Capítulo 7
Me moví un poco para bloquearle la vista hacia el interior de mi habitación. Sus labios se curvaron apenas.
Me tendió una hoja de papel.
La agarré con cautela.
Si se trataba de alguna orden o documento relacionado con mis obligaciones en la casa, ya me veía condenada por haberlo aceptado sin preguntar.
Abrí mucho los ojos al leerlo y luego lo miré a él.
—¿Por qué miras un simple papel como si fuera a morderte? —preguntó.
—¿Por qué no me dijiste antes qué era?
Callum miró la hoja y tuvo incluso la audacia de suspirar, como si la irracional fuera yo.
La recuperó de mi mano y la sostuvo delante del pecho para que pudiera leer el encabezado.
Formulario de consentimiento parental.
Apreté los labios mientras volvía a mirarlo.
Quizá el balón de fútbol le había golpeado demasiadas veces en la cabeza y le había arruinado alguna función cerebral importante.
Menos mal que su familia era rica. Podían pagarle todas las pruebas neurológicas que necesitara.
—Callum... —dije con paciencia forzada—. Esto es para tu padre. Su habitación está al final del pasillo, a la izquierda.
Incluso llegué a plantearme acompañarlo.
—No. Es para ti.
¿Existía alguna forma educada de decirle que estaba siendo idiota?
—Callum... —volví a intentarlo.
Él se pellizcó el puente de la nariz y levantó los ojos hacia el techo, como si estuviera pidiendo ayuda divina.
—Dios, dame paciencia —murmuró.
—Yo también rezaré por ti esta noche —respondí con toda la compasión que pude fingir.
—¡Jesús!
Ahora sí parecía frustrado.
Apoyé con suavidad una mano en su brazo.
—Eh, tranquilo. No pasa nada.
Su mirada cayó sobre mi mano.
El calor de su piel me hizo reaccionar y la retiré enseguida, aclarándome la garganta.
—Es del señor Fenwick —explicó por fin.
Levanté la cabeza de golpe.
—¿Por qué lo tienes tú?
Se encogió de hombros.
—Estaba cerca cuando iba a dártelo y lo recogí por ti.
—¿Estabas cerca y decidiste cogerlo en mi nombre? —repetí, incrédula—. Eso suena como si pasearas tranquilamente por una calle, vieras el buzón de un desconocido y decidieras abrir su correspondencia.
—No somos desconocidos.
Solté un resoplido.
De pronto dio un paso hacia mí.
—¿Por qué te molesta tanto?
El corazón pareció saltarme dentro del pecho.
—¿Qué? No me molesta.
—Sí te molesta. Llevas todo este rato preocupada por cómo conseguí el formulario. Ni siquiera has dicho gracias. Te pusiste tensa en cuanto mencioné que había hablado con tu profesor. ¿Por qué?
El cambio brusco de tono me secó la garganta.
—No es asunto tuyo.
Sus ojos se endurecieron. Apoyó las manos a ambos lados de mi cabeza, contra el marco de la puerta.
—Entonces haré que lo sea.
Se inclinó hasta quedar a mi altura.
Yo cerré las manos en puños y mantuve los brazos rígidos junto al cuerpo.
No pensaba decir nada más.
—Mañana te llevaré al instituto —anunció.
—¿Qué? No. Puedo ir sola.
Se acercó un poco más y yo retrocedí. El corazón me latía tan fuerte que parecía querer escaparse del pecho.
—Mañana te llevaré al instituto. ¿Entendido?
No era una pregunta. Era una advertencia para que no discutiera.
Apreté todavía más los puños y asentí.
A la mañana siguiente estaba apoyada contra su coche, con los brazos cruzados, debatiéndome entre marcharme sin él o esperar.
¿Quién demonios se creía para decirme lo que tenía que hacer?
Sí, trabajaba para su familia, pero eso no lo convertía en mi dueño.
Resoplé y me aparté del coche justo cuando escuché abrirse la puerta de la casa.
Callum apareció con una camiseta gris, unos vaqueros azul claro y la mochila colgada de un hombro. Se metió en el asiento del conductor sin dignarse a mirarme.
—Sube —ordenó mientras arrancaba el motor.
Tuve que contener las ganas de poner los ojos en blanco.
Recé para que el trayecto fuera corto, tranquilo y, sobre todo, para llegar al instituto de una pieza.
Abrí la puerta trasera y me senté.
—No soy tu chófer. Ponte delante —dijo con voz seca.
Difícil fingir que no lo había oído.
Maldiciendo por lo bajo, obedecí.
Me senté en el asiento del copiloto, me abroché el cinturón y mantuve la mirada fija al frente. No estaba de buen humor y no tenía intención de ocultarlo.
Callum inclinó el cuerpo hacia mí y apoyó una mano en el respaldo de mi asiento. Me lanzó una mirada rápida antes de girarse para comprobar por detrás y sacar el coche marcha atrás.
El aroma cítrico de su jabón me llenó la nariz. Si hubiera podido dejar de respirar durante todo el trayecto, lo habría hecho.
Hasta su olor conseguía irritarme.
Y lo peor era que olía demasiado bien.
Giré la cabeza hacia la ventana.
Durante un rato permanecí en silencio, pero la tensión siguió acumulándose hasta que ya no pude soportarla.
—Lo que sea que le hayas dicho al señor Fenwick ha provocado un malentendido. Va a pensar que hay algo entre nosotros y tienes que aclararlo.
Había roto la única posibilidad de viajar en paz, pero en ese momento me daba igual.
Callum era arrogante y actuaba como si pudiera hacer lo que quisiera. Si no ponía límites desde el principio, sus exigencias no harían más que aumentar.
—¿Tengo pinta de que me importe lo que piense tu profesor de matemáticas?
¿Habéis visto alguna vez en los dibujos animados a un personaje tan furioso que se le pone la cara roja y casi le sale humo por las orejas?
Pues esa era yo.
Nunca me había considerado una persona violenta. De hecho, solía ser bastante tranquila.
Pero aquel chico tenía un talento especial para sacarme de quicio.
Era un niño rico con problemas, como Batman sentado en su Batimóvil. Solo que Batman, al menos, utilizaba sus recursos para combatir el crimen.
A Callum había que agradecerle simplemente que yo no lo golpeara como Batman golpeaba al Joker en un callejón.
—Me da igual que a ti te dé igual. ¡No te importa nada que no seas tú mismo! —espeté.
Se volvió hacia mí, visiblemente irritado.
Perfecto. Yo también lo estaba.
—Me importa una mierda el malentendido que tu profesor se haya montado en la cabeza. Te recomiendo que hagas lo mismo —dijo entre dientes.
—No tienes derecho a insinuar cosas sobre él —respondí con la misma hostilidad.
Apretó el volante con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos y los músculos de sus brazos se tensaron.
De repente giró bruscamente hacia el arcén.
El movimiento me lanzó hacia la puerta.
El coche se detuvo con una frenada seca.
—¡¿Qué demonios estás haciendo, Callum?!
