Capítulo 2. Malas noticias.
A la mañana siguiente, una violenta sacudida la sacó de su descanso reparador.
—Nicole, Nicole… despierta.
El cansancio le impedía abrir los ojos, necesitaba más horas de sueño para recuperar las fuerzas, pero el brusco zarandeo que le estaba dando Jane la despertó por completo.
Su amiga había abierto la cortina de la única ventana del cuarto, permitiendo que intensos rayos de luz entraran a la habitación y le maltrataran las somnolientas pupilas.
—¿Qué pasa? —preguntó molesta, al tiempo que intentaba levantarse para sentarse sobre el acolchado. Se había quedado dormida con la ropa puesta.
—Un abogado de tu padre te busca.
El sueño se le escabulló de manera repentina. Los ojos se le abrieron en su máxima expresión y se le llenaron de rencores pasados.
—¿Qué dices? —consultó.
Jane la observó con agotamiento. Ambas había llegado durante la madrugada a la residencia y el abogado se presentó a primera hora de la mañana.
—Le dije que estabas dormida, pero insistió en verte. Dice que es importante.
Nicole puso los ojos en blanco y se levantó.
—Salgo en unos minutos —informó a su amiga y entró en el baño.
Después de asearse y usar los servicios, se ató los cabellos en una cola alta. No había tenido noticias de su padre desde hacía cinco años y, aunque era la última persona en la faz de la tierra de la que quería escuchar esa mañana, no podía negar que la visita le calzaba como anillo al dedo.
Christian Landon era un hombre al que le sobraba dinero y ella, una mujer que tenía muchos gastos.
Cuando Nicole se marchó de casa, cinco años atrás —apenas cumplió los dieciocho—, se esforzó por no recurrir a él. Y había logrado un buen trabajo, pero la carrera de medicina era muy costosa y le impedía continuar con su orgullo intacto.
Su padre, en ocasiones, se había comunicado con ella para pedirle que limaran sus asperezas y le ofreció muchas veces su ayuda. Sin embargo, Nicole se mantuvo fiel a su promesa: no llamarlo a menos de que sucediera una desgracia.
Pero la desgracia ya había ocurrido, ella se hallaba en bancarrota y si no encontraba dinero, podía perder todo el esfuerzo que había invertido en sus estudios.
Era momento de dejar de lado su actitud rencorosa e intentar congeniar con el cabeza dura de Christian Landon.
Ambos eran soberbios, pero cinco años serían más que suficiente para comenzar a olvidar los resentimientos. O al menos, suavizarlos.
Además, Nicole empezaba a sentirse sola. Jane le había informado días atrás que pronto se iría a vivir con Roland. Ellos eran sus únicos amigos, si se iban, no tendría con quien compartir penas y logros y, aunque su padre no poseía mucha paciencia para escucharla, era lo único que le quedaba en el mundo. Debía esforzarse por entablar con él, al menos, una pequeña amistad.
Salió de la habitación aún con la camiseta blanca y el pantalón de mezclilla que había llevado puesto la noche anterior, para participar en la competencia de motos. Encontró afuera, sentado con rigidez en la mesa del comedor, a un hombre delgado, vestido de traje y con un poblado bigote que solo dejaba al descubierto su labio inferior.
El sujeto se levantó apenas ella entró a la estancia, cruzó las manos en la espalda y la saludó con una venia de la cabeza.
—Señorita Landon, soy Markos Edana, abogado del señor Landon. Hemos intentado comunicarnos con usted desde hace dos semanas.
Ella se irguió. No le confesaría que había perdido meses atrás la línea del teléfono móvil por no poder pagarla.
—Me robaron el teléfono —mintió.
El sujeto la observó con detenimiento por un instante.
—Lo lamento, pero le traigo malas noticias.
Nicole se quedó inmóvil, aquellas palabras no le gustaron. El temor comenzó a recorrerle las venas mientras en su corazón se albergaba un fatal presentimiento.
—Señorita Landon —continuó Edana—, su padre murió hace dos semanas.
Quedó en shock. La verborrea que el abogado pronunció después fue poco entendible para ella.
¿Su padre muerto? ¿Ella era su única heredera?
A Nicole le costaba asimilar esas palabras. Cuando el hombre acercó su rostro huesudo y le pidió que firmara los documentos apoyados sobre la mesa del comedor, se estremeció.
—Señorita, disculpe, pero estoy apurado. Mi vuelo sale en menos de dos horas.
La joven observó los ojos negros del abogado. A él no lo interesaba lo que ocurría dentro de su cabeza, o en su corazón, necesitaba su rúbrica sobre aquellos papeles para completar su misión, y luego, volvería a lo suyo.
Respiró hondo, pero el aire que pasaba a sus pulmones estaba tan denso que casi la ahogaba.
Tomó el bolígrafo que él le ofrecía y con un leve temblor en la mano firmó cada uno de los documentos que le presentaba.
Al terminar, pestañeó varias veces para detener las lágrimas. No lloraría frente a un extraño.
Eso fue todo. Hasta ese momento duró aquella extraña y repentina reunión. Al poco rato Markos Edana se había marchado, y la dejaba allí, en su departamento, con un sobre amarillo y sellado sobre la mesa y con un enorme vacío clavado en su alma.
Jane se acercó para intentar consolarla, pero el golpe de la noticia que había recibido le impedía a Nicole pensar con claridad.
Una sensación confusa se agitó en su estómago y subió con lentitud hacia su pecho para convertirse en una poderosa arcada. Corrió a su habitación y se encerró en el baño, logrando llegar a tiempo al inodoro para descargar los recuerdos que tenía atorados en la memoria.
Cuando pasaron los espasmos se sentó en el suelo y apoyó la espalda en la pared cubierta de azulejos. No podía llorar. Los sentimientos contradictorios que se desataban en su interior la mantenían como en un estado catatónico.
Su padre llevaba dos semanas muerto y, aunque era cierto que nunca se hablaban y que se tenían escasa paciencia, el golpe no dejaba de ser duro.
Le hubiese gustado haber tenido la oportunidad de despedirse.
El abogado no solo le había llevado la mala noticia, sino además, la copia del testamento del difunto, donde la nombraba heredera de todos sus bienes y responsable de culminar los trámites y negocios que él había dejado inconclusos en vida.
La ansiedad comenzó a agitarle de nuevo el estómago. Ahora era la propietaria de un rancho con vacas, caballos, decenas de empleados y quién sabía qué tipo de deudas en medio de las inhóspitas tierras de Abilene, en Kansas, un lugar al que una vez juró nunca más regresar.
