Capítulo 4. La llegada de la heredera.
Minutos después, Nicole alcanzó el arco de cemento que sostenía el nombre tallado en madera del rancho, acalorada y llena de polvo.
La valla estaba abierta, quizás, por un gesto condescendiente del tal Matt. Así que entró en dirección a la casa principal sin preocuparse de que las débiles ruedas de su maleta pudieran dañarse al rodar por un sendero de tierra y piedras.
No pudo evitar que los ojos se le llenaran de lágrimas a medida que la vivienda aparecía. Las emociones le brotaron aflorando viejos recuerdos.
El hogar estaba ubicado en medio de un pequeño bosquecillo creado dentro de una extensa pradera, con intención de reducir la intensidad de los rayos del sol y la alta temperatura que estos producían durante la mayor parte del año.
La casa tenía paredes blancas con forma de U, de estilo colonial, y encerraba un jardín lleno de helechos, girasoles silvestre, añil, hortensias y lobelia escarlata. Poseía en el centro un estanque circular adornado con una enorme vasija de barro a su lado.
Hacia la derecha se encontraba el establo para los caballos y el garaje de los autos, y del lado izquierdo se hallaba la cocina, el comedor y las habitaciones del servicio, que tenían acceso interno.
Subió los peldaños de piedra que precedían al jardín golpeando la maleta con cada escalón. Le era imposible apartar la mirada de la parte central de la vivienda, que contaba con dos pisos.
En la planta baja ella sabía que se encontraban el vestíbulo, la biblioteca, la sala privada y el despacho de su padre, y arriba, las habitaciones.
Recordaba bien la distribución de la casa, siempre le había encantado. No sabía cómo podía ser fresca durante los días de calor y cálida cuando las temperaturas bajaban.
Debía reconocer que había sido la mejor adquisición de su padre después de la muerte de su madre, aunque los días en que ella vivió dentro de esas paredes no fueron del todo agradables.
Mientras atravesaba el jardín escuchó un silbido proveniente del establo, al girar el rostro observó a Matt, con un hombro apoyado sobre un poste de madera y los brazos cruzados en el pecho. La miraba insolente, con una sonrisa cínica en el rostro.
Detrás de él, un joven delgado y de cabello negro cepillaba a su caballo y la evaluaba con curiosidad.
—Pensé que no te atreverías a caminar hasta el rancho —se burló el hombre—. A las niñas de ciudad las intimidan los espacios abiertos y naturales.
Ella achicó los ojos y decidió replicarle.
—Lamento que tus conocimientos sobre las personas que vivimos en el mundo exterior sean limitados —se defendió—. Eso es lo que ocurre cuando se vive mucho tiempo entre vacas, peón.
Nicole se esforzó por endurecer la pronunciación del calificativo, así le dejaba en claro cuál era su puesto. Ella era la dueña y él, un simple empleado.
Pero puso los ojos en blanco al ver que sus palabras lo que provocaron fue aumentar la sonrisa en el sujeto y el desconcierto en el joven que lo acompañaba.
Cansada de perder el tiempo con absurdas distracciones ignoró a Matt y caminó hacia el pequeño pórtico fabricado en madera oscura que adornaba la entrada de la casa. Tocó el timbre y esperó paciente a que le abrieran la puerta.
Una chica de unos doce años, de largos cabellos castaños atados en dos trenzas y con rostro de facciones indígenas adornado por unos preciosos ojos grises, la recibió.
—¿Sí?
—Hola, ¿se encuentra la señora Thompson? —preguntó.
El abogado le había informado que su padre había mantenido hasta el final de sus días a la misma ama de llaves: la señora Adele Thompson, una mujer dulce y bondadosa que con seguridad sería el único personal de confianza que ella tendría en esa casa.
—Sí, entra —respondió sonriente la niña mientras abría más la puerta para darle paso al vestíbulo.
Cuando estuvo adentro, el corazón de Nicole se apretó en un puño. Lo primero que divisó fue el retrato de su padre colgado en la pared, sobre una repisa ataviada con flores naturales.
El rostro severo de Christian Landon, de mirada fría y rictus serio, la traspasó como si en realidad estuviera presente.
Con un profundo suspiro controló su turbación y se giró hacia el pasillo que dirigía al área de la cocina, por dónde había desaparecido la chica.
Se contuvo de evaluar la residencia. Al entrar pudo fijarse que continuaba exactamente igual a como la había dejado, con sus paredes blanquísimas, haciendo contraste con la escalera y los muebles fabricados en madera oscura, y con la misma lámpara de bronce y porcelana colgada en el techo.
Temía encontrar más objetos que le despertaran dolorosos recuerdos, el retrato de su padre la había dejado entristecida.
Sin embargo, cuando apareció la figura robusta y sonriente de Adele Thompson, con el eterno delantal puesto sobre sus vestidos y el cabello canoso recogido en un moño, no pudo evitar que las emociones se agitaran en su interior.
La mujer se secaba las manos con un paño que le colgaba de un hombro y al verla, dio un grito de alegría y apresuró el paso para llegar hasta ella y abrazarla.
Nicole dejó caer el bolso de viaje en el suelo y soltó la maleta para abrir los brazos y recibirla. Una lágrima logró escapar de sus ojos, demostrando la alegría que la embargaba.
—Mi niña, no sabes lo feliz que me hace tenerte de nuevo en casa —confesó la mujer.
