color esmeralda de mirada intensa.

—Si estás cerca puedo llevarte en mi caballo, luego envías a alguien por el auto —propuso y dirigió su atención al vehículo—. Dudo que este viejo Dodge funcione pronto.

Mientras él valoraba el motor, Nicole lo observaba con más detalle. Era alto, de hombros anchos y cintura estrecha, y se movía con una soltura habitual en las personas fuertes y seguras de sí mismas.

—¿Qué me dices? —preguntó el hombre con una sonrisa pícara, había notado la evaluación que la chica hacía de su cuerpo— ¿Vienes conmigo? A Randy le agradan las damitas perdidas —confesó refiriéndose a su caballo.

Nicole endureció el rostro. No le gustaba que la trataran como a una tonta.

—No estoy perdida, señor…

—Matthew Jackson —notificó él, y levantó un poco su sombrero con una mano para hacer una venia con la cabeza—, pero puedes llamarme Matt.

Ella sonrió con aire de suficiencia.

—Está bien, Matt —afincó su nombre con cierta burla—. Cómo te dije antes, no estoy perdida, me encuentro a pocos kilómetros de mi casa.

—¿Tu casa? —expuso él y repasó a la mujer de pies a cabeza—. En este camino lo único que encontrarás será a Landon Ranch y muchísimos kilómetros más allá, hallarás el rancho Drummond.

—Yo voy a Landon Ranch —reveló ella, ocasionando que el cuerpo del hombre se tensara por completo—. ¿Sigue en pie tu ofrecimiento? —preguntó y se cruzó de brazos.

Él se quedó por un instante en silencio. La observó cómo si buscara en su rostro algo que había perdido.

—Yo trabajo en ese rancho desde hace años y no recuerdo haberte visto por allí alguna vez. ¿Quién eres? —inquirió con desconfianza.

—Nicole Landon, la nueva dueña —informó ella con tono soberbio.

Matt retrocedió un paso y apretó la mandíbula. Nicole pareció dudar, pero mantuvo la postura altiva para que él no se percatara que podía intimidarla.

De manera repentina, el hombre se alejó y subió al caballo. Ella quedó desconcertada.

—Creo que te hará bien caminar un poco, heredera —expresó Matt el calificativo con reproche—. Así conoces más a fondo las tierras que una vez abandonaste —increpó y espoleó a su caballo para ponerlo a galope en dirección al rancho.

Nicole se quedó allí, inmóvil, y con la boca abierta. Completamente trastornada por la reacción del sujeto.

Observó los alrededores encontrando solo desolación y un auto inservible que aún humeaba. Cerró los puños y se esforzó por no perder la cordura.

¿Qué clase de recibimiento era aquel? ¿Así se comportaban todos los empleados del rancho? ¿Qué había dicho sobre ella su padre para que un desconocido la tratara de esa manera?

Después de la muerte de su madre, la convivencia con Christian Landon se había vuelto un imposible. De la noche a la mañana él se transformó en un hombre autoritario y prepotente, que no tenía consideración ni siquiera con su propia hija.

Cuando ella cumplió la mayoría de edad, aprovechó la excusa de que iniciaría la universidad para marcharse de su lado y construir un muro entre ellos a base de culpabilidades.

Al enterarse de su repentina muerte, aceptó ir al rancho para reconciliarse con su recuerdo, ya que era muy tarde para hacerlo con él, pero parecía que su padre le había preparado una lección y ese imbécil de Matthew Jackson se lo hizo saber.

Fue bastante incrédula al pensar que Christian le había dado en herencia el rancho para congraciarse con ella y disculparse por los errores cometidos.

Pero no era así, o su padre se había equivocado en el testamento o de seguro, hallaría un rancho destruido, plagado de deudas y de hombres irritables como el que acababa de conocer, siendo aquella la manera en que el difunto se vengaría por su abandono.

Aún enfadada, se dirigió a la cajuela y sacó un bolso de viaje que colgó sobre uno de los hombros y una maleta de lona con ruedas.

No se había alejado de su padre por un error cometido por ella o por alguna malcriadez, todo había comenzado cuando su madre aún vivía y descubrieron la enfermedad que le afectaba el corazón.

Christian, en vez de colaborar para que se recuperara, se comportó como un verdadero patán, aumentando la depresión de la mujer hasta llevarla a la muerte.

Después de eso, la vida entre padre e hija se basó en reproches y discusiones. Christian quiso imponer su autoridad, algo que Nicole no aceptó de buena gana. La única manera de solucionar el conflicto era separándose.

Si aquella herencia era una especie de venganza la afrontaría con valentía. No era una cobarde, estaba dispuesta a llegarse hasta el rancho y enfrentar lo que su padre le había dejado.

No se dejaría intimidar por nadie, mucho menos por un empleaducho como Matthew Jackson.

¿Quién demonios se creía ese tal Matt? ¿Acaso pensaba que ella era una débil doncella que se asustaba fácilmente con el rugido de un dragón?

Cerró la cajuela con brusquedad y subió la manija extensible de la maleta para arrastrarla con facilidad por la carretera. Andaría los kilómetros que fuesen necesarios para llegar a su casa y poner orden.

Era cierto que había abandonado esas tierras cinco años atrás, pero nadie tenía el derecho de juzgarla.

No existía fuerza humana capaz de detener a una tormenta y la que se producía en su pecho era tan poderosa, que sería capaz de llevarse por delante a todo el que se interpusiera.

Nicole Landon llegó dispuesta a tomar las riendas. No la conocían y eso se los haría entender.

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