un encuentro inesperado (parte 2)
Me levantó la falda, creo que para comprobar que no llevaba bragas y me dio un par de azotes en las nalgas. Me palpó los pechos y también pudo ver que no estaban sujetos por prenda alguna. Me enganchó una cadena al collar y me llevó a cuatro patas tras de él. La casa olía a incienso y era un loft abierto por completo, me sentí ridícula al principio, sí, pero pronto me mentalicé de que, de hacer el “ridi”, allí nadie me vería ni lo sabría nunca. Se sentó ante mí despatarrado en un sillón, y yo me quedé ante él a cuatro patas y con la cara más roja que un tomate de pera.
—De ahora en adelante, cuando tengas que responderme te dirigirás a mí como señor. No hablarás si no te pregunto, y obedecerás sin rechistar. ¿Está claro?
Yo no supe si decir algo, y como no me salían las palabras asentí. Dos sonoras bofetadas me sacaron de mi temor y me dijo muy enfadado:
—Cuando te pregunte algo responderás si no esto es lo que te esperará, ¿está claro?, —repitió la pregunta a lo que yo respondí con voz trémula.
—Sí, señor.
—Bien veo que puedes aprender a ser aquello para lo que naciste, una sumisa.
A mí, una me iba y otra me venía, no sabía por dónde me daba el aire. Pero si lo que yo había estado buscando era una aventura, allí estaba.
—Ahora te vas a desnudar y examinaré tu cuerpo. Veré si me places como sumisa o no. No me gusta tener que repetir las cosas.
Me puse en pie y me fui quitando la falda, que casi iba pegada a mis muslos y me costó sacármela. Me desabroché la blusa y sentí que me quedaba como Dios me trajo al mundo. No sé vosotras, pero yo jamás me había desnudado, ni delante de mi marido. Me tapé el pubis y las tetas como pude con los brazos y manos y él se puso de pie. Se acercó y pude sentir su aliento en mi cara. Me palmeó las nalgas y me apretó los muslos. Me miró y supe lo que quería, que separase las manos. Lo hice cerrando los ojos, y me dijo el muy cabrón.
—¿Crees que te mando desnudarte, para que te tapes con las manos?, cuando estés en pie ante tu amo, separarás las piernas y cuando estés sentada también. Tendrás las manos a la espalda y mirarás al suelo. Por cierto, si lo que estás esperando es que te folle estás perdiendo el tiempo. Quiero que pases varias pruebas y de ser aceptada, entonces te someteré por completo, te marcaré y serás mía de por vida. No me importa si estás casada, soltera o viuda, eso es tu problema y habrás de solventarlo tú.
Me introdujo un dedo en el culo y creía que me moría de vergüenza. Luego me palpó la vagina y fue introduciendo otro dedo en ella, mientras con otro, no me digáis cómo lo hizo, me masajeaba el clítoris. Creo que todo el tiempo tuve la cara roja como nunca antes y cuando abandonó mi culo, palmeó mis pechos de manera que me hizo daño. Gemí y a cambio obtuve dos bofetadas.
—No quiero oírte esclava. Aguanta el dolor.
Y entonces, cuando ya me daba por violada, me dijo.
—Vístete y siéntate ahí, —me señaló un cómodo sillón con respaldo tapizado en rojo sangre.
Lo hice y esperé a que me preguntase, como me había advertido él mismo.
—Quiero saberlo todo de ti. ¿Qué hacías allí, quién eres, todo, y sobre todo cuáles son tus límites.
Hubo cosas que no entendí, pero, ¡líbreme Dios de preguntarlo!, le conté que tenía dos niños, niño y niña, que estaba casada, y que iba con mías amigas los jueves a tomar algo a aquella cafetería. Vamos anda que no se podía contar, ¡cualquiera diría!
—No estabas con amigas uno era un tío, me pareció un marica la otra era tu amiga supongo. Cuando hables conmigo debes ser exacta en lo que me digas, no me gustan las ambigüedades. ¿Cuáles son tus límites?
—Pues no sé a qué se refiere, señor…
—A las cosas que no te gustan o repugnan en el sexo. Respetaré unos límites razonables el resto, haré lo que me plazca, ¿entendido esclava?
