CAPÍTULO 5 — ÉL SABE
Después de discutir con el capataz había decidido mantener cierta distancia, pero esa decisión me duró menos de veinticuatro horas.
Nos encontramos detrás de una bodega antigua, donde las parras crecían demasiado juntas y casi nadie pasaba durante las horas de mayor calor. Él me buscó y yo acepté.
—Pensé que estabas enojada conmigo.
—Lo estoy.
—No parece.
—No confundas costumbre con cariño.
Sonrió, pero ya no consiguió el mismo efecto. Durante años bastaba con verlo acercarse para olvidar cualquier discusión; ahora empezaba a sentir que repetíamos una historia demasiado conocida.
—Últimamente estás rara.
—Últimamente tú preguntas demasiado.
—Antes no te molestaba.
—Antes tampoco parecías mi segundo marido.
Su expresión cambió. Se acercó y yo debería haberme marchado, pero me quedé. Cuando me besó, respondí más por costumbre que por verdadero entusiasmo.
Todavía conocía sus manos, su olor a tierra y aquella manera brusca de acercarme. Sin embargo, mientras intentaba recuperar nuestra vieja complicidad, mi cabeza estaba pensando en otro hombre.
La idea me molestó porque no quería admitir que otra mirada empezaba a ocupar un espacio que durante años había pertenecido solamente al capataz.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
—Hay alguien más.
Lo miré con incredulidad antes de responder:
—Un hombre casado poniéndose celoso de su amante. Qué maravilla.
—No estoy celoso.
—Entonces deja de comportarte como si lo estuvieras.
Discutimos en voz baja, aunque ninguno tuvo suficiente dignidad para marcharse. Terminamos repitiendo nuestra vieja costumbre y, cuando todo acabó, sentí más cansancio que emoción.
—¿Nos vemos mañana?
—Veremos.
—Antes nunca decías eso.
—Antes tampoco me hacías tantas preguntas.
Salí primero, como hacíamos siempre. Me acomodé el vestido mientras caminaba entre las parras, irritada conmigo misma por haber repetido una escena que ya empezaba a sentirse vacía.
Al llegar al camino levanté la vista y lo vi. El novio de mi hija estaba a pocos metros, con el teléfono en una mano y aquella tranquilidad insoportable.
No parecía sorprendido ni escandalizado. Simplemente me observaba, y yo no sabía cuánto tiempo llevaba allí ni cuánto había alcanzado a ver.
—¿Qué haces aquí?
—Recorriendo la propiedad.
—Hay muchas otras partes de la finca.
—También recorreré esas.
Intenté pasar junto a él, pero escuché pasos detrás. El capataz apareció entre las parras unos segundos después y se detuvo apenas al encontrarnos frente a frente.
El novio de mi hija lo reconoció inmediatamente. Ya sabía que aquel era mi amante; por eso no hubo sorpresa.
—Buenas tardes —dijo.
—Buenas tardes.
El capataz siguió su camino. Yo esperé alguna pregunta o algún comentario desagradable, pero el otro hombre se limitó a guardar el teléfono y mirarme.
—¿Eso es todo?
—¿Qué más debería haber?
—Nada.
—Entonces supongo que sí.
Su silencio me puso más nerviosa que cualquier acusación, porque me obligaba a imaginar cuánto había visto y qué estaba pensando realmente.
Regresé a la casa intentando convencerme de que aquello no significaba nada. Mi hija estaba en la cocina y su novio apareció poco después, comportándose como si nada hubiera ocurrido.
La situación empeoró cuando llegó mi mejor amiga. Entró cargando una bolsa con compras y preguntando por su marido antes incluso de terminar de cruzar la puerta.
—¿Has visto al capataz?
Sentí inmediatamente la mirada del novio de mi hija, aunque no me atreví a comprobarlo.
—Lo vi hace un rato.
—Últimamente desaparece demasiado.
Dejó la bolsa sobre la mesa y sonrió mientras acomodaba las compras.