Nicole se alejó un poco de ella para mirarla, pero aún con las manos sobre sus brazos. Las emociones le habían creado un nudo en la garganta que le impedía expresarse.
Adele, al notar los grandes ojos castaños de la joven llenos de lágrimas, se afligió.
—¿Te informaron…? —no pudo continuar.
Nicole sabía lo mucho que ella había querido a su padre. El hombre había sido para ella como un hijo, su muerte debió producirle un gran dolor.
—Sí —expresó con el rostro endurecido mientras se secaba la lágrima que tenía marcada en la mejilla—. Me informaron esta mañana, dos semanas después de su muerte —formuló con reproche.
Adele comprimió el rostro en una mueca de decepción.
—Intentamos llamarte al único número telefónico que tenía tu padre, pero no respondías. Incluso, enviamos a una persona a buscarte al departamento donde vivías, pero nos avisaron que ya no te residenciabas en el mismo lugar y como las clases habían culminado por el verano, fue imposible encontrarte.
Nicole recordó que tuvo que abandonar el lujoso departamento que su padre le había alquilado después de que ella se negara a que le enviara más dinero, para no tener que deberle nada.
Al no poder costearlo por sus propios medios, tuvo que mudarse a las residencias estudiantiles que eran más económicas y nunca se preocupó en informar sobre su nueva dirección.
—Lo siento —se disculpó Adele con pesar—. El abogado nos prometió que le pediría a la universidad que le dieran noticias sobre tu paradero, pero se le había presentado un inconveniente familiar y no pudo encargarse antes de eso.
Ella asintió. Se sentía dolida, pero sabía que todo había sido por su culpa.
—No te preocupes, ya estoy aquí —habló Nicole y en ese momento reparó en la presencia de una mujer morena, de rasgos indígenas y cabellos negros, parada detrás de ellas, con la chica que la había recibido abrazada a su cintura.
La mujer alzó el mentón mientras la niña parecía esforzarse por contener las lágrimas.
Adele se percató de que algo había llamado la atención de Nicole, y al girarse, mostró cierto sobresalto.
—Oh, perdón. No las he presentado. —El ama de llaves estiró una mano para invitar a la india a acercarse—. Nicole, quiero que conozcas a Sabine. Ella y su hija Estrella viven en el rancho desde hace cinco años.
Sabine se aproximó con recelo, sin soltar a la niña.
—Bienvenida, señorita. Mi hija y yo estamos a su servicio —dijo, y después de hacer una venia con la cabeza se alejó—. Si nos disculpan, debemos encargarnos de la comida —informó y se marchó con la niña a la cocina.
—Bueno… —expresó Adele algo contrariada al quedar solas—. Ellas me ayudan en la cocina —explicó con una sonrisa nerviosa, pero Nicole pudo notar una extraña inquietud en el ama de llaves— ¿El abogado no te habló de ellas?
La joven negó con la cabeza y recordó el sobre amarillo que Markos Edana le había entregado con información del rancho.
Había quedado tan perturbada con la noticia de la muerte de su padre que no se preocupó en revisarlo. Lo único que logró fue meterlo dentro de la maleta antes de salir de Lawrence.
—Estaba apurado porque debía tomar un vuelo. Me prometió que en unos días vendría para explicarme ciertas cosas —notificó y respiró hondo antes de continuar—. Papá me dejó a cargo del rancho.
—Sí —confirmó Adele—, pronto se realizará la venta del ganado y necesitan con urgencia aclarar el tema de la herencia para comenzar a preparar la subasta de las reses.
Aquello erizó la piel de Nicole, no tenía ni la más mínima idea del trabajo que debía hacerse allí.
Ahora tendría que ocuparse de los animales, del personal, de la casa y de los problemas que se presentaban en ese lugar, como si ella no tuviese los suyos.
—Yo puedo ayudarte con todo lo referente a la casa, pero del ganado y de la granja no sé mucho —explicó Adele mientras tomaba el bolso de viaje del suelo y la manija extensible de la maleta.
—Dame, yo la llevo —se apresuró a decir Nicole y agarró la pesada maleta para acompañar a la mujer a subir las escaleras en dirección a las habitaciones.
—Sobre el trabajo que se hace en el rancho, te puede asesorar Matt —continuó el ama de llaves.
—¿Matt?
La chica no pudo evitar que la aprehensión se notara en el tono de su voz.
—Sí, pronto lo conocerás. Es un joven adorable y era la mano derecha de tu padre. Lo ayudaba en todo.
Nicole suspiró con frustración. Si Adele hablaba del mismo Matt que ella conoció antes de llegar al rancho, estaba segura de que no le resultaría tan agradable como decía.
De ser así, entonces Matthew Jackson no era un simple peón. Por eso él había ensanchado la sonrisa cuando ella lo fustigó al llegar.
Ahora le costaría más trabajo darle una lección a ese atrevido empleado, ya que dependería de él hasta que conociera todo sobre el rancho.
—Ese Matt, ¿es el administrador? —preguntó con cierta resignación.
—No. Es uno de los dueños. —Nicole quedó petrificada en mitad de la escalera. Adele se giró hacia ella y la observó confusa—. Tu padre le vendió varias acciones del rancho antes de morir, parte del ganado es de él. ¿El abogado no te lo dijo?
La joven maldijo para sus adentros. Aquello no se lo esperaba.