—Sí, sí, señor. Pues es que no sé qué me gusta o qué no, el caso es que solo he practicado sexo con mi marido y él es muy limitado. –Por unos instantes, creí que se echaría a reír a carcajadas y me echaría a patadas de su casa, pero no, no lo hizo. Se limitó a decir.
—Comprendo…iremos viendo qué es lo que no puedes superar en un principio y dejaremos a un lado lo que estorbe.
¡Ay hijas mías!, yo estaba asombrada. Pensé siempre, que esto del sadomasoquismo era que te freían a palos y te molaba, y que ibas descogorciada a casa y repetías por vicio. Pero no, era muy distinto, mira tú. ¡Había límites y todo!
—Te controlaré por teléfono y me dirás en todo momento dónde estás y qué haces, cuando yo te lo pregunte. Me dirás siempre la verdad, lo contrario te costará un duro castigo. Pasarás la primera prueba este domingo a la mañana, arréglatelas para venir con esta misma ropa a las doce aquí. Y ahora dime, ¿tienes alguna pregunta que hacerme?
¡Huy!, preguntas, tenía mil y más, pero estaba tan acogotada que…bueno, me atreví a preguntarle por la chica que dejó allí lloriqueando. Me dijo que había sido su sumisa desde hacía dos años, y que era muy impuntual, él pensaba que porque le gustaba ser castigada duramente, pero a él eso le daba lo mismo, quería obediencia ciega. Le pregunté, que sé que estáis pensándolo, porqué me eligió a mí y no a otra más buenorra, y me quedé de piedra con la respuesta.
—Tú eres una sumisa natural, de las que no lo saben y nacen para serlo. Lo llevas escrito en la cara, en los movimientos, ¿por qué crees que me miraste tú y tu amiga no?, ella es de esas que miran por los ojos de otras, no son más que meras espectadoras de la vida, tú sin embargo estás dispuesta a probar a actuar. ¿Quieres tomar algo?
De verdad os lo digo, si me pinchan no sangro ene se momento. Le dije que necesitaba un buen trago de brandy, y sonrió. Sacó de un mueble bar una botella de cristal tallado y dos vasos bajos a juego y sirvió dos dedos de brandy en cada uno. Puso uno en mi mano y sorbió del suyo, sin emitir un solo sonido. Tomamos el licor en silencio, observándonos el uno a la otra, y la otra al uno. Se levantó al terminar el brandy y me quitó el collar que aún llevaba al cuello.
—Te has portado bien esta primera vez, pero no siempre será tan fácil. ¿Quieres preguntarme en qué consistirá la prueba del domingo?
—No señor.
—Ja ja ja, así me gusta esclava, así me gusta. Mentalízate para ser sumisa y obediente, el resto corre de mi cuenta, yo te educaré con disciplina y haré de ti una esclava ejemplar. Ahora vete, tengo cosas que hacer.
Me puse de pie, y vi como él se sentaba a leer displicentemente, dejando de prestarme atención. El collar que yo llevase al cuello, colgaba de sus dedos, índice y corazón, y jugueteaba con él. Salí, cerré tras de mí la puerta y suspiré aliviada. No iba a volver ¡ni locaaaaa! El aire fresco me despertó del sueño vivido y crucé la calle como borracha. Me metí en la boca de metro de Plaza España, y me senté a esperar. Ahora iba a tener que dialogar con mi amigo Mario, para ver cómo relajarme, estaba excitadísima. El regreso a casa supuso un esfuerzo, no obstante, y al entrar, Alex se me tiró encima como un cachorro de elefante.
—¡Mamáaaaaa!, ¿dónde has ido, me has traído algoooo?
Antonio esperaba ceñudo en la salita mirando, ¿cómo no?, el futbol.
—¿A dónde has ido Tere?, ¡que ya es hora de cenar joder!, y los niños están muy pesados mételes en la cama.
No, si mandar, este sabe tanto o más que el otro, claro, que entre él, ¿cómo debería llamarlo, amo?, y él, hay un mundo.
