Capítulo 3
CAPÍTULO 3: EL DESVÍO DE LAS SOMBRAS
LEYLA
Apenas acabamos de entrar al Paso Sur cuando una tormenta se desata sobre nosotros. La lluvia golpea el techo de madera del carruaje con tanta fuerza que parece que va a atravesarlo en cualquier momento. Me aferro a la manilla de cuero, sintiendo cada sacudida de las ruedas al pasar sobre el terreno irregular. El frío ya no es solo ambiental; ahora se siente como una presencia física que se cuela por las rendijas, cargada con un olor a pino húmedo, tierra mojada y algo más... algo almizclado y salvaje.
—¡Mantengan la formación! —escucho la voz del capitán cuando grita, siendo ahogada por el ruido del viento—. ¡Estamos cruzando el Paso Sur! ¡Que nadie se detenga! ¡Debe ser rápido!
Limpio la humedad del cristal con la palma de la mano. Fuera, la oscuridad es absoluta. Los árboles no parecen plantas, sino más bien garras retorcidas de forma siniestra, dando la apariencia de que intentan atrapar el carruaje. Joder, sabía que debíamos haber esperado la llegada de los elfos en lugar de rodear el terreno. De haber sido así, no estaríamos pasando por este desfiladero de pesadilla.
De pronto, un aullido desgarrador corta el aire. El sonido no parece de un lobo común; es profundo, vibrante, y hace que todo mi cuerpo tiemble. Mi respiración se acelera y, por primera vez, siento cómo un calor extraño y traicionero empieza a irradiar desde mi vientre, una reacción física que no logro comprender. Me siento confundida, pero no tengo tiempo de analizarlo cuando el caos estalla afuera.
Un impacto violento contra el carruaje hace que este se balancee con fuerza. Grito cuando soy lanzada contra la pared opuesta y mi espalda recibe el golpe. En medio de mi aturdimiento, puedo escuchar los relinchos de agonía de los caballos y el acero chocando contra algo más duro que el metal.
—¡Lobos! —oigo gritar a un guardia antes de que su voz sea silenciada por un crujido seco que me provoca arcadas.
La puerta del carruaje es arrancada de sus bisagras por una fuerza inhumana. Me pego lo más que puedo al rincón más alejado y oscuro para intentar mantenerme oculta, pero sé que es estúpido; el cubículo es ridículamente pequeño. Saco el puñal de plata de mi bota y lo sostengo con fuerza. Mi corazón martillea contra mis costillas como si fuera un colibrí en una jaula.
Una enorme figura aparece en el marco de la puerta, abarcándola toda. No es un lobo, pero tampoco parece un hombre ordinario. Es un muro de músculos envuelto en pieles oscuras y cuero. Su cabello plateado está empapado por la lluvia y su sola presencia parece agotar el oxígeno del pequeño espacio. Sabía que tenía cero posibilidades de salir de aquí con vida, pero no moriría sin luchar. Levanto el puñal con las manos temblorosas.
—¡Atrás! ¡Aléjate de mí! —amenazo, aunque mi voz suena más como un ruego patético—. Soy la princesa de Arandhia, tributo del Reino de los Elfos. Si me tocas, habrá guerra.
El hombre suelta una carcajada baja, un sonido gutural que viaja por el carruaje y vibra a través de mi pecho, despertando una humedad repentina entre mis muslos que me hace jadear de pura confusión. «Pero, ¿qué coño te pasa, Leyla? Controla tu puto cuerpo», me reprendo mentalmente. Pero es difícil cuando aquel hombre emana un aura de puro poder sexual tan crudo que es casi ofensivo.
—Los elfos no tienen nada aquí, humana —me dice. Su voz es como terciopelo arrastrado sobre piedras—. Has entrado en mi territorio. Has traído hombres armados a Vargheim. Eso no te hace un tributo... te hace una presa.
¿Vargheim? Me dijo que estábamos en territorio de nadie. Maldito capitán. Aunque en mis entrañas sabía que estábamos pasando por el dominio de los lobos.
Él entra en el carruaje, obligándome a retroceder, pero ya no tengo a dónde ir. El hombre es tan grande que tiene que encorvarse. Sus ojos, de un dorado líquido y brillante, recorren mi cuerpo con una intensidad depredadora que me hace estremecer. Se detienen en mi cuello, donde el pulso me late con fuerza.
—Hueles a miedo —susurra acercándose a mi rostro. Puedo sentir el calor abrasador que emana de él, un contraste violento con el frío de la tormenta—. Pero también hueles a algo más... algo dulce. Hueles a deseo reprimido.
—¡Mientes! —chillo lanzándole una estocada con el puñal.
Él atrapa mi muñeca en el aire con una velocidad sobrenatural. Su agarre es como una esposa de hierro. Con un movimiento lento y deliberado, tuerce mi brazo obligándome a soltar el arma, la cual cae al suelo con un ruido metálico. Luego usa su otra mano para sujetarme la barbilla, obligándome a mirarlo.
—Soy Krul, el Alfa de Sangre —declara. El nombre me golpea como un rayo; lo reconozco como el alfa de los monstruos—. Y tú, pequeña princesa, acabas de convertirte en lo más valioso que he tenido entre mis manos en mucho tiempo. Quizás nunca.
Krul se inclina y, para mi horror y deleite secreto, hunde su nariz en el hueco de mi cuello, aspirando con avidez animal mi aroma. Debería sentir asco, debería estar luchando, pero en cambio mis músculos se vuelven de gelatina. Una descarga eléctrica recorre mi columna vertebral cuando siento sus labios rozar mi piel, y me erizo.
—No... —susurro con voz débil, aunque mis manos, que deberían estar empujándolo, se cierran sobre sus hombros macizos. Estúpido cuerpo traicionero; le echo la culpa a mi libido virginal por reaccionar así.
—Tu boca dice que no, pero tu olor... —Krul se aparta apenas unos milímetros, sus ojos dorados fijos en mis labios—. Tu olor dice que quieres que te marque aquí mismo, sobre la sangre de tus guardias.
Siento cómo mi mundo se detiene y da vueltas. El odio que siento por él lucha contra una necesidad física nunca antes experimentada. Es una atracción magnética, oscura y peligrosa, de la cual siento que no puedo escapar. Krul me suelta bruscamente, pero antes de que pueda respirar, me jala de una mano sacándome del carruaje y cargándome sobre su hombro como si no pesara nada.
—¿Qué demonios crees que estás haciendo? ¡Bájame! ¡Soy la princesa Leyla de Arandhia! —le grito, golpeando su espalda, pero él me ignora.
—Llévense el resto del botín —ordena Krul a los otros hombres que esperan en la lluvia—. La mujer viene conmigo a la Fortaleza. Si los elfos la quieren, que vengan a buscarla a las fauces de mi montaña.
Continúo golpeando la espalda de Krul con mis puños, pero es como golpear una roca. Mientras soy transportada a través del bosque como un saco de granos hacia lo desconocido, me hago una promesa: resistiría. No importa cuánto mi traicionero cuerpo sabotee mi voluntad, no me entregaría al monstruo que había matado a su propia compañera en el pasado.
Una mano se cierra con firmeza sobre mi muslo, sacándome de mis pensamientos, y el calor atraviesa la tela de mi vestido quemándome de una manera que me hace querer gritar por más de su toque.
«Esto va a ser una completa mierda».
