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CAPÍTULO 2 — EL NOVIO DE MI HIJA

Hay momentos en que una debería tener la dignidad suficiente para admitir que está nerviosa. Yo, en cambio, sonreí y le estreché la mano como una perfecta desconocida.

—Mucho gusto.

—Igualmente.

Su expresión no cambió. Eso fue casi peor que una amenaza, porque significaba que aquel hombre sabía perfectamente guardar una mentira cuando le convenía.

Mi hija nos observaba satisfecha, convencida de estar protagonizando una presentación normal. Yo solo podía recordar aquella misma cara apareciendo entre las parras media hora antes.

—¿Ya se habían visto? —preguntó ella.

Sentí que el corazón me daba un golpe bastante poco elegante, pero él respondió antes de que yo necesitara inventar nada.

—No formalmente.

Lo miré.

Él sonrió.

—Creo que la vi caminando por la finca cuando llegué.

—Puede ser —respondí—. Paso bastante tiempo caminando por aquí.

Mentir se vuelve sorprendentemente fácil cuando una lleva años practicando. Lo difícil era saber cuánto había visto realmente y qué pretendía hacer con aquella información.

Mi hija tomó su brazo y comenzó a contarme detalles del viaje. Yo asentía cuando correspondía, aunque estaba demasiado pendiente del hombre que tenía delante.

Era exactamente como me lo había descrito: joven, seguro, bien vestido y con esa tranquilidad irritante de quienes están acostumbrados a entrar en cualquier lugar sintiéndose importantes.

También era más atractivo de lo que me convenía reconocer.

Eso no significaba nada.

Una mujer puede notar que un hombre es atractivo sin desearlo. Al menos eso era lo que me repetía mientras él volvía a mirarme.

—Pensé que podríamos quedarnos unos días —dijo mi hija.

—¿Unos días?

—Si no te molesta.

—Es mi hija preguntándome si puede quedarse en mi casa. Claro que no me molesta.

—También él.

Miré al novio.

—Supuse.

—No quiero causar problemas —dijo.

Casi me reí.

—Ya veremos.

Mi hija me lanzó una mirada de advertencia y él volvió a sonreír. Empezaba a sospechar que disfrutaba demasiado viendo cómo intentaba comportarme normalmente.

Antes de que pudiera preguntarle nada, escuché la voz de mi mejor amiga detrás de nosotros. Venía desde las oficinas con varias carpetas apretadas contra el pecho.

—¡Por fin llegaste!

Mi hija corrió a abrazarla. Ella la conocía desde niña y siempre la había tratado como si también fuera parte de su familia.

Mientras conversaban, yo miré alrededor buscando instintivamente al capataz. No estaba cerca. Por primera vez en años, agradecí sinceramente su capacidad para desaparecer.

Mi amiga terminó el abrazo y miró al novio.

—¿Y este debe ser el famoso?

—El famoso —respondió mi hija.

Él volvió a ofrecer aquella versión educada de sí mismo, completamente distinta al hombre que había sonreído al descubrirme escondida entre las parras.

—Encantado.

—Igualmente. Hemos escuchado bastante sobre ti.

—Espero que cosas buenas.

—Demasiado buenas.

Todos rieron.

Yo también.

Eso hacemos los adultos cuando tenemos secretos: reímos en los momentos adecuados y confiamos en que nadie observe demasiado nuestras caras.

Mi amiga me tomó del brazo.

—¿Puedes venir un momento?

La seguí unos metros, dejando a mi hija con su novio. Sentí su mirada en mi espalda, aunque me negué a comprobar si realmente estaba observándome.

—¿Qué ocurre?

Mi amiga suspiró.

—Otra vez están hablando de vender.

Ese rumor llevaba semanas circulando, pero últimamente había empezado a sentirse diferente. Ya no parecía solamente una historia inventada durante los descansos.

—Siempre están hablando de vender.

—Esta vez vinieron personas a revisar documentos.

—Eso tampoco significa nada.

—Tú dices eso porque nunca te preocupas.

—Alguien tiene que compensarte.

No sonrió.

Entonces entendí que realmente estaba asustada.

—Si venden, no sé qué vamos a hacer —dijo—. Nosotros dependemos completamente de este lugar.

Sentí una incomodidad distinta. Su marido llevaba años trabajando allí y buena parte de la estabilidad de ambos dependía precisamente de aquella finca.

—Todavía no sabemos nada.

—Él dice lo mismo.

