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Capítulo 5

Alba

A las siete de la mañana bajé a desayunar con la rana dentro de una caja de zapatos.

Gael casi se atragantó con la leche.

Abril dejó caer la cuchara.

Coloqué la caja en medio de la mesa.

—Quiero daros las gracias.

—¿Por qué? —preguntó Gael, desconfiado.

—Siempre quise una mascota.

Abrí la tapa.

La rana asomó la cabeza.

Abril gritó.

—¡Sácala!

—He decidido llamarla Gael.

—¡¿Qué?!

—Porque aparece donde nadie la invita.

Teresa se dio la vuelta para ocultar la risa.

Gael se puso rojo.

—¡No puedes llamarla como yo!

—Entonces Abril.

—¡Ni hablar! —protestó ella.

—Perfecto. Se llamará Adrián.

Una voz grave sonó detrás de mí.

—No.

Me giré.

Adrián estaba en la entrada del comedor, impecable, serio y completamente despierto.

Miró la rana.

Después a sus hijos.

Luego a mí.

—No quiero saberlo.

—Sabia decisión.

Los gemelos esperaron que los castigara.

Adrián simplemente señaló la puerta del jardín.

—Liberadla.

—Pero papá, ella…

—Vosotros la metisteis en su habitación. Vosotros la devolvéis al estanque.

Los dos se marcharon murmurando.

Adrián esperó hasta que desaparecieron.

—No ha gritado.

—¿Decepción?

—Curiosidad.

—Crecí con doce niñas en un dormitorio. Una rana no entra ni entre mis cinco peores despertares.

Por un instante, su boca pareció querer sonreír.

Después volvió a ser el señor Salvatierra.

—No convierta esto en una competencia.

—Ellos ya la convirtieron.

—Son niños.

—Exactamente.

Me levanté.

—¿Y qué piensa hacer?

—Ganar.

Sus ojos se clavaron en los míos.

—No se trata de ganar, Alba.

—Para ellos sí. Si todo adulto que entra en esta casa termina huyendo, cada niñera nueva es una prueba de que pueden controlar quién se queda y quién se va.

La expresión de Adrián se endureció.

Había tocado algo sensible.

—No analice a mis hijos.

—Entonces deje de contar las niñeras como si fueran fracasos individuales.

El silencio se volvió peligroso.

Pensé que acababa de perder el empleo.

Adrián dio un paso hacia mí.

—Tiene seis días.

—Lo sé.

—No me obligue a reducirlos.

Se marchó.

Yo solté el aire.

Teresa apareció a mi lado.

—¿Siempre hablas así cuando necesitas conservar un trabajo?

—Hasta ayer nunca había tenido uno.

Teresa rio.

Desde el jardín llegó un grito.

—¡ALBA!

Corrí hacia la puerta.

Gael estaba cubierto de agua del estanque.

Abril señalaba a la rana, que saltaba libremente entre las plantas.

—¡Me atacó!

Miré al niño empapado.

Luego a la rana.

—Creo que Adrián ya se ha vengado.

Gael tardó dos segundos en entenderlo.

Después me lanzó una mirada terrible.

Y por primera vez, Abril se echó a reír conmigo, no de mí.

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