CAPÍTULO 1 — UNA COSTUMBRE PELIGROSA
Hay cosas que una mujer de mi edad debería haber aprendido a evitar. Los hombres casados, por ejemplo, especialmente cuando están casados con una amiga.
Yo sabía perfectamente lo que hacía. No estaba sola ni buscando cariño; llevaba años acostándome con el capataz de la finca porque ambos quisimos hacerlo.
Él conocía cada rincón del viñedo y cada horario de los trabajadores. Yo conocía sus excusas, sus celos y la cara que ponía cuando quería verme.
Su esposa era mi mejor amiga. Esa era la parte que nunca decía en voz alta cuando intentaba convencerme de que nuestra historia no dañaba a nadie.
Con los años descubrí que hasta una aventura clandestina puede convertirse en rutina. Los mismos rincones, las mismas llamadas y la misma prisa terminan desgastando cualquier peligro.
Aquella tarde lo encontré entre las últimas hileras, revisando unas plantas enfermas. Tenía las mangas arremangadas y esa expresión seria que desaparecía apenas me veía.
—Tu mujer te está buscando.
—¿Para qué?
—Quiere revisar contigo la lista de trabajadores de mañana.
—¿Le dijiste dónde estaba?
—Le dije que no sabía.
Sonrió como si yo acabara de hacerle un favor romántico. En realidad solo estaba evitando una conversación incómoda que conocía demasiado bien.
—Siempre me cubres.
—No confundas costumbre con cariño.
—Últimamente estás rara.
—Últimamente tú preguntas demasiado.
—Anoche te llamé.
—Lo vi.
—Y no respondiste.
—Eso también lo sabes.
Me miró con esa mezcla de orgullo y molestia que empezaba a cansarme. Podía dormir cada noche con su esposa, pero quería explicaciones sobre mis horarios.
—¿Dónde estabas?
—En mi casa.
—Antes contestabas.
—Antes tú no parecías mi segundo marido.
No le gustó. Se notó enseguida, aunque intentó disimularlo acercándose y apoyando una mano en mi cintura como si así pudiera terminar la discusión.
—Ven conmigo.
—Cinco minutos.
—Tus cinco minutos siempre duran veinte.
Lo seguí de todos modos. No porque él mandara, sino porque todavía había una parte de mí que disfrutaba aquella vieja costumbre más de lo conveniente.
Nos alejamos hasta una hilera cubierta por hojas espesas. Allí casi nadie pasaba a esa hora y el muro antiguo nos ocultaba desde el camino.
Él me besó y yo respondí sin hacerme la difícil. Todavía me gustaban sus manos, su olor a tierra y esa manera brusca de acercarme.
Pero mientras lo besaba apareció otra vez la misma sensación. No era culpa ni miedo; era algo mucho más sencillo y quizá bastante peor: aburrimiento.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
—Antes no eras así conmigo.
Me aparté apenas y lo miré. Últimamente parecía sentir que estaba perdiendo algo, aunque nunca habíamos acordado que yo le perteneciera.
—No empieces.
—Solo digo que estás distante.
—Y yo digo que eres un hombre casado reclamándole atención a su amante.
No respondió porque escuchamos pasos. Yo también los oí, demasiado cerca, y apenas alcanzamos a separarnos antes de que alguien apareciera entre las parras.
—Disculpen.
Era un hombre de treinta y tantos, con camisa clara y zapatos demasiado limpios para alguien que trabajara allí. Nos había visto perfectamente.
El capataz se acomodó la camisa con torpeza. Yo intenté parecer tranquila, aunque todavía sentía la boca caliente y el corazón más rápido de lo normal.
—Esta zona no es para visitantes —dijo él.
—Eso estoy notando.
El desconocido miró primero al capataz y después a mí. No parecía avergonzado por habernos sorprendido; más bien parecía entretenido con la situación.
—Me indicaron que siguiera este camino.
—Le indicaron mal.
—Claramente.
Yo debería haber bajado la mirada. En cambio lo observé igual que él me observaba a mí, porque nunca he sabido representar bien a una mujer avergonzada.
