Capítulo 5
CAPÍTULO 5: LA LEY DE LA MANADA
LEYLA
Me despierto sobresaltada, envuelta en las pesadas pieles de la cama de Krul. Por un momento el pánico me paraliza, pero al mirar a mi lado descubro que el alfa se ha ido. El espacio que él utilizó aún conserva su calor y ese aroma a bosque y especias que parece haberse quedado impregnado en mis pulmones.
Me doy cuenta de que la luz de la mañana en el reino de los lobos no es dorada ni amable; es de un gris acerado que se filtra por las altas ventanas de la habitación que Krul llama "cámara", revelando motas de polvo que bailan en el aire frío.
Me levanto rápidamente, sintiendo el roce de la túnica de seda negra que me vi obligada a ponerme la noche anterior bajo la mirada vigilante de esa bestia. Mis dedos tiemblan al recordar cómo él, por extraño que parezca, me había dado algo de privacidad al mantenerse de espaldas a mí en las sombras. Aun sin tocarme, de alguna manera me hizo sentir más expuesta; nunca antes me había cambiado delante de un hombre.
—No voy a ser víctima —me digo a mí misma, irguiendo la espalda—. Soy la princesa de Arandhia.
Decidida a entender a qué tipo de infierno me han arrojado, camino hasta la puerta de la habitación, quito el pestillo de hierro y la abro con suavidad. Para mi sorpresa, no hay ningún guardia impidiéndome el paso. Entonces, las palabras de Krul acuden a mi mente: "En mi reino, caminas cuando yo te lo permita, humana".
Sacudo ligeramente la cabeza para apartar sus palabras de mi mente. Mientras salgo y comienzo a bajar hacia los niveles inferiores, el sonido de risas y el aroma a pan recién horneado me golpean. No es lo que esperaba de una guarida de monstruos. Llego a una amplia terraza que da a un patio inferior y me detengo en seco.
Abajo hay un grupo de mujeres humanas conversando animadamente mientras tejen mantas y supervisan a varios niños que corren por el lugar. Los niños son diferentes; puedo notar que algunos tienen ojos demasiado brillantes o que se mueven con una agilidad que revela su herencia híbrida, pero todos parecen sanos y felices. Lo que más me impacta es ver a un enorme guerrero lobo —un hombre que dobla en tamaño a cualquier soldado humano— cargando a una mujer pequeña sobre su hombro mientras ella ríe y le tira cariñosamente del cabello negro.
—No es la carnicería que te contaron en tu castillo, ¿verdad, princesa Leyla?
Doy un brinco al oír la voz. A mi lado, apoyada en una columna, está una mujer de unos treinta años, de cabello cobrizo y mirada serena pero aguda. Viste ropa de lana fina y lleva un brazalete de bronce con el emblema de la manada.
—¿Quién eres? ¿Cómo sabes quién soy si nunca te he visto? —le pregunto recelosa, tratando de recuperar mi compostura real.
—Claro que no me has visto; eras muy pequeña cuando me fui. Me llamo Elena. Fui el "tributo" de Arandhia hace doce años —responde la mujer con una sonrisa triste, pero no amarga—. Cuando llegué, estaba tan aterrada como tú. Pensé que me usarían para alimentar a sus bestias o que me romperían el cuerpo en una semana.
Le doy la espalda y me acerco nuevamente a la barandilla, observando la escena de abajo con incredulidad.
—Pero... son monstruos. Las historias dicen que matan por placer, que Krul asesinó a su propia compañera...
Elena suelta un suspiro y se coloca a mi lado.
—En el mundo exterior, la fuerza se confunde con la maldad. Aquí, en Vargheim, la fuerza es protección. Esos "monstruos" que ves allá abajo darían su última gota de sangre para proteger a esas humanas. ¿Sabes por qué? Porque somos su tesoro más preciado. No somos esclavas, princesa Leyla. Somos compañeras. Aquí no hay matrimonios por política ni padres que venden a sus hijas para salvar un trono. Aquí hay un vínculo de sangre y alma.
—Eso es una locura. Yo... yo no debería estar aquí —replico, aunque mi corazón late con fuerza—. Krul me tomó por la fuerza. Me cargó como a un saco de granos.
—El alfa Krul te salvó —me corrige Elena con firmeza—. Si hubieras llegado al Reino de los Elfos, serías una incubadora mágica. Te habrían drenado la voluntad para asegurarse de que el feto sobreviviera a su magia gélida. Aquí, Krul te reclama como suya porque detectó algo en ti que ningún otro lobo puede ignorar. Eres su igual en fuego.
