CAPÍTULO 3
POR AURORA
Bueno, mejor me pongo a trabajar antes de que salga Shrek de su despacho y me suelte uno de sus discursos diciéndome que no me paga para andar de holgazana. Como si me pagaran lo suficiente para aguantarlo…
Camino hasta mi escritorio y enciendo la computadora. Empiezo a organizar todo lo pendiente y anoto en mi agenda cada reunión, cada llamada y cada compromiso del día. Ruedo los ojos al ver que