Capítulo 4
Alba
Mi primera cena en la Hacienda Salvatierra comenzó con una amenaza.
—Si comes eso, te vas a morir.
Miré la sopa.
Después a Gael.
—Qué pena. Tenía planes para mañana.
Abril soltó una risita y la disimuló detrás de su vaso.
Estábamos los tres en una pequeña mesa del comedor infantil. Teresa había insistido en que cenara con ellos para “conocernos mejor”. Yo sospechaba que quería decir “sobrevivir juntos sin incendiar la casa”.
Gael empujó su plato.
—No tenemos que obedecerte.
—Correcto.
Los dos parpadearon.
—¿Correcto? —repitió Abril.
—No puedo obligaros a quererme. Tampoco puedo obligaros a ser simpáticos.
Gael sonrió victorioso.
—Pero sí puedo informar a vuestro padre de que habéis rechazado la cena y pedirle que retire el postre.
Su sonrisa murió.
—Eso es chantaje.
—Eso es administración de recursos.
Abril me miró con nuevos ojos.
—Eres rara.
—Gracias.
A mitad de la cena empezó el interrogatorio.
—¿Tienes padres?
La cuchara se detuvo en mi mano.
—No que yo conozca.
—¿Te abandonaron? —preguntó Gael.
Abril le dio una patada por debajo de la mesa.
—¡No preguntes eso!
—Está bien.
Respiré.
—Viví en un orfanato desde que tenía cinco años.
Gael dejó de jugar con el tenedor.
—¿Y nadie fue a buscarte?
—No.
El silencio cambió.
La provocación desapareció.
Abril bajó la vista.
—Nuestra mamá murió.
—Lo sé.
—Todos dicen que no es lo mismo.
—No lo es.
Ella levantó los ojos.
—Pero perder a alguien sigue doliendo.
Abril no respondió.
Gael tampoco.
Terminaron la sopa.
Después comieron el postre.
Cuando pensé que habíamos logrado una tregua, Gael se levantó.
—No te emociones.
—¿Por qué?
—Mañana empieza de verdad.
—¿Qué empieza?
Abril sonrió con demasiada dulzura.
—La prueba.
Se fueron corriendo.
Yo me quedé mirando sus sillas vacías.
Treinta y nueve niñeras.
Siete días.
Una prueba.
Aquella noche cerré con llave mi habitación.
A las dos de la madrugada, un ruido húmedo sonó junto a mi almohada.
Abrí los ojos.
Algo me miraba desde la oscuridad.
Algo con ojos enormes.
Y patas.
Muchas ganas de saltar.
Me incorporé lentamente.
—Ah.
Una rana.
Desde el otro lado de la puerta, dos respiraciones infantiles intentaban no reírse.
Sonreí.
Bien.
Querían jugar.
