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LA PRUEBA

CAPITULO III

LA PRUEBA

La verdad en casa cada sábado era igual que el anterior y que el anterior y que el que había precedido a este. Pero este en que me encontraba era diferente, estaba nerviosa, atacada de los nervios. ¿Qué por qué? , pues hijas porque tenía al día siguiente la puñetera prueba esa del Julián. No iba a ir claro que nooo, pero me ponía nerviosa. Antonio quería como siempre ir a comer a casa de mi suegra con los críos y yo estaba hasta el mismísimo de tanta comida dominguera con la suegra, que era más mala que la tiña. Esta vez estaba dispuesta a plantarle cara, no porque fuera a ir a donde el Julián no, solo por placer.

—Pues mira mañana tengo cosas que hacer y no voy a ir a casa de tu madre. Llévate a los nenes y pasadlo bien los tres.

—Oye Tere, ¡no me jodas!, siempre hemos ido los cuatro, no me vengas ahora con monsergas. ¿Qué cojones tienes tú que hacer?, ¿fregar, planchar?

—¡Vaya!, el niño cree que solo fregamos y planchamos las amas de casa, como somos esclavas pues claro…pues a ver si te enteras somos maestras, cocineras, niñeras y madres de tontos como tú.

Antonio, me miró como si me quisiese carbonizar y se levantó de un salto. Se dirigió hacia mí y se quedó a dos palmos de mi nariz, resoplando como un caballo enfurecido. Creí que me soltaba dos sopapos, de verdad os lo digo. Me entró una mieditis que casi me meo. Se fue dándome la espalda y se sentó sentenciando, más que anunciando:

—¡Mañana vendrás como siempre a casa de mi madre con los niños, y no se hable más!

No sé si me creeréis, pero en ese momento tomé la decisión de ir a donde el coño Julián aquel. ¡Sí, iba a ir!, ¡ahora sí que iba a ir!

Como siempre llamé por teléfono antes de ir, y el auricular vibraba, no por avería no, si no porque yo estaba como un flan de nerviosa. Una voz ya familiar me dijo:

—Vístete con la misma ropa que la otra vez y cuando entres, verás en la consola de la entrada un pañuelo negro, cíñetelo a los ojos, asegúrate de que no ves nada y espérame de pie. Espero que cumplas.

Y colgó. Ay madreee, mira que no sé qué hacer, si ir, si no ir…bueno, pues voy, ¡hala que se joda el Antonio! Y si no que me hubiera jodido de verdad, que eso que él hace es como los conejos, descargar. ¡Aggg!, la cara que va a poner Maruja, su madre, ja ja ja. Era hora de llamar a Mari y a Mario, a ver qué pensaban ellos de todo aquello, pero que me iban a poner a caldo de loca para arriba, eso lo tenía yo seguro, claro. Mario no estaba, pero la Mari, sí. En cuanto la dije, que quería pedirle consejo sobre un tío, me dijo que bajaba a la cafetería de abajo de mi casa al momento. Le dije que ni hablar, claro, que mejor en la cafetería que había en Gran vía, cerca de la que íbamos nosotras una pequeñita y discreta.

Mari estaba en bata de casa, y solo un abrigo la cubría por encima. Era una cotilla de mil pares de narices, como yo. Y es que ¿qué queréis hijas?, es un placer por el que Rajoy no cobra IVA aún. Como se entere nos pone un veintiún por ciento de impuesto, ja ja ja. Me senté a su lado, mirando como si hubiese cometido un crimen a todos lados.

—Tere, pero ¿qué es eso que me dices de que quieres consejo sobre un tío?, ¿estás loca?, como se entere el Antonio, ¡te mata!

—Pues tú bien que has bajado a todo correr para ver de qué iba el tema nena.

—Bueno es que todos los días una amiga no se lía con, ¿con quién te has liado?

—A ver hija, que no me he liado con ningún tío, bueno un poco sí, con uno, pero poco.

—Pues ya me dirás como se come eso de que estás liada con un tío pero poco, o se está o no se está.

—Pues, que he estado en casa de un tío pero no hemos…ya me entiendes.

—Pero ¿hubo tema o no hubo tema?

—¡Ay hija, que no!, si te lo estoy diciendo.

—Espera que pido dos cafetitos y me lo cuentas todo con detalles, —chilló mientras hacía un mohín picarón.

Los cafés eran malísimos pero Mari ni se percató, porque se quedó el suyo abandonadito como un huérfano delante de ella. Yo me tomé el mío entra trozo y trozo del relato.

—Cuenta, cuenta…¿quién es, le conozco?

—Bueno, pues sí, le conoces y no le conoces.

—Mira nena estás rarita ¿eh?, o le conozco o no, ¿en qué quedamos?