—No quería interrumpir —dijo.
—Entonces siga caminando.
Sonrió apenas y se dio vuelta. El capataz lo llamó antes de que llegara a la siguiente hilera, empeorando una escena que ya era suficientemente incómoda.
—Oiga. Lo que vio...
—No vio nada —completé yo.
El desconocido volvió a mirarme. Su sonrisa creció apenas, lo suficiente para que me dieran ganas de borrársela de la cara.
—Por supuesto.
Cuando desapareció, el capataz empezó a maldecir. Yo me acomodé el vestido y respiré hondo, intentando convencerme de que aquello no tenía ninguna importancia.
—¿Quién era?
—No tengo idea.
—Puede hablar.
—También puede no hacerlo.
Mi teléfono vibró dentro del bolso. Cuando vi el nombre en la pantalla, se lo mostré: era mi mejor amiga preguntando precisamente por su marido.
—No contestes.
—¿Por qué?
—Porque estás conmigo.
—Precisamente por eso.
Respondí intentando sonar normal. Ella me preguntó dónde estaba y luego, como tantas veces, si había visto al hombre que acababa de besarme.
—Lo vi hace un rato.
—Si lo encuentras, dile que venga. Necesito hablar con él.
—Claro.
—Gracias. No sé qué haría sin ti.
—No exageres.
Colgué y guardé el teléfono. El capataz seguía preocupado por el desconocido, pero yo solo quería regresar a las oficinas y terminar aquella tarde.
—Ese tipo nos vio.
—Y no sabe quiénes somos.
—Tú tampoco sabes quién es él.
—Entonces estamos empatados.
Lo dejé entre las parras y caminé de regreso. Pensé otra vez en el desconocido, aunque me repetí que solo era porque podía meternos en problemas.
Mi teléfono volvió a sonar cerca de la oficina principal. Esta vez era mi hija, y eso consiguió sacarme de inmediato de mis pensamientos.
—¿Qué pasó?
—Qué manera tan tierna de responder.
—Cuando llamas sin avisar normalmente necesitas algo.
—Necesito que salgas.
—¿Adónde?
—Afuera.
Me detuve y sonreí sin querer. Llevaba semanas prometiendo venir y yo ya había dejado de creer cada vez que decía que sería pronto.
—¿Estás aquí?
—Estamos llegando.
—¿Estamos?
—Vine con él.
Recordé entonces al famoso novio del que llevaba meses hablándome. Inteligente, exitoso, atento y maravilloso; demasiados adjetivos para un hombre que todavía no conocía.
—¿Y me avisas ahora?
—Quería sorprenderte.
—Lo lograste.
—Compórtate, mamá.
—Siempre me comporto.
—Eso no es verdad.
—Bueno, casi siempre.
Colgué y me miré en una ventana antes de entrar. Tenía el cabello algo desordenado, pero nada que delatara dónde había estado minutos antes.
Mi hija me esperaba junto a la puerta. Corrió a abrazarme y durante unos segundos olvidé al capataz, al desconocido y cualquier problema relacionado con la finca.
—Te extrañé.
—Yo también.
—Estás preciosa.
—Eso ya lo sabía.
Se rio y después miró hacia atrás con una sonrisa distinta. Era la expresión de una mujer enamorada a punto de presentar al hombre más importante del mundo.
—Quiero que conozcas a mi novio.
Escuché pasos detrás de mí y me giré. Primero vi la camisa clara; después los zapatos demasiado limpios y finalmente aquella misma sonrisa pequeña.
El hombre que me había descubierto besándome entre las parras caminaba hacia nosotras. También me reconoció, aunque fingió hacerlo mucho mejor que yo.
Mi hija tomó su brazo y lo acercó. Sentí que se me endurecía la espalda mientras él extendía la mano con una tranquilidad casi ofensiva.
—Mamá, él es mi novio.
—Mucho gusto —dijo.
Lo miré a los ojos y entendí que aquella tarde acababa de complicarse. El novio de mi hija conocía uno de mis peores secretos antes de conocerme.
