Capítulo 4
CAPÍTULO 4: LA PRESA DEL ALFA
KRUL
El trayecto hacia la Fortaleza de Colmillos está marcado por una fuerte lluvia, un frío punzante y el aroma embriagador de la humana que llevo sobre mi hombro. Sé que está intentando mantener la dignidad al quedarse quieta, pero la fuerza bruta de cada paso que doy debe recordarle su total vulnerabilidad. Tiene que estar dándose cuenta de que no camino como uno de sus hombres; debe notar que me muevo con una eficiencia depredadora, ignorando la lluvia torrencial y las ramas que azotan mi capa de piel de oso negro.
Cuando finalmente cruzamos el umbral de la fortaleza, el cambio de ambiente es inmediato. El aire gélido de Vargheim es reemplazado por un calor seco y sofocante, proveniente de enormes braseros de hierro que flanquean el Gran Salón. Siento el momento en que la princesa levanta la cabeza, su cabello húmedo rozando mi piel. Un deseo de saber cómo se vería mi hogar a través de sus ojos se instala en mi pecho. La siento jadear.
La Fortaleza de Colmillos no es una cueva mugrienta, como sé que dicen en Arandhia. Es una estructura imponente de piedra volcánica y madera de cedro oscuro. Enormes tapices que cuentan batallas ancestrales cuelgan de las paredes y el suelo está cubierto de pieles de bestias cuya existencia ella ni siquiera imagina. Siento cómo se tensa sobre mí cuando las miradas de mi manada se fijan en nosotros. Decenas de mis guerreros, y algunas mujeres dadas a nosotros a lo largo de los años, nos miraban con esa misma chispa salvaje, deteniéndose para observar mi botín. No me detengo ante nadie; ella es mía y tengo que dejárselo claro a todos. Cruzo el salón principal con pasos firmes, ignorando los susurros.
—¡Bájame! —exige la princesa, su voz recuperando por fin un poco de ese fuego que encontré en el carruaje—. ¡Puedo caminar sola, por si no lo has notado!
—En mi reino, caminas cuando yo te lo permita, humana —gruño. Mi voz, profunda y resonante, vibra contra su abdomen, y puedo sentir cómo la energía la recorre.
Comienzo a subir las escaleras de caracol, talladas directamente en la roca. El aire aquí arriba es más denso, cargado con mi olor personal: una mezcla de tormenta y madera quemada. Finalmente, entramos en mi cámara privada. Bajo a la princesa de mi hombro con brusquedad, lo que hace que se tambalee un poco antes de recuperar el equilibrio sobre una alfombra de piel de oso. Ella se gira rápidamente buscando una salida, pero no la hay. He cerrado la pesada puerta de madera tras de mí con un pestillo de hierro que resuena como una sentencia de muerte... para ella.
—Esta es mi cámara privada, princesa —le digo mientras me quito la capa empapada y la cuelgo en un gancho de madera en la pared. Me quedo solo con la túnica de cuero sin mangas que deja al descubierto mis brazos. Sus ojos se clavan de inmediato en ellos, recorriendo las cicatrices de garras y colmillos. Ella jadea con discreción y retrocede hasta que sus pantorrillas chocan con el borde de mi cama, hecha de madera rústica y cubierta de mantas de lana y seda.
—¿Por qué me has traído aquí? —pregunta, y veo que hace un gran esfuerzo por controlar el temblor de su voz—. Deberías haberme llevado a las mazmorras si pretendes usarme como moneda de cambio con los elfos.
Me acerco lentamente. Cada paso que doy invade su espacio personal. Disfruto viendo cómo sus pupilas se dilatan y su respiración se vuelve errática. La temperatura de la habitación parece aumentar, pero no es por el brasero; es por la química violenta que mi lobo proyecta hacia ella.
—Las mazmorras son para los enemigos que no tienen valor —respondo, deteniéndome a solo unos centímetros. No había notado lo pequeña que era hasta que la veo echar la cabeza hacia atrás para mirarme a los ojos—. Tú eres diferente. Eres la primera de la estirpe real que pisa Vargheim en un siglo. Pero hay algo más en ti, princesa de Arandhia.
