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CAPÍTULO 3 — EL COMPRADOR

CAPÍTULO 3 — EL COMPRADOR

Durante unos segundos nadie dijo nada. Mi hija seguía sonriendo como si acabara de contarme una buena noticia y no anunciar que su novio podía comprar media vida ajena.

Yo miré al hombre frente a mí intentando decidir qué me molestaba más: que estuviera involucrado en la venta o que hubiese sabido perfectamente quiénes éramos mientras nos observaba entre las parras.

—¿Desde cuándo sabes esto? —le pregunté a mi hija.

—Desde hace algunas semanas.

—¿Y no pensabas contármelo?

—Precisamente vine para eso.

El novio permaneció tranquilo. Demasiado tranquilo para alguien que acababa de descubrir que la madre de su pareja no estaba precisamente encantada con su aparición.

—Todavía no existe ninguna compra —dijo—. Solamente estamos evaluando opciones.

—Qué tranquilizador.

Mi hija me lanzó una mirada.

—Mamá.

—¿Qué? Solo estoy intentando entender por qué tu novio estuvo paseándose solo por la finca antes de presentarse.

Él me sostuvo la mirada. Ambos sabíamos perfectamente qué había encontrado durante aquel paseo, pero ninguno podía mencionarlo delante de ella.

—Quería conocer el lugar.

—Pues ya conociste bastante.

Vi aparecer una sombra de sonrisa en su cara. Mi hija, por suerte, interpretó mi comentario como una referencia inocente a la finca.

—Podemos hablar de esto después —dijo ella—. Acabamos de llegar.

Tenía razón. Yo tampoco quería convertir su regreso en una pelea, aunque la presencia de aquel hombre conseguía irritarme con una facilidad extraordinaria.

Nos instalamos en la casa y durante la siguiente hora fingí normalidad. Preparé café, pregunté por el viaje y escuché historias que apenas conseguía seguir.

Cada cierto tiempo levantaba la mirada y lo encontraba observando algo: las fotografías antiguas, los muebles, el paisaje desde las ventanas o directamente a mí.

No sabía si estaba conociendo a la familia de su novia o calculando cuánto podía obtener de cada metro cuadrado.

Mi hija finalmente decidió ir a buscar unas maletas al automóvil. Yo me ofrecí a ayudarla, pero ella negó y salió sola.

Fue suficiente.

Esperé hasta escuchar cerrarse la puerta.

—Ahora sí.

Él levantó la vista desde su taza.

—¿Ahora sí qué?

—No te hagas el idiota conmigo.

—Empezamos rápido.

—Quiero saber qué pretendes hacer con esta finca.

Se recostó tranquilamente en la silla. Aquella postura me irritó porque parecía la de alguien dispuesto a disfrutar una discusión que yo me estaba tomando completamente en serio.

—Todavía no pretendo hacer nada.

—Mi hija acaba de decir que quieres comprarla.

—Dijo que estamos evaluándola.

—Es lo mismo.

—No. Comprar y evaluar son dos cosas bastante diferentes.

Respiré hondo.

—¿Y qué estás evaluando exactamente?

—Producción, instalaciones, terreno, deudas, posibilidades de crecimiento.

—Personas.

Me miró.

—¿Qué?

—También hay personas aquí.

—Por supuesto.

—No son números en una hoja.

Su expresión no cambió.

—Nunca dije que lo fueran.

—Pero hablas como si estuvieras comprando una máquina.

—Estoy evaluando un negocio.

La frase me cayó mal precisamente porque la dijo sin crueldad. No estaba intentando provocarme todavía; simplemente pensaba de esa manera.

—Para ti será un negocio.

—¿Y para usted qué es?

Me molestó inmediatamente que volviera a tratarme de usted.

—Mi trabajo. Mi casa durante buena parte del día. El lugar donde he pasado años de mi vida.

—Eso no cambia su situación financiera.

—No todo se mide en dinero.

Sonrió apenas.

—Normalmente eso lo dice la gente que no tiene que poner el dinero.

Lo miré con ganas de arrojarle el café encima.

—Eres bastante arrogante.

—Eso también me habían dicho.

—¿Mi hija?

—No.

—Entonces al menos otras personas te soportan lo suficiente para conocerte.

Esta vez sí se rio. No parecía ofendido y aquello conseguía irritarme todavía más, porque mis ataques simplemente parecían divertirlo.

—Entiendo que esté preocupada.

—No necesito que me entiendas.

—Entonces no entiendo.

—Necesito saber qué ocurrirá con quienes trabajan aquí si compras.