Yo aún temblaba como una tonta, y sentía la humedad en mis braguitas como si hubiese disfrutado…en fin…que puse la mesa, con su mantelito rosa y sus platos de porcelana blanca, regalo de mi suegra, como el dichoso mantelito, y unos vasos, que ya estaban algo rayados de tanto uso. Un día tendría que comprar unos en el Ikea. Saqué una botella de vino, y una de Coca—Cola y me senté por fin a comer algo. Ni me esperaron, como siempre se echaron sobre la comida como si fuesen unos muertos de hambre y yo, comencé a evocar la casa, el entorno en el que me había quedado desnuda ante un desconocido por primera vez en mi vida. ¡Pero mira que soy tonta!, menos mal que todo había acabado, y jamás de los jamases volvería a hacer algo similar, que si nooo. Era una buhardillita muy mona, decorada por un hombre eso sí, se notaba mucho. Dos cuadros de barcos uno en cada pared, una lámpara pequeña y moderna colgaba del techo y una cama….¡ay, una cama! Reinaba en la estancia, por lo grande, en una de las esquinas, estratégicamente situada, para que al llegar el día el sol penetrase por la ventana paralela a ella.
—Pero Tere, ¿se puede saber qué te pasa?, hace media hora que te he pedido la sal mujer, estás en el limbo.
—¡Ay hijo!, ¿no puedes levantarte tú y cogerla de la cocina?
Antonio, frunció el ceño y se levantó de mala gana para decir no obstante.
—Esto que no vuelva a pasar, a ver si aprendes a poner la mesa por lo menos, ¡joder, no haces una a derechas!
Bueno no escuché casi sus impertinencias, porque estaba en la calle San Bernardino, en la buhardilla de…¡oye, que no sé siquiera como se llama el tío!, bueno le llamaré Julián, que así se llamaba el macarra aquel de la telenovela de “Mátame, que me enamoro”, si es que soy mema del todo, no podía volver, ¡ni hablar del peluquín!, Alex se enzarzó en una nueva pelea con María por el pan esta vez, y ya cansada pegué dos gritos que dejaron sordo al personal. ¡Hombre ya estaba bien!, no me dejaban ni tan siquiera imaginar nada…
—¡¡Alex, María!, ¡como os sigáis pelando os voy a dar dos leches!
Los dos críos, a los que nunca había levantado la voz, se quedaron paralizados y Antonio, me miró no sé muy bien si más sorprendido o más acojonadito.
La cena transcurrió sin más tonterías y cuando empecé a llevarme los platos y los restos de la cena, debí sonreír sin darme cuenta, porque Antonio, me dijo.
—Pareces alelada Tere, no haces más que sonreír y gritar, estás de rara…claro que igual es porque…
Y se me acercó por detrás para manosearme un pecho, metiéndome la mano por la blusa que se me había entreabierto. Yo se la saqué y le respondí con mala leche.
—¡Anda, anda!, déjame de tonterías, que estoy recogiendo la cocina vete a la sala a ver el fútbol.
Pero él insistió y de nuevo tuve que recurrir a la manida excusa de los nenes. Pero nada, que ni para atrás. Así que pensé: “déjale hija, Tere, si estás más mojada que un pastel borracho…a ver si así se te quita la idea de Julián de la cabeza hija”. Antonio, siguió acariciándome los pechos y bajó un poco más, mirando a ver si los críos miraban o no, lo que hacíamos. Me llevó empujándome delante de él a la habitación, y me tumbó boca arriba en la cama, echándose con todo su peso sobre mí. Pensé, disfruta Tere, hija, que así se te quitarán las tonterías esas. Pero Antonio, excitado como un toro en celo, me bajó las braguitas, me introdujo su miembro en mi vagina y me taladró como si fuese una madera y él el taladro Bosch. Dos minutos más tarde, se retiraba y yo me quedaba allí boca arriba sin saber qué había pasado. A mi nada desde luego, en fin, lo de siempre. Diréis que soy una tonta, pero me eché a llorar como una quinceañera y salí limpiándome las lágrimas con un trozo del delantal. Antonio, miraba el fútbol y bebía cerveza despatarrado en el sofá, mientras Alex y María jugaban a cocinitas en un rincón. Me fui a la terraza, que era pequeñita pero acogedora, era mi rincón personal, ese que todas tenemos en casa para estar a solas con nosotras mismas…la noche era especialmente oscura, y el cielo estaba libre de estrellas, la luz de la ciudad impedía verlas. Yo tenía un secreto infantil que guardaba con celo, no sé si por miedo a que se riesen de mí o por creerlo imposible, pero cada vez que miraba el enrarecido cielo madrileño, pensaba en él. Meterme en la cama fue un suplicio, rezaba para que estuviese dormido y no me molestara más. Ya había tenido suficiente.
