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Capítulo 6

Adrián

Al tercer día, mis hijos dejaron de intentar expulsar a Alba.

Eso debería haberme tranquilizado.

No lo hizo.

Los encontré al mediodía en uno de los caminos entre los viñedos.

Gael llevaba una cesta demasiado grande para él. Abril tenía hojas en el cabello. Alba caminaba detrás, con los zapatos llenos de polvo y una sonrisa que no había visto en aquella casa desde hacía años.

—¿Qué hacen aquí?

Los tres se detuvieron.

—Trabajamos —respondió Gael.

—Eso no es trabajo. Estás aplastando uvas verdes con las botas.

Miró sus pies.

—Trabajo experimental.

Alba se mordió el labio.

—Los traje a conocer la finca.

—Sin avisarme.

—Teresa sabía dónde estábamos.

—Yo soy su padre.

Su sonrisa desapareció.

—No pensé que necesitara permiso para caminar con ellos por una propiedad donde viven.

—Pensó mal.

Gael dejó la cesta.

—Papá, estábamos bien.

—No te he preguntado.

El niño bajó la mirada.

Vi el gesto.

Lo reconocí demasiado tarde.

Marina solía mirarme así cuando mi tono convertía cualquier conversación en una orden.

Alba también lo vio.

—Chicos, llevad esto a Eusebio. Os alcanzo enseguida.

Cuando estuvimos solos, su expresión cambió.

—No vuelva a hablarles así por defenderme.

—No me diga cómo hablar con mis hijos.

—Entonces no me utilice como excusa para enfadarse con ellos.

La irritación me golpeó.

—Usted no conoce esta familia.

—Conozco niños que miran la puerta cada vez que un adulto levanta la voz.

Me quedé quieto.

—¿Qué quiere decir?

—Que Gael y Abril están esperando que yo me vaya. No porque me odien. Porque es más fácil provocar la despedida que esperar a que ocurra.

Sentí que sus palabras me atravesaban.

—No sabe de qué habla.

—Ojalá.

Alba se volvió para irse.

La sujeté por el brazo antes de pensarlo.

Ella se detuvo.

Mi mano rodeaba su piel.

La solté de inmediato.

—No haga promesas que no pueda cumplir.

—No he prometido quedarme para siempre.

—Entonces ¿qué les ha prometido?

Sus ojos azules no se apartaron de los míos.

—Que, si algún día me voy, no desapareceré sin despedirme.

Algo dentro de mí se tensó.

Era una promesa sencilla.

Y precisamente por eso resultaba peligrosa.

Porque mis hijos podían creerla.

Y una parte de mí también.

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