—Entonces hazle caso.

—Últimamente casi no puedo hablar con él.

Aquella frase me cayó encima con una precisión desagradable.

—¿Por qué?

—Está distante.

La miré intentando no mover demasiado la cara.

—Los hombres se ponen raros por cualquier cosa.

—No así.

Mi amiga bajó la voz.

—Llega tarde, mira el teléfono todo el tiempo y cuando le pregunto dónde estuvo se molesta.

Yo conocía perfectamente varias respuestas para aquellas preguntas. Algunas incluían bodegas, camionetas y rincones del viñedo que ella probablemente jamás había visitado.

—Puede estar preocupado por la posible venta.

—Eso pensé.

—Entonces probablemente sea eso.

Me miró directamente.

—A veces pienso que hay otra mujer.

Durante unos segundos sentí que hasta el aire había cambiado.

Podría haberle dicho la verdad allí mismo. Habría sido cruel, absurdo y quizá hasta liberador.

Naturalmente, no lo hice.

—No empieces a inventarte cosas.

—¿Tú crees?

—Lo conozco. Si tuviera otra, se le notaría.

La mentira salió con una facilidad que incluso a mí me desagradó.

Mi amiga respiró más tranquila.

—Por eso me gusta hablar contigo.

No respondí inmediatamente.

—¿Por qué?

—Porque siempre me aterrizas.

Sonreí.

Hay elogios que una no merece recibir.

Regresamos con los demás y encontré al novio de mi hija observándonos. No podía saber qué habíamos hablado, pero había algo incómodamente atento en su expresión.

—¿Todo bien? —preguntó mi hija.

—Perfecto.

—Pensé que había pasado algo.

—Aquí siempre parece que está pasando algo.

El novio intervino por primera vez.

—Las fincas grandes suelen tener muchos secretos.

Lo miré.

Él sostuvo mi mirada.

Tal vez aquella frase no significaba nada.

Tal vez significaba exactamente lo que parecía.

—Y mucha gente curiosa —respondí.

Mi hija nos miró alternativamente.

—Ustedes dos se van a llevar increíble.

—Estoy segura —dije.

Él sonrió otra vez.

Mi amiga anunció que debía regresar a la oficina y mi hija se ofreció a acompañarla. Yo esperaba que su novio fuera con ellas.

No lo hizo.

Durante unos segundos quedamos solos.

—Bonito lugar —dijo.

—Hasta que aparecen desconocidos caminando donde no deben.

—Ya me disculpé.

—No recuerdo haber escuchado una disculpa.

—Entonces disculpe.

—Ahora suena menos sincera.

—Probablemente porque lo es.

No pude evitar una sonrisa.

Me molestó hacerlo.

—¿Va a contarle algo a mi hija?

Su expresión cambió apenas.

—¿Sobre qué?

—No juegue conmigo.

—No estoy jugando.

—Usted sabe perfectamente qué vio.

—Vi a dos adultos ocupados en algo que claramente no era asunto mío.

Aquella respuesta debería haberme tranquilizado. En cambio, la tranquilidad con que la dijo me produjo una sensación difícil de explicar.

—Entonces olvídelo.

—Ya lo olvidé.

—No parece.

Mi hija regresó antes de que pudiera continuar.

—¿Interrumpo algo?

—Tu madre me estaba explicando algunas cosas sobre la finca.

Lo miré con desconfianza.

—¿Te interesa tanto la finca?

Mi hija soltó una pequeña risa.

—Claro que le interesa.

—¿Por qué?

Ella lo miró como si estuviera a punto de revelar algo que consideraba una buena noticia.

—Porque no vino solamente conmigo.

Él dejó de sonreír.

Mi hija continuó.

—Su grupo está evaluando varias propiedades de la zona.

Sentí que algo se acomodaba dentro de mi cabeza.

Los zapatos.

Las preguntas.

Su presencia allí.

—¿Qué propiedades?

Mi hija señaló alrededor.

—Esta, entre otras.

Lo miré directamente.

Él sostuvo mi mirada con la misma tranquilidad de antes.

—Todavía no hay ninguna decisión —dijo.

—¿Quiere comprar la finca?

—Estoy evaluando si vale la pena.

Entonces comprendí por qué aquel desconocido caminaba solo entre nuestras parras.

El novio de mi hija no solamente conocía mi secreto.

También podía terminar siendo el hombre que comprara el lugar donde había construido prácticamente toda mi vida.

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