Capítulo 7
Alba
Esa noche Gael apareció en mi puerta con una almohada bajo el brazo.
—No puedo dormir.
—¿Pesadilla?
—No.
—¿Miedo?
—Tampoco.
—¿Entonces?
Miró el suelo.
—Abril está llorando.
Fuimos juntos a su habitación.
La encontré hecha un ovillo bajo la manta.
—No quiero ir con los abuelos este domingo —murmuró.
Me senté a su lado.
—¿Por qué?
—Porque allí todo recuerda a mamá.
Gael se quedó en la puerta.
Abril apretó la manta.
—Y la abuela llora cuando nos mira.
No sabía qué decir.
Así que no intenté arreglarlo.
—Debe de ser difícil.
Ella asintió.
—Papá nunca viene.
—Tal vez también le resulte difícil.
—Papá nunca dice nada.
Eso sí lo creía.
Me tumbé por encima de la colcha, entre ambos, y les conté una historia absurda sobre una monja del orfanato que perseguía gallinas fugitivas con una escoba.
Gael rio primero.
Abril después.
Poco a poco sus cuerpos se relajaron.
—Alba —susurró Gael cuando las luces ya estaban apagadas—, ¿tú también vas a irte cuando te canses de nosotros?
Mi pecho se cerró.
—No voy a mentiros.
Los dos permanecieron atentos.
—No sé cuánto tiempo estaré aquí. Pero sí sé algo: no voy a desaparecer de un día para otro sin deciros adiós.
Abril sacó una mano de debajo de la manta.
—Promételo.
Le tomé el meñique.
—Lo prometo.
Gael fingió que aquello era infantil.
Treinta segundos después también extendió el suyo.
Cuando salí, cerré la puerta con cuidado.
Entonces vi una silueta al final del pasillo.
Adrián.
Apoyado contra la pared.
No sabía cuánto había escuchado.
—Señor Salvatierra…
—Mañana hablaremos.
Su voz no reveló nada.
Pasó a mi lado y entró en la habitación de sus hijos.
Me quedé sola en el pasillo.
No sabía si acababa de hacer algo bueno.
O de cruzar otra de sus líneas invisibles.