Siento un nudo en mi garganta. La idea de haberme ofrecido voluntariamente para ir al reino de los elfos me parecía ahora la peor de las ideas; peor aún, me asqueaba pensar que mi padre hubiera aceptado esto durante tantos años. Y luego está esta atracción que siento por Krul... esa necesidad física de querer estar cerca de él empieza a sentirse aterradora.
—¿Y qué hay de su esposa? —insisto—. Dicen que la mató.
—La mató porque ella traicionó a la manada —susurra Elena, bajando la voz—. Ella amaba a otro, pero no fue solo infidelidad. Intentó envenenar a Krul para entregar la fortaleza a los orcos. Él hizo lo que un alfa debe hacer: proteger a su gente, incluso si eso significa arrancarse el corazón. Él sufrió más que nadie, princesa Leyla. Por eso ha estado solo tanto tiempo... nunca había mostrado interés por ninguna mujer, hasta que apareciste tú en ese carruaje.
Me quedo callada porque no sé qué decir. El silencio es interrumpido por pasos pesados y no necesito girarme para saber quién es. El vello de mis brazos se eriza y un calor súbito inunda mis mejillas. Krul.
—Elena —dice el alfa. Su voz profunda corta el aire como un trueno bajo—. Déjanos.
Veo a Elena hacer una breve inclinación de cabeza antes de irse, lanzándome una mirada cargada de significado.
«No. No te vayas. No me dejes sola con él», quiero gritarle, pero no lo hago. No seré una patética cobarde ante esta bestia. Lo oigo acercarse. Viste su armadura de combate, lo que le da un aspecto aún más imponente. Se detiene detrás de mí, tan cerca que puedo sentir el calor que emana de su pecho contra mi espalda.
—No recuerdo haberte dado permiso para salir de mi cámara.
—No creí necesitarlo —le contradigo, pero mi voz apenas es un susurro.
Él gruñe y se inclina hasta mi oído, su aliento rozando mi lóbulo.
—Has estado haciendo preguntas. ¿Ya has decidido si soy el monstruo de tus cuentos o el hombre que te mantendrá con vida?
Me giro bruscamente, quedando atrapada entre sus brazos y la barandilla.
—He decidido que este lugar es una prisión de oro —miento con descaro, aunque mis ojos permanecen fijos en su boca—. Y que tú eres un manipulador. Me tienes aquí para que vea lo que quieres que vea.
Krul suelta un gruñido bajo y me sujeta el cabello, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás.
—No necesito manipularte, princesa Leyla. Tu cuerpo ya me pertenece, aunque tu mente intente negarlo. Puedo oler tu excitación cada vez que me acerco. Puedo oler el cambio en tu sangre cuando tu pulso se acelera al mirarme.
—¡Es odio! —exclamo, aunque mi voz se quiebra.
—¿Ah, sí? —Krul se inclina más, presionando su cuerpo contra el mío—. Entonces, ¿por qué no me has apuñalado todavía? Sé que eres valiente y podrías conseguir algo filoso. ¿Por qué tiemblas de esta manera cuando te toco?
Baja su mano hasta mi cintura, apretando con una fuerza que me provoca un espasmo de placer que no puedo ocultar. Dejo escapar un jadeo involuntario.
—En Vargheim, la ley es simple —susurra—. Lo que deseamos, lo tomamos. Lo que amamos, lo protegemos hasta la muerte. Tú no eres un tributo, Leyla. Eres mi hembra. Y antes de que termine la luna, vendrás a mi cama por tu propia voluntad, suplicándome que te marque.
En un parpadeo, Krul me suelta y se aleja con esa confianza animal, dejándome jadeante y odiándome por desear que no se hubiera apartado. Miro hacia el horizonte. Sé que los elfos estarán buscándome y que mi padre estará temblando en su trono por toda la mierda que se le viene encima. Pero por primera vez, la idea de ser "rescatada" no se siente como salvación, sino como una condena a un mundo de hielo donde nunca volvería a sentir el fuego que Krul acaba de encender en mi sangre.Y me niego a negarme eso.
Vuelvo a la cámara de Krul y paso allí el resto del día. Elena me trae comida y, por la tarde, vuelve a aparecer con una bandeja.
—En algún momento tendrás que salir de aquí y conocer a la manada —me dice.
—Lo haré. Solo que...
—Te entiendo. Tómate tu tiempo. Krul te hará saber cuándo es el momento indicado —me da una leve sonrisa antes de irse.