—Debe tener otra mujer.
Mi hija soltó una carcajada antes de responder:
—No digas eso.
—Alguna debe soportarlo cuando yo no estoy.
Me obligué a sonreír, procurando que mi voz sonara normal.
—Seguro estaba trabajando.
Hasta entonces él sabía que yo tenía una aventura con el capataz y que aquel hombre estaba casado. Lo que todavía ignoraba era quién era la mujer engañada.
Mi amiga siguió hablando con naturalidad, quejándose de sus horarios y de lo extraño que había estado durante las últimas semanas.
—Si lo ves, dile a mi esposo que me busque.
El novio de mi hija levantó la mirada hacia ella y después hacia mí. Fue apenas un gesto, pero comprendí que acababa de unir las piezas que le faltaban.
No una esposa cualquiera. Mi mejor amiga, la mujer que confiaba en mí y acababa de bromear delante de todos sobre una posible infidelidad.
—Ella sabe todo —dijo mi amiga señalándome—. Si algún día ese hombre me engaña, seguro será la primera en enterarse.
Sentí que el estómago se me cerraba mientras intentaba mantener la expresión tranquila.
—No digas tonterías.
—Estoy bromeando.
—Pues busca otro tema.
Mi hija me miró extrañada, pero mi amiga simplemente se acercó y me besó en la mejilla. Antes de marcharse volvió a pedirme que avisara a su marido.
Durante el resto de la tarde él no dijo nada. Conversó con mi hija, preguntó por la finca y fue amable conmigo como si acabara de enterarse de algo irrelevante.
Yo habría preferido una amenaza. Las amenazas, por lo menos, tienen instrucciones; el silencio te obliga a imaginar todas las maneras posibles en que alguien podría destruirte.
Por la noche mi hija salió a buscar unas cosas al automóvil. Yo llevé unos vasos a la cocina, agradeciendo tener algo que hacer con las manos.
Cuando me giré, él estaba apoyado en el marco de la puerta, observándome con la misma calma que había mantenido durante toda la tarde.
—¿Necesitas algo?
—No.
—Entonces deja de mirarme.
—Usted parece bastante sensible con ese tema.
—Si tienes algo que decir, dilo.
Se incorporó lentamente y entró en la cocina, sin apartar los ojos de mí.
—No vi nada esta tarde que no hubiera visto antes.
—Entonces estamos de acuerdo.
—No exactamente.
Dejé el vaso sobre la encimera y lo miré de frente.
—¿Qué significa eso?
Se detuvo suficientemente cerca para hablar sin levantar la voz. Su expresión no era acusadora ni escandalizada; parecía la de alguien que acababa de comprender demasiado.
—Ahora entiendo por qué estaba tan preocupada por quién podía verla entre las parras.
—No sé de qué hablas.
Sonrió apenas, como si mi respuesta confirmara exactamente lo que pensaba.
—Por supuesto que no.
—Si estás intentando asustarme, estás perdiendo el tiempo.
—No intento asustarla.
—Entonces deja los juegos.
Su mirada permaneció fija en la mía mientras bajaba todavía más la voz.
—Ya sabía que el capataz estaba casado. Lo que no sabía era quién era su esposa.
Sentí que se me secaba la boca, aunque mantuve la barbilla en alto.
—Eso no es asunto tuyo.
—Probablemente no.
Se acercó apenas, lo suficiente para que nadie desde otra habitación pudiera escuchar lo que estaba a punto de decir.
—Su amiga parece una mujer encantadora.
No respondí porque no hacía falta. Aquella frase podía significar cualquier cosa para otra persona, pero para mí confirmaba que ya conocía la verdadera dimensión del secreto.
Ya no sabía únicamente que tenía un amante casado. Ahora sabía que aquel hombre era el marido de mi mejor amiga, la misma mujer que acababa de confiar en mí.
Comprendí que su silencio podía ser mucho más peligroso que cualquier amenaza, porque ahora sabía exactamente qué podía perder si decidía hablar.
