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CAPÍTULO 4 — EL HOMBRE EQUIVOCADO

Al día siguiente desperté convencida de que había pensado demasiado en un hombre que no me interesaba. Me repetí esa mentira durante todo el desayuno hasta casi creerla.

Mi hija seguía durmiendo cuando salí hacia los viñedos. Noté que su novio tampoco estaba en la casa, aunque preferí no preguntarme por qué me había fijado.

En realidad buscaba al capataz. Por primera vez en años, sin embargo, no quería encontrarlo detrás de alguna bodega ni inventar una excusa para desaparecer con él.

Lo encontré revisando unas cajas junto al galpón. Apenas me vio, sonrió con esa confianza de hombre que lleva demasiado tiempo creyendo que conoce todos tus secretos.

—Madrugaste.

—Siempre madrugo.

—No para venir a verme.

—No vine a verte.

Aquella seguridad suya antes me divertía. Esa mañana solamente me recordó que llevábamos años repitiendo exactamente la misma historia y empezaba a aburrirme bastante.

—Quería preguntarte por la venta.

Su sonrisa desapareció.

—Sé lo mismo que todos.

—Mentira. Tú siempre sabes más.

Terminó admitiendo que varias personas habían revisado documentos y que un grupo de inversionistas estaba especialmente interesado en la propiedad. Yo hice la pregunta demasiado rápido.

—¿El novio de mi hija?

El capataz levantó la vista.

—Entre otros.

—¿Qué sabes de él?

—¿De la empresa?

—De él.

Me observó durante unos segundos antes de responder. Esa pausa fue suficiente para hacerme sentir como si acabara de mostrar cartas que pretendía mantener escondidas.

—Tiene dinero. Representa inversionistas. Y parece bastante seguro de que puede conseguir lo que quiere.

—¿Ha venido antes?

—No que yo sepa.

—¿Ha preguntado por los trabajadores?

—No.

—¿Por las casas?

—Tampoco.

Estuve a punto de detenerme, pero mi boca decidió traicionarme antes que mi sentido común.

—¿Por mí?

El capataz sonrió lentamente.

—¿Por ti?

—Olvídalo.

Intenté marcharme, pero me siguió unos pasos.

—Llevas varios minutos preguntándome por ese hombre.

—Estoy preguntando por un posible comprador.

—No. Estás preguntando por él.

Me crucé de brazos.

—¿Estás celoso?

—No.

Aquella respuesta fue tan rápida que casi me hizo reír.

—Qué pena. Pensé que por fin esto se estaba poniendo interesante.

Él no sonrió.

—Ayer los vi hablando cerca de la casa. No me gustó cómo te miraba.

Solté una carcajada, aunque recordar aquella mirada me produjo exactamente el efecto contrario.

—¿Y desde cuándo tienes derecho a preocuparte por quién me mira?

—No dije que tuviera derecho.

—Perfecto. Porque no lo tienes.

Se acercó un poco, usando ese tono posesivo que algunos hombres confunden con cariño cuando llevan demasiado tiempo acostándose con una mujer.

—Tampoco soy idiota.

—Claro que no. Eres un hombre casado que lleva años metiéndose conmigo y después vuelve tranquilamente a dormir junto a su esposa.

Su mandíbula se tensó.

—No metas eso ahora.

—¿Por qué? ¿Te molesta recordar que mi mejor amiga es tu mujer?

Aquello sí le dolió. Lo vi apartar la mirada y durante un instante recordé todas las veces que ella me había preguntado si yo notaba extraño a su marido.

Siempre le decía que exageraba.

No me sentía orgullosa de aquello, aunque tampoco lo suficiente culpable como para haber terminado nuestra aventura.

—Solo te digo que tengas cuidado con él —insistió.

—Y yo te digo que te ocupes de tu esposa.

Me marché antes de que pudiera responder. La conversación me dejó de peor humor porque detesto que alguien descubra algo sobre mí antes de que yo decida admitirlo.

