Capítulo 4
—¡Si cruzan esa plaza juntos, habrá sangre!
El grito recorrió la plaza de San Jacinto y varias personas comenzaron a discutir al mismo tiempo.
Diego Ríos bajó los escalones del ayuntamiento sin prisa.
No necesitaba levantar la voz para imponer silencio.
Con veintiocho años, era uno de los alcaldes más jóvenes que había tenido la región. Algunos habían dudado de él al principio. Dejaron de hacerlo después de verlo resolver conflictos que llevaban décadas pudriéndose entre las mismas familias.
Aquella mañana tenía delante uno de ellos.
Una muchacha de San Jacinto quería casarse con un joven de Santa Lucía, el pueblo vecino. Sus familias arrastraban una enemistad tan antigua que nadie recordaba cómo había empezado.
—Señor alcalde —dijo uno de los ancianos—, si permitimos esto, estaremos faltando al respeto a nuestros padres.
Diego miró a la pareja.
La chica tenía los ojos hinchados de llorar. El muchacho le sostenía la mano con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.
—¿Quieren casarse? —preguntó Diego.
—Sí —respondieron ambos.
—¿Alguien los está obligando?
—No.
Diego se volvió hacia la multitud.
—Entonces explíquenme qué honor están defendiendo.
Hubo murmullos.
—¡La tradición! —gritó alguien.
—Una tradición que ninguno de ustedes sabe explicar.
El silencio cayó poco a poco.
Diego dio un paso al frente.
—El honor no consiste en arruinar dos vidas para conservar una pelea heredada. Si sus familias tienen un problema, que lo resuelvan los adultos. Ellos no van a pagar por algo que ocurrió antes de que nacieran.
Un hombre protestó:
—¿Y si mañana todos empiezan a hacer lo que quieran?
—Ojalá —respondió Diego—. Siempre que lo que quieran no destruya la vida de otro.
Algunos jóvenes sonrieron. Los mayores no.
Diego miró de nuevo a la pareja.
—Se casarán.
La muchacha se llevó ambas manos a la boca.
Su padre dio un paso furioso hacia adelante, pero Diego lo detuvo con la mirada.
—Y si alguien intenta hacerles daño por esta decisión, responderá ante la ley.
La discusión había terminado.
Cuando la plaza comenzó a vaciarse, don Silvestre Rojas se quedó atrás.
—Otra vez metiéndote en problemas por defender a enamorados —comentó el anciano.
Diego recogió unos documentos.
—No defendí el amor. Defendí su derecho a elegir.
—Curioso.
—¿Qué?
—Defiendes mucho el derecho a elegir de los demás, pero en tu casa siguen esperando que tú elijas esposa.
Diego sonrió sin ganas.
—Primero Clara.
—Siempre Clara.
—Es mi hermana pequeña.
Don Silvestre apoyó una mano sobre su hombro.
—No puedes organizar tu vida alrededor de protegerla para siempre.
—Puedo intentarlo.
—Y ella tampoco puede organizar la suya alrededor de liberarte a ti.
Diego frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Nada. Solo recuerda lo que acabas de decir aquí: nadie debe pagar por las expectativas de los demás.
Diego observó al anciano alejarse.
No imaginaba que esa frase iba a perseguirlo muy pronto.
Cuando regresó a casa, escuchó música antes de cruzar la puerta.
Clara.
Sonrió sin querer.
Su hermana estaba en el patio, descalza, practicando una coreografía mientras Camila marcaba el ritmo con palmadas. Clara giró, el cabello suelto siguiendo el movimiento, y estuvo a punto de chocar con Diego.
—¡Cuidado!
Clara frenó a centímetros de él.
—Tú eres el que aparece sin avisar.
—Esta es mi casa.
—También la mía.
Camila soltó una risa.
Diego la miró.
Su expresión cambió apenas un instante.
—Hola, Camila.
—Hola.
Clara observó a uno y a otro y sonrió con malicia.
—Qué conversación tan apasionante.
—Cállate —dijeron los dos al mismo tiempo.
Clara se echó a reír.
Durante unos segundos, todo fue sencillo.
Hasta que Ramiro apareció en la puerta.
—Diego. Clara. Entren. Tenemos que hablar.
El tono bastó para borrar la sonrisa de Clara.
En el salón estaban Juana y Abuela Mercedes. Sobre la mesa había una caja de dulces que nadie había abierto.
—¿Qué pasó? —preguntó Clara.
Ramiro señaló una silla.
—Siéntate.
—Papá, me estás asustando.
Abuela Mercedes resopló.
—A mí también me asustan estas reuniones. Siempre terminan con alguien queriendo casar a alguien.
Ramiro ignoró el comentario.
Miró a Clara.
—Esta mañana recibí una visita.
Ella esperó.
—La familia Rosales.
Clara dejó de sonreír.
Diego también.
—¿Para qué? —preguntó él.
Ramiro sostuvo la mirada de su hija.
—Gael pidió formalmente permiso para cortejarte.
Clara abrió la boca, pero no salió ningún sonido.
—Y su familia quiere hablar de matrimonio.
El silencio se volvió pesado.
Abuela Mercedes fue la primera en romperlo.
—Ni se les ocurra decidir por ella.
Ramiro apretó la mandíbula.
—Nadie ha decidido nada.
Diego miró a su padre.
—Entonces Clara puede decir que no.
Ramiro no respondió de inmediato.
Y esa pausa fue suficiente.
Clara sintió que algo se cerraba alrededor de su pecho.
Porque por primera vez comprendió que aquella conversación no era una pregunta.
Era el comienzo de una negociación sobre su vida.