Levanto una mano y, antes de que pueda esquivarla, acaricio su mejilla con el dorso de mis dedos. Su piel está ardiendo. El contacto se siente como una descarga que recorre cada nervio de mi cuerpo. Ella deja escapar un jadeo entrecortado, con los labios entreabiertos, y sé que también lo ha sentido.
—Tienes un aroma que me llama —susurro, fijando la mirada en sus labios—. Un aroma que dice que tu sangre es dulce, pero que tu espíritu es fuego. Los elfos te habrían apagado, pequeña princesa. Te habrían convertido en una estatua de hielo. Yo… yo prefiero verte arder.
—Soy… soy el tributo del rey Cirdan —logra balbucear. Su cuerpo ya me está dando una respuesta distinta a sus palabras. Noto cómo su pulso se acelera de una forma que solo significa una cosa: deseo—. Él vendrá por mí. Habrá guerra.
Suelto una risa seca y me inclino, atrapándola contra el poste de la cama.
—Que venga. He estado esperando una razón para arrancarle las orejas puntiagudas a ese príncipe de porcelana. Pero mientras tanto, tú me perteneces. No como una prisionera del reino, sino como mi presa personal. Comerás lo que yo coma, dormirás donde yo duerma, y aprenderás que el calor de un lobo es preferible a la frialdad de un elfo.
—No... no tendría cómo saber lo del calor.
—Y nunca lo sabrás —gruño—. Solo conocerás el mío.
Deslizo la mano desde su mejilla hasta su cuello, rodeándolo con mis dedos poderosos. La aprieto, no para lastimarla, sino para demostrarle mi poder. Paso el pulgar sobre su yugular, sintiendo el ritmo frenético de su corazón.
—Tu corazón está desbocado —murmuro, acercando mi rostro tanto que nuestros alientos se mezclan—. ¿Es miedo, princesa? ¿O es que tu cuerpo reconoce al fin a un hombre de verdad?
Leyla cierra los ojos. Sé que está luchando contra el impulso de exponer su cuello. Aprovecho su vulnerabilidad y presiono mi nariz contra el espacio detrás de su oreja, inhalando profundamente. Ella suelta un gemido bajo que no suena a protesta.
—Maldito seas —susurra ella, sus manos subiendo involuntariamente para agarrarse de mis antebrazos. Su piel se siente caliente.
—Maldíceme todo lo que quieras —respondo contra su piel, mi voz volviéndose más animal—. No puedes negar lo que está pasando. Tu sangre me reclama tanto como la mía a ti. Es la ley de la naturaleza.
Me separo de golpe, dejándola temblando. Camino hacia una mesa de piedra donde hay una jarra de plata y dos copas.
—Quítate esa ropa mojada —ordeno sin mirar atrás—. Hay túnicas secas en aquel cofre. Si no lo haces tú misma en cinco minutos, lo haré yo por ti. Y te aseguro, princesa, que no seré delicado.
La veo dudar frente al cofre a través del reflejo de la jarra. Sus hombros tiemblan y estoy seguro de que no es solo por el frío, sino por una furia contenida que me resulta excitante. Me mantengo de espaldas mientras bebo el vino amargo, dándole la privacidad que su orgullo humano exige, aunque mi instinto me suplica que me gire.
Escucho el siseo de la seda húmeda al caer al suelo. Luego, el silencio. Sé que se está colocando la túnica negra que yo mismo escogí para ella. Cuando considero que está lista, me giro justo a tiempo para verla meterse en la enorme cama, envolviéndose en las pieles hasta hacerse un ovillo. Se ve tan pequeña... Su aroma llena mi cámara, reclamando mi espacio como suyo.
Me acomodo al otro lado de la cama, escuchando cómo su respiración pasa del pánico a la pesadez del sueño. Esta noche no la tocaré. Mi victoria no será tomarla por la fuerza, sino dejar que el peso de mi presencia cale en sus huesos.
Antes de que el sol gris de Vargheim se asome, me levanto. Tengo fronteras que vigilar y un instinto que domar. La dejo allí, marcada por mi olor y rodeada por mis muros, sabiendo que cuando despierte, ya no será la misma princesa que salió de Arandhia.
