Capítulo 5
—No quiero casarme con Gael.
Clara lo dijo sin gritar.
Precisamente por eso la frase cayó con más fuerza.
Juana dejó las manos sobre el regazo. Ramiro endureció el rostro. Diego permaneció de pie junto a la ventana, observando a su hermana.
Abuela Mercedes, en cambio, sonrió satisfecha.
—Pues ya está.
—Mamá —protestó Ramiro.
—¿Qué? La muchacha habló. Si querías una estatua que asintiera a todo, debiste comprar una.
Clara casi sonrió, pero la tensión no se lo permitió.
Ramiro respiró hondo.
—Clara, nadie te está obligando a casarte mañana. Solo queremos que consideres la propuesta.
—¿Por qué?
—Porque conoces a Gael desde niña. Su familia es respetada. Tiene estabilidad. Siempre te ha tratado bien.
—Eso no significa que deba casarme con él.
Juana intervino con voz más suave.
—Hija, solo queremos que tengas una buena vida.
—Yo también.
Clara miró a Diego.
—Di algo.
Él se acercó.
—Ya lo dije. La decisión debe ser tuya.
Ramiro lo miró con cansancio.
—Y tú seguirás rechazando propuestas mientras tu hermana no se case.
Clara se volvió hacia él.
—¿Qué?
Diego frunció el ceño.
—Papá.
—¿No es verdad?
—Eso no tiene nada que ver con esto.
Pero para Clara sí lo tenía.
Desde pequeña había visto a Diego aplazar todo por la familia. Cuando murió un tío, él asumió responsabilidades que no le correspondían. Cuando su padre enfermó, dejó estudios y proyectos durante meses. Cuando lo eligieron alcalde, convirtió los problemas del pueblo en problemas personales.
Y con ella siempre había sido peor.
Hermano antes que hombre.
Protector antes que persona.
Clara odiaba la idea de convertirse en otra razón para que pospusiera su vida.
—Conoceré a Gael —dijo.
Diego giró hacia ella.
—No tienes que hacerlo por mí.
—No lo hago por ti.
Era una mentira a medias.
Ramiro pareció relajarse.
—Eso es todo lo que pido.
Abuela Mercedes chasqueó la lengua.
—Yo no confío en los hombres que piden permiso a los padres antes de preguntarle a la mujer.
—Abuela —murmuró Clara.
—¿Qué? Tengo experiencia con hombres. Por eso desconfío de casi todos.
Camila se mordió el labio para no reír.
La conversación terminó sin acuerdo definitivo, pero Clara sabía que ya había cedido un paso.
A veces un solo paso bastaba para que los demás empezaran a empujarte.
Más tarde, Clara salió al patio con Camila.
—No deberías haber aceptado solo para que dejen de insistir —dijo su amiga.
—Solo voy a hablar con él.
—Eso dijiste como si intentaras convencerme a mí.
Clara se sentó en el borde de la fuente.
—Gael nunca me ha hecho nada malo.
—Eso tampoco significa que tengas que enamorarte de él.
—No necesito enamorarme mañana.
Camila se agachó frente a ella.
—¿Quieres casarte?
Clara bajó la mirada.
Aquella era la pregunta que todos evitaban.
—No lo sé.
—Entonces todavía no estás diciendo que sí.
Clara asintió.
—Todavía no.
Un sonido de motor llegó desde la entrada.
Ambas levantaron la vista.
Un automóvil oscuro se detuvo frente a la casa.
Gael Rosales bajó con una caja de dulces en una mano y flores en la otra.
Clara se puso de pie de inmediato.
—¿Quién le dijo que podía venir hoy?
Camila murmuró:
—Al parecer, alguien cree que una propuesta necesita campaña electoral.
Gael las vio y sonrió.
Era atractivo. Siempre lo había sido. Vestía bien, hablaba con calma y sabía adoptar exactamente la expresión que tranquilizaba a los mayores.
—Clara.
Se acercó como si verla fuera la parte más natural de su día.
—Me enteré de que tu familia ya te habló.
Ella cruzó los brazos.
—Se enteraron rápido.
—Mi madre estaba emocionada.
Le tendió las flores.
Clara dudó antes de aceptarlas.
—Gracias.
Gael miró a Camila.
—¿Nos das un momento?
—No —respondió Camila.
Clara tuvo que esconder una sonrisa.
—Está bien. No tenemos secretos.
Por primera vez, algo oscuro pasó por los ojos de Gael.
Duró menos de un segundo.
Después volvió a sonreír.
—Me parece perfecto.
Caminaron por el patio. Gael habló de cosas simples: conocidos del pueblo, negocios de su familia, recuerdos de infancia. Sabía exactamente cuándo hacerla reír y cuándo mostrarse serio.
Clara empezó a pensar que quizá todos tenían razón.
Quizá estaba convirtiendo el matrimonio en algo más aterrador de lo que era.
Hasta que se detuvieron junto a la verja.
—No tienes que responder hoy —dijo Gael.
—Bien.
—Pero espero que no tardes demasiado.
Clara lo miró.
—¿Por qué?
Gael dio un paso hacia ella.
No lo suficiente para tocarla.
Sí lo suficiente para invadir su espacio.
—Porque llevo mucho tiempo esperando.
Su voz seguía siendo amable.
—Y no me gusta perder lo que ya considero mío.
Clara dejó de respirar un instante.
Gael sonrió como si acabara de decir algo romántico.
Luego dio un paso atrás.
—Nos vemos pronto.
Se marchó.
Camila apareció junto a Clara cuando el coche desapareció por el camino.
—¿Qué te dijo?
Clara siguió mirando la entrada vacía.
Apretó las flores entre los dedos.
—No estoy segura.
—¿De qué?
Clara tragó saliva.
—De si estaba intentando conquistarme… o advertirme.