Casi una hora después encontré al novio de mi hija cerca de las bodegas antiguas. Tomaba fotografías y escribía notas en su teléfono como si ya estuviera haciendo inventario.

Podría haber seguido caminando.

Naturalmente, no lo hice.

—¿También estás calculando cuánto vale esto?

Levantó la mirada con absoluta tranquilidad.

—Buenos días.

—No respondas una pregunta con un saludo.

—Entonces sí.

Me acerqué mientras él guardaba una fotografía.

—¿Qué sigue? ¿Ponerle precio a los árboles?

—Si forman parte de la propiedad, técnicamente ya tienen uno.

—Definitivamente eres insoportable.

—Eso me dijo ayer.

—No has mejorado.

Guardó el teléfono y me observó con aquella calma que empezaba a irritarme demasiado.

—Usted tampoco parece más tranquila.

La frase me recordó inmediatamente nuestra conversación anterior, la manera en que me había observado y mi absurda necesidad de demostrar que aquella mirada no significaba nada.

—Estoy perfectamente tranquila.

—Me alegra.

—¿Por qué sonríes?

—Porque lo dijo como si estuviera intentando convencerse.

Quizá fue por orgullo. Quizá porque todavía estaba molesta con el capataz. Lo cierto es que decidí acercarme un poco más de lo necesario.

—Tienes demasiada confianza para alguien que todavía no ha comprado nada.

—Y usted demasiada hostilidad para alguien que asegura no estar preocupado.

—No estoy preocupada.

—Por supuesto.

Caminé a su lado intentando mirar la pantalla del teléfono.

—¿Qué escribes?

—Notas.

—Déjame ver.

—Son privadas.

Me incliné hacia él y mi brazo rozó el suyo. Podría haber mantenido distancia, pero en aquel momento me pareció importante demostrar que podía acercarme sin sentir absolutamente nada.

El problema fue que sí sentí algo.

—¿Siempre se acerca tanto cuando quiere leer? —preguntó.

—¿Te molesta?

—No.

La respuesta inmediata me devolvió algo de confianza.

—Pensé que sí.

—No parece muy preocupada por incomodarme.

—Quizá porque no me intimidas tanto como crees.

—Nunca dije que la intimidara.

—Lo insinuaste.

—Usted decidió entenderlo así.

Di otro paso hacia él únicamente porque ya había comenzado aquel juego y retirarme habría parecido una derrota.

—Tienes una opinión demasiado alta de ti mismo.

—Y usted lleva dos días intentando demostrarme que no le importa lo que yo piense.

—Porque no me importa.

—Claro.

Odié aquella palabra. Sobre todo porque comenzó a parecerme que el único de los dos que todavía fingía no entender lo que estaba ocurriendo era yo.

—Mi hija podría aparecer —dije.

—Podría.

—Y encontrarnos aquí.

—Estamos conversando.

—Exactamente.

Me sostuvo la mirada durante varios segundos. Yo había comenzado a provocarlo para recuperar el control, pero de pronto era yo quien esperaba alguna reacción suya.

Y él lo sabía.

Me aparté antes de regalarle algo más.

—Tengo trabajo.

—Por supuesto.

Di media vuelta convencida de que al menos había terminado aquella conversación en mis propios términos. Alcancé a caminar algunos pasos antes de escucharlo nuevamente.

—Una cosa.

Me detuve y miré por encima del hombro.

—¿Qué?

Seguía completamente tranquilo.

—Si está intentando demostrarme que no la intimido, debería dejar de mirarme cada vez que cree que no me doy cuenta.

Durante unos segundos no encontré ninguna respuesta suficientemente digna.

Cuando finalmente me giré, él ya estaba mirando otra vez su teléfono, como si simplemente hubiera comentado el clima.

El desgraciado había entendido perfectamente lo que estaba haciendo.

Y lo peor era que parecía disfrutarlo mucho más que yo.

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