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Capítulo 3

Rafael supo que algo iba mal en cuanto vio entrar a Damián.

No por su expresión. Damián podía recibir una amenaza de muerte y entrar a una reunión con el mismo rostro con el que revisaba balances.

Fue por el silencio.

—Buenos días —dijo Rafael, siguiéndolo hacia el ascensor.

—Cancela mi primera reunión.

—¿La de las nueve?

—Todas hasta el mediodía.

Rafael lo miró de reojo.

—Eso suena grave.

—Suena a que quiero trabajar sin escuchar gente.

—También suena a que quieres evitar preguntas.

Damián pulsó el botón del ascensor con más fuerza de la necesaria.

—Rafael.

—Ya me callo, señor.

Las puertas se cerraron.

Rafael era una de las pocas personas capaces de provocar que Damián quisiera estrangularlo y confiarle la espalda en el mismo minuto. Habían trabajado juntos durante años. En público era su asistente. En privado, era lo más parecido a un hermano.

Por eso Damián odiaba ocultarle cosas.

Y aun así no le habló del cuchillo.

En su despacho, Rafael dejó una tableta sobre el escritorio.

—Antes de que empieces a odiar al mundo, tengo algo que va a mejorar tu mañana.

Damián alzó una ceja.

En la pantalla aparecía Sabrina entrando en un hotel con un hombre. En la siguiente fotografía, él la abrazaba por la cintura. En otra, la besaba.

Damián deslizó las imágenes con absoluta tranquilidad.

—¿Eso era lo que debía mejorarme el día?

—Tu futura esposa besando a otro hombre suele ser información útil.

—No es mi futura esposa todavía.

—Tu familia parece opinar distinto.

Damián devolvió la tableta.

—Guárdalas.

—¿No vas a enseñárselas a tus padres?

—Aún no.

Rafael se dejó caer en la silla de enfrente.

—A veces me preocupa que disfrutes demasiado de estas cosas.

—Si les enseño una foto, dirán que está sacada de contexto. Si Sabrina quiere destruir su imagen de hija perfecta, prefiero darle tiempo suficiente para hacerlo bien.

—Frío.

—Práctico.

Rafael estudió su rostro.

—¿Y si no se equivoca?

Damián se quedó en silencio.

Entonces recordó el vídeo.

Cásate con Sabrina Mendoza y ella no llegará viva a la boda.

—Entonces encontraremos otra salida.

Rafael iba a preguntar algo más cuando la puerta se abrió sin llamar.

Sabrina entró con gafas oscuras, un vestido impecable y una sonrisa que habría convencido a cualquiera de que llevaba toda la vida esperando ese día.

—Damián.

Él miró el reloj.

—Qué raro. Mi secretaria no anunció ninguna reunión contigo.

—Porque no necesito cita para ver a mi prometido.

Rafael tosió para ocultar una risa.

Damián le lanzó una mirada.

—Voy a… revisar algo muy urgente —dijo Rafael, levantándose.

Al pasar junto a Sabrina, ella le entregó el bolso sin siquiera preguntarle.

—Sujétalo.

Rafael miró el bolso. Luego a Damián.

Su expresión decía claramente: ¿ves por qué no la soporto?

Damián tuvo que contener una sonrisa.

Cuando quedaron solos, Sabrina se acercó al escritorio.

—Mi madre quiere empezar con los vestidos. Papá está hablando de hacer el anuncio oficial después de la cena familiar. Yo pensaba que podríamos…

—¿Quién es él?

La sonrisa de Sabrina se congeló.

Damián giró la tableta.

La fotografía del hotel quedó entre los dos.

Sabrina la miró durante dos segundos. Después se encogió de hombros.

—Un amigo.

—Tus amigos son muy afectuosos.

—¿Estás celoso?

Damián soltó una risa breve.

—No te hagas ilusiones.

Ella se sentó frente a él.

—Entonces no entiendo el problema.

—Tampoco yo. Mis padres creen que eres una mujer esperando pacientemente a que me decida.

—Tus padres quieren una nuera perfecta. Mi padre quiere un Montenegro. Tú quieres libertad. Yo quiero una vida cómoda y un apellido que no me limite. Todos obtenemos algo.

Damián la observó.

Por primera vez en mucho tiempo, Sabrina estaba siendo sincera.

—Al menos hoy no finges.

—No cuando estamos solos.

—Pues recuerda algo. Si esto ocurre, no confundas un acuerdo con amor.

Sabrina sonrió.

—Nunca lo haría.

Su teléfono vibró.

Damián bajó la mirada.

Número desconocido.

No abrió el mensaje hasta que Sabrina salió.

Era una fotografía tomada desde el exterior de su oficina.

A través del cristal se distinguía a Sabrina alejándose por el pasillo.

Debajo había una frase.

Podría alcanzarla antes de que llegue al ascensor.

Damián se puso de pie tan rápido que la silla chocó contra la pared.

Corrió hasta la puerta.

El pasillo estaba vacío.

—¡Rafael!

Su asistente apareció desde una esquina.

—¿Qué pasa?

—¿Viste a alguien extraño?

—No.

Damián llegó hasta los ventanales. Desde aquella altura, la calle era un río de coches y personas demasiado pequeñas para distinguir sus rostros.

Su teléfono vibró otra vez.

Te estoy observando desde lejos.

Damián apretó la mandíbula.

Y debajo apareció una última línea.

Pero tú sigues mirando en la dirección equivocada.
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