un encuentro inesperado
CAPITULO II
UN ENCUENTRO ESPERADO
Cuando entré en la cafetería, eran las cuatro de la tarde, me senté en una mesa diferente a la que ocupábamos cuando estábamos Mario, Mari y yo, y pedí con “finura” un té con limón. Nunca había probado el té, era virgen, ¡huy como suena eso de virgen!, pensé que igual ya no volvía nunca por allí aquel tío, porque al haber reñido con su chica…o quizás solo fue un lugar más donde quedar, y no el habitual, como lo era nuestro…miré por el ventanal, ir y venir a la gente, y comenzaba a aburrirme, casi dispuesta a marcharme cuando de repente, ¡entró! El tío llevaba pantalones vaqueros, un cinto ancho de cuero negro, y una camiseta blanca de manga corta. Pasó me miró con yo diría que desprecio, y se sentó despatarrado en la barra, para pedirle al camarero, una cerveza bien fría. ¿Me creeréis si os digo que estaba cagadita de miedo?, pues lo estaba. Yo apuré el último sorbo de mi té y me levanté para irme. No tenía ánimo para hacer lo que había ido a hacer. Entonces empezó la historia, sí…empezó ¡y cómo!, tras de mí, sonó una voz autoritaria.
-¿A dónde coño crees que vas tía?
Yo soy de esas que no se callan ni debajo del agua, y de ser otro le hubiera soltado un par de tacos y algo más, pero al volverme le vi allí de pie, con las manos en los bolsillos delanteros de sus vaqueros desgastados y mirándome que me carbonizaba, y me quedé parada como una tonta.
-Pues…pues…a casa claro…yo…
-Tú nada siéntate, ya te diré yo cuando puedes irte y qué puedes y qué no, hacer.
Me senté tras la mesa de mármol como una colegiala pillada en falta y esperé. Él se sentó enfrente de mí, y adelantó la cabeza, tanto que pude sentir su aliento en mi cara.
-Esa falda no me gusta y la blusa es una mierda. Ahora vas a irte al baño y te vas a quitar las bragas, las dejaras encima del lavabo y te vendrás a sentar aquí otra vez. No quiero que repliques, ¿está claro zorra?
Mis mejillas se colorearon como si fuesen tomates maduros y como una autómata, me levanté y temblando me fui para el baño. Me pregunté qué demonios estaba yo haciendo siguiéndole la corriente a un tipo desconocido y sin embargo, estaba quitándome las bragas y dejándolas, con manos temblorosas encima del lavabo. Volví a la mesa donde el tío aquel sonreía cínicamente. Esta con las piernas separadas y mirándome, con los brazos cruzados como si yo fuese una mercancía que fuera a comprar. Se puso en pie y fue al baño, adiviné enseguida a qué. Claro está. Volvió se sentó frente a mí y con cara muy seria me dijo:
-La putita que viste que despedía el otro día era mi sumisa, una tía rebelde, y que no obedecía mis deseos, espero que tú seas más mansa y que obedezcas al punto cada orden, ¿entendido?
Yo asentí sin saber ni qué me estaba diciendo, ni si me estaba confundiendo con otra…sacó una libretita de tapas rojas y un bolígrafo de plata y escribió una dirección en una hoja para posteriormente arrancarla y entregármela.
-Mañana irás a esta dirección a las seis en punto. Te pondrás falda por medio muslo, negra, zapatos planos sin tacón y una blusa amplia y blanca. No llevarás sujetador ni bragas, mis sumisas lo tienen prohibido y tú a partir de hoy también.
Se puso en pie y dejó sobre la mesa cinco euros para pagar ambas consumiciones. Eso supuse yo… desapareció y me comencé a preguntar si en realidad no había sido una fantasía mía aquello, pero al desdoblar la hojita que me había dado, allí pude leer la dirección en cuestión, así que no, no era un sueño. Me levanté y me llegué hasta la barra, para abonar el pago de las dos consumiciones pero el camarero, me dijo que ya estaban pagadas. Así que me quedó la intriga de para qué eran aquellos cinco euros…¿para humillarme solamente?, salí de la cafetería y al ir bajando por la boca del metro, el tacón del zapato derecho se partió. Juré en chino hijas, en chino, pero me descalcé y me metí en el metro para ir a casa sin pensar en más. Me dio la impresión de que todo el mundo me observaba y llevar los pies descalzos no ayudaba mucho la verdad. Tuve que caminar como cincuenta metros hasta llegar al portal de casa desde el metro, ¿os habéis fijado cuanto se tarda cuando se está deseando llegar?, ¡uffff!, subí en el ascensor y cómo no…me topé de cara con la vecinita rubia de piernas ultra largas.
-¿Qué deseando llegar a casa para quitarte los zapatos reina?
-“¡Puñetera!”, pensé para mí, mira que eres siempre inoportuna.
-La fiesta que ha sido sonada y ya ves, he roto hasta lo que no llevaba hija…
La vecinita se quedó parada al verme respondona y abrió la puerta del ascensor desapareciendo casi como por ensalmo. ¡Qué alivio!, me quité la ropa y me metí bajo el chorro de agua de la ducha. Estaba temblando. Allí debajo, que a mí me aclara mucho las ideas el agua caliente, pensé en cómo había hecho el ridículo, menos mal que no iban a saberlo Mari ni Mario…me acordé de que le había dado mis bragas y eran las más caras ¡coño!, me enjaboné a fondo y sentí que me excitaba con solo pensar en él. Salí de la ducha y me miré al espejo, vi a una mujer con “todo” en su sitio, o muy mayor y con ganas de…¿de qué en realidad?, me enrollé una toalla sobre los pechos y salí dejando que mis pensamientos se ordenasen un poco antes de ver qué hacía. Por supuesto ir a aquella dirección ¡ni soñarlo!, durante más de media hora miré la hojita de papel, que había dejado doblada sobre la mesita de noche y no me atrevía a cogerla. Pero al final, leí de nuevo la dirección. “Calle San Bernardino, nº 16, 6º” y debajo un número de teléfono móvil, me dijo que debía llamarlo antes de ir…por si acaso vaya…676564062. Me temblaban las manos y me fui para el teléfono dos veces y no me atrevía a coger el auricular. Pero armándome de valor una tercera vez, descolgué y marqué el número. Una voz varonil y grave me respondió al otro lado. Mi sorpresa fue que no pude hablar, ¿por qué?, pues porque él me dijo sin permitirme articular palabra.
-“Toca abajo y cuando te abra, sube despacio, para no fatigarte. Encontrarás la puerta abierta, entra, cierra tras de ti y arrodíllate con las piernas separadas y la cabeza baja, mirando al suelo”.
¡Y colgó!, y digo yo, ¿cómo diantres sabía este hombre que era yo quién le llamaba y no otra u otro incluso?, estaba muy seguro el cabronazo de que iría, y me jodía mucho ¿eh?, ¡huy perdón! Es que soy un poco bruta a veces lo mío me cuesta corregirlo hijas. Y ahora ¿Qué les digo yo de esto a Mari y al Mario? ¡ay que dilema hijas esto no me pasa más que a mí. Me paré a pensar que hacía no tanto, me quejaba de que no me ocurrían cosas fuera de lo “normal”, pues ahora…¡toma!, aquí tienes algo extraordinario. De acudir a la cita nada de nada, que era un extraño y me podía meter en un líoooo…
Me fui a una tienda de estas que tiene ropita mona, no muy cara y aparente y me compré, unos zapatitos sin tacón, una blusa monísima blanca, que se medio abría por un costado, muy sexy…y una falda negra que me apretaba algo, y se ceñía como una segunda piel a mis muslos. ¡Ay! Creo que estaba cumpliendo con los malditos requisitos de aquel tío. Pero de ir nada de nada ¿eh?, ¡¡me moriría de vergüenza!! Pero si pasé un mal rato, que ya ya, cuando me dijo aquellas groserías. Y yo que soñaba con un hombre sensible y cariñoso como el de oficial y caballero…que te llevase en brazos te eligiera entre todas a ti y no te dejase ni tocar el suelo. ¡Pues me había lucido!
La semana pasó larga y tediosa como ninguna otra antes de aquella. Esperaba el jueves como agua de mayo. Pero no para ir con Mari y Mario a la cafetería de la Gran Vía, no…una me iba y otra me venía, pero al final, viendo la ropa ya comprada, que me había salido a precio de ganga y que necesitaba airearme un poco…la cosa es que mi marido estaba de un pesado fuera de lo habitual y Alex y María no dejaban de pelearse, como si percibiesen mi nerviosismo, y les castigaba más de lo corriente en mí. Me resigné a ser el ama de casa corriente, carente de autoestima y que vivía una vida monótona, durante los días que precedieron a “La Cita”. Vivíamos en la calle Hortaleza, muy cerca de la Gran Vía, razón por la que Mari y yo, que vivíamos casi en el mismo edificio, quedábamos en ella. Mario venía de Chueca, que tampoco quedaba muy lejos y la verdad es que lo pasábamos muy bien, pero qué queréis que os diga, yo necesitaba más. ¡Y vaya si lo iba a tener!