—Es el tío de la cafetería de hace dos semanas.

—¿El camarero aquel?, si era un yogurín.

—No mujer, el otro…el que…

—No me digas que es el tipo aquel que hizo llorar a la muchacha aquella que…¿aquel?, me miró no supe bien si aterrada o perpleja. ¡Ay, ay, ay…eso no me gusta pero que nada.

—Pues está de toma pan y moja.

—Entonces ha habido temita…—me señaló con una sonrisa pícara desplegada en su cara.

—¡Que no!

—Pues mira como no te expliques mejor no entiendo ni papa.

—Pues que fui el jueves pasado a la cafetería yo sola, y me tomé un té. Entró él y se sentó delante de mí después de haberme mirado como si fuese yo un desecho. Me ordenó, sí, sí, me ordenó ir a una dirección el siguiente día.

—Pero tú ¿no irías verdad?, ¡mírame a los ojos, ¿no irías loca de la vida?

—Pues mira tú, que sí que fui. No iba a ir, de verdad, pero para una vez que me pasa algo…

—No, si ya veo yo a dónde vas a ir a parar. Te fuiste para su casa y te dio tema de lo lindo.

—¡Que pesada estás con lo del tema!, te he dicho que no hubo nada. Bueno algo, algo sí.

Le conté a la Mari, lo acaecido con todo lujo de detalles, para espanto y disfrute de ella, que estaba en el cielo de las cotillas. Claro está. Al terminar me miraba diferente, como con una mezcla de incredulidad y repugnancia, no sabría bien definirlo.

—Mira si quieres que te diga la verdad, no vayas, no te metas en un lío del que no vas a saber salir Tere. Luego se entera Antonio, y se monta una pero que muy gorda. ¿Y los nenes?

—Oye, que yo también existo. A ver si tú también me vas a negar que estás deseando que te pase algo así.

—A ver Teresita maja, una cosa es leer a Grey y sus sombras y hacerte una paja mental y otra muy diferente, ponerte a ello de verdad. Compréndeme, me parece humillante y retrógrado eso de ser dominada por un tipejo un macarra, porque eso es lo que es, un vulgar macarra.

—Pues entonces no te cuento la segunda parte, porque me vas a poner de vuelta y media.

—¡Ah!, ¿pero hay más?, ¡Virgen bendita, del pompillo resecao!

—Bueno me voy que he dejado a Antonio y a los nenes solos ya te contaré.

—Pero no me dejes así ahora, cuéntame el resto hija.

—Me lo pensaré, igual el lunes.

Dejé a la Mari, sentada y atónita sin saber ni qué decir ni qué pensar. Pero eso sí, estaba yo segurita de que llena de envidia. En casa ni se habían percatado de que había bajado a tomar algo, será triste, ¿que ni me echaban de menos un poquitín?, Me metí en el baño, me quité la pintura de la cara con un desmaquillante y me puse crema de noche de Diadermine, ¡ay a las pobres no nos da para más!, me pellizqué los pómulos y la frente y me di ánimos yo sola. No estaba tan mal para la edad que tenía, recoño. Me miré en el espejo del tocador, mientras de la sala me llegaban los gritos de gol del que retransmitía el partido y de mi marido que juraba hebreo por ver cómo le metían dos goles a su equipo. “Mira Tere, que no estás mal, tú mañana vete y a ver qué pasa!

¡Una prueba!, ¿qué querría decir con eso de una prueba?, estaba realmente intrigada, ¿y eso de que yo había nacido para ser, sumisa?, estaba perpleja del todo. Me puse la ropa exigida por Julián y Antonio, que esperaba para que fuera con ellos a casa de Maruja me gritó desde la ducha.

—¿Estás ya lista para salir?, ponles algo de abrigo a los niños que ya sabes que se constipan enseguida.

Esto que os voy a contar, es que no me lo vais a creer, pero bueno…salí de puntillas dejando a los nenes en la cama sin despertarlos, y eso que eran las diez de la mañana. ¡Como se iba a poner Antonio, al ver que tenía que vestirlos darles el desayuno…! Y sobre todo al comprobar que yo no estaba. ¡Y que no sabía por primera vez en muchos años dónde andaba!