Su rostro se volvió algo más serio.

—Eso dependería de muchas cosas.

—Respuesta de empresario.

—Pregunta imposible.

—Respuesta cobarde.

Se inclinó ligeramente hacia adelante.

—¿Siempre habla así con alguien que acaba de conocer?

La pregunta tenía algo debajo.

Los dos lo sabíamos.

—Depende de cómo conozca a esa persona.

Silencio.

Ahí estaba.

Las parras otra vez.

Su mirada cambió apenas y por primera vez sentí que la conversación ya no trataba solamente sobre terrenos, empleados o números.

—Nuestro primer encuentro fue particular —dijo.

—No hubo ningún primer encuentro.

—Claro.

—No viste nada.

—Eso me dijeron.

Apreté la mandíbula.

—Y espero que siga siendo así.

—No tengo interés en contar asuntos ajenos.

—Perfecto.

—Aunque me sorprende una cosa.

No debería haber preguntado.

—¿Qué?

—Que esté tan preocupada por proteger este lugar y tan poco preocupada por otras cosas.

Sentí el golpe inmediatamente.

—Cuidado.

—No dije nada.

—Precisamente.

Se quedó mirándome con una tranquilidad que empezaba a parecer deliberada. Había encontrado el punto exacto donde podía molestarme sin decir una sola palabra comprometedora.

—Mi relación con mi hija no tiene nada que ver con lo que viste.

—Nunca dije que tuviera.

—Ni la relación con mi amiga.

Esta vez tardó un segundo en responder.

—Tampoco pregunté quién era la esposa.

Sentí frío.

Había hablado demasiado.

Él lo entendió inmediatamente.

—Interesante.

—Olvida eso.

—Lo intentaré.

—No estás entendiendo.

—Creo que estoy entendiendo bastante.

Me puse de pie.

—No sabes absolutamente nada de mí.

Él también se levantó, pero lo hizo despacio. Cuando estuvo frente a mí descubrí que la diferencia de altura resultaba más evidente de cerca.

—Sé que trabaja aquí desde hace años.

—Eso te lo dijo mi hija.

—Sé que le importa la finca.

—Eso acabas de descubrirlo.

—Y sé que no es exactamente la mujer que intenta parecer delante de los demás.

La frase me encendió.

—¿Y tú quién mierda eres para juzgarme?

—No la estoy juzgando.

—Entonces deja de mirarme como si estuvieras haciéndolo.

Se quedó callado.

Ahí ocurrió.

Hasta ese momento su mirada había sido insolente, divertida, provocadora. Pero entonces descendió lentamente durante apenas un instante antes de regresar a mis ojos.

Fue breve.

Lo suficiente.

Yo llevaba un vestido sencillo y conocía perfectamente mi cuerpo. También conocía demasiado bien la diferencia entre alguien que mira accidentalmente y un hombre que mira a una mujer.

—No vuelvas a hacer eso.

—¿Qué cosa?

—Sabes perfectamente.

Volvió aquella sonrisa.

—Pensé que no tenía problemas con que la miraran.

La sangre me subió directamente al rostro.

—Soy la madre de tu novia.

—También sé eso.

—Entonces compórtate como si lo supieras.

Se acercó apenas. No lo suficiente para tocarme, pero sí para obligarme a decidir entre retroceder o mantenerme exactamente donde estaba.

No retrocedí.

—Usted fue quien empezó esta conversación —dijo.

—Sobre la finca.

—Hace rato dejamos de hablar solamente de la finca.

Tenía razón.

Eso fue lo que más rabia me dio.

Escuchamos la puerta del automóvil cerrarse afuera. Mi hija regresaría en segundos y ambos nos apartamos casi al mismo tiempo.

Él volvió a tomar su taza.

Yo acomodé mi vestido sin ninguna necesidad real de hacerlo.

Mi hija entró cargando una maleta y nos encontró separados, tranquilos y perfectamente normales.

—¿Todo bien?

—Perfecto —respondí.

El novio también sonrió.

—Estábamos conociéndonos.

Mi hija pareció encantada.

—¿Ves? Sabía que terminarían llevándose bien.

Yo también sonreí porque no tenía otra opción.

Pero mientras él ayudaba a mi hija con la maleta comprendí algo que me gustó bastante menos que la posibilidad de perder la finca.

Su mirada no me había ofendido.

Ni siquiera me había molestado de verdad.

Me había puesto nerviosa.

Y hacía demasiado tiempo que un hombre no conseguía mirarme de una manera capaz de provocar exactamente eso.

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