¡Y por fin llegó el jueves!, el día en que debía presentarme ante aquel pedazo de macho, que me tenía sorbido el seso, sin haberme rozado tan siquiera…recordaba perfectamente, su pelo negro bien peinado con raya al medio, y sus músculos marcándose en la camiseta blanca que llevaba. Aquellos pantalones que marcaban, ¡ufff, lo que marcaban!, y que prometían más de lo que había visto yo en toda mi vida. Mi marido se fue al bar y los nenes, como de costumbre ese día se los dejé a mi madre que vivía dos portales más allá de nosotros. Me vestí sin el sujetador ni las bragas y me sentí desnuda a pesar de estar vestida. Se me balanceaban las tetas que era una barbaridad. No es que tenga tanto…pero hijas es que ir así dando que mirar…pero eso era lo que exigía el tipo. Así que nada me calcé y me miré. El espejo me devolvió una imagen distinta a la habitual, más relajada, no me atrevía a maquillarme, claro, era tan especial el niño…
Bajé en el ascensor y me topé de nuevo con la puñetera vecinita, parecía espiarme todo el puñetero día la jodía.
-Un cambio de look muy bien pensado, te queda esa ropa de cine.
Gracias nena. –Le respondía envarada, por haberme quedado sin palabras otra vez. No, si al final le tendré que dar las gracias por aprobarme y todo…salí a la calle, me metí por el callejoncito que comunica mi calle con la Gran Vía y quedé frente a la boca de metro de Gran Vía. Bajé cómoda del todo con aquellos zapatitos y me senté a esperar el metro. No tardó ni tres minutos en llegar y mi corazón comenzó a acelerarse, como si supiese dónde iba. Tomé la línea uno, la azul clarita, para llegar a Tribunal y allí tomar la línea azul oscura, la diez, que me llevaría a Noviciado. El recorrido me pareció super largooo, y es que me temblaban ya hasta los dedos de los pies. Llevaba pegado el bolsito con las llaves y el móvil en su interior, pegado a mi vientre, como si estuviese embarazada. Cuando salí en Noviciado, recorrí el camino que comunicaba la estación con la de Plaza de España, por uno de esos túneles fríos y desangelados, que solo ayudan a sentirte peor…pues eso. Salí al aire libre y me paré en el semáforo antes de cruzar a la otra calle donde la paralela a la Gran Vía era san Bernardino. Me metí en un bar a tomar un poco de agua y recuperar el resuello, no es que estuviera cansada, ¡qué va!, pero, me faltaba el aire, no sé si me entendéis.
El número dieciséis era un portal anodino, común, como muchos otros, el edificio tenía seis pisos y el último era al que iba. Toqué con un miedo atroz el portero automático, y un sonido muy familiar me respondió. La puerta se abrió y yo entré persignándome y pidiéndole a Dios que me perdonase y que me ayudase, que me metía de lleno en no sé muy bien dónde. Subí despacio, y es que aunque hubiese querido, hacerlo de otra forma, subir aprisa me hubiera dejado exhausta. Tardé mis quince minutitos en llegar. Solo había una puerta en cada piso, y en el último también. La puerta estaba entreabierta y creo que entonces la cara me enrojeció hasta la raíz. Pero nada, ya que estaba allí, para adentro. Penetré y cerré tras de mí. Me arrodillé y separé las piernas. Miré al suelo, más que por la exigencia del individuo, porque estaba avergonzada, y aterrada. A punto estuve de mearme de miedo al sentir los pasos de él acercándose. Se quedó parado delante de mí y sacó algo que en principio no pude ver qué era de su bolsillo. Lo que sí percibí era que vestía pantalones de cuero negros muy ajustados y botas militares. Enseguida supe de qué se trataba, pues me lo ciño al cuello y me lo abrochó. Era un collar de cuero con remaches.
Mientras estés conmigo lo llevarás puesto, perra, me perteneces y debes ir acostumbrándote a saber cuál es tu sitio.