Yo temblaba como una hojita en otoño, pero a la vez estaba emocionada. El aire de Madrid, tan contaminado, se me antojó el más puro del mundo mundial y al encontrarme en la calle San Bernardino, me metí en un bar a tomar un café. Eran las once y treinta minutos y tenía que estar arriba a las doce en punto, ni antes ni después. Me supo a gloria hijas, ¿qué queréis que os diga?, pero el miedo seguía allí en el estómago, como si un millón de mariposas revolotearan en él. La gente entraba y salía y hablaban de cosas pueriles, sin importancia. Me di cuenta entonces, que todas hacemos lo mismo, hablamos sin decir nada, cocinamos, limpiamos, compramos, y solo a veces discutimos, como si eso nos sacase de la monotonía. Igual todas necesitábamos un tío duro que nos diera caña…no, creo que todas no. Las manecillas del reloj, parecían estar paradas del todo, no se movían un centímetro, que os lo digo yo. Hasta pensé que estaba parado el reloj del bar. Pero, se movían, ¡vaya que si se movían!, llegaron, la una a las once cincuenta y ocho y la otra a las doce, salí tras pagar a todo correr la consumición y toqué el portero automático. La puerta se abrió y yo noté como mi corazón se aceleraba a mil por hora. Subí despacito, despacito las escaleras, y una vez arriba, vi la puerta entreabierta. Suspiré y me armé de valor. Entré cerré tras de mí y a duras penas pude ver un pañuelo negro sobre la consola de la entrada. Me lo puse y me aseguré, de verdad que sí, que no veía nada, y es que estaba cagadita de miedo, y no quería ver ni oír. Me quedé de pie, con las piernas separadas, y muy quieta, a la espera de acontecimientos. Percibí claramente las pisadas de Julián caminando hasta llegar a mi altura, y entonces, me puso el collar al cuello, y tiró de la cadena que llevaba enganchada en este. Estaba asustada, me recriminaba mil cosas a mí misma, y de pronto, noté que llegaba a mis fosas nasales un aroma…no, varios, de distintas lociones de afeitado, incluso uno de un caro perfume masculino. Yo para esto soy la leche, porque dinerito no tendré, pero gustos caros…esos me sobran. Deduje, que al menos había tres personas en el Loft de Julián. ¡Qué vergüenza!, me moría de vergüenza al pensar en que me iban a ver de aquella facha. Entonces, él con voz suave, y baja me dio instrucciones al respecto.

—No tengas miedo, están dos amigos míos en mi casa, esperándote. Les voy a enseñar cómo se educa a una sumisa y se la convierte en esclava de por vida. Tú serás el ejemplo.

Mira en ese momento si me pinchan no sangro hijas, que miedooo, pero aquel tío es que no daba en nada bueno ¿eh? Me llevó tirando de la cadena hasta situarme, según yo creo en el centro mismo de la pieza.

¡Desnúdate!—fue al seca orden que me dio.

Me fui quitando los zapatos, y pisé sobre algo que me pareció mullido, posiblemente una alfombra, y me deshice de la blusa que cayó al suelo blandamente. La falda me costó algo más quitármela, no sé muy bien si por nervios o por vergüenza, o por ambas cosas. Julián se acercó, digo que era él, porque me había aprendido de memoria su olor, —¡coña, tenía que ver cuál era aquel perfume que desprendía el tipo!, era algo que me tenía loca por saber. –Me levantó el brazo derecho y me ató la muñeca a una muñequera, de cuero que estaba frío. Hizo otro tanto con el brazo y la muñeca izquierda, y luego pasó a los tobillos, que quedaron apresados por sendas tobilleras. Estaba con los brazos y piernas en cruz, y las ataduras tiraban de muñecas y tobillos para mantenerme tensa. Creo que estaba roja, como tomate maduro, ¡ay qué mal lo estaba pasando!, pero en eso, Julián dio comienzo la sesión.

—Como podéis ver esta sumisa está en la primera fase de aprendizaje, y deberá extirpar el miedo y la vergüenza que sufre, antes de ser la sumisa que deberá ser para satisfacerme en todo. Podéis examinarla a vuestro gusto…

¡Ay Dios míoooo!, pero…¿qué dice este hombre?, ¿Qué me van a toquetear estos tíos que ni puedo ver? Pues sí, hijas sí, como lo estáis leyendo, que se acercaron y uno empezó a sobarme las tetas mientras el otro se agachaba y me hacía algo que yo no sabía ni que existíaaaa, luego supe el nombrecito, un cunningulus. Vamos que se puso a lamer eso que ya os estáis imaginando. Mientras lo hacía me masajeaba con suma suavidad el clítoris y yo, hijas mías, no pude sino abandonarme al placer. Al menos aquello me quitaba el miedo. Me palmearon las nalgas, los pechos y tuve que aguantar un par de grititos, porque en dos ocasiones me hicieron daño. Especialmente cuando se dedicaron a mordisquearme los pezones y meterme dedos en el culo. Yo que nunca había hecho nada de aquellas cochinadas con mi Antonio, estaba asustada, y por qué no decirlo, entregada hijas, que ya puestas, pues “palante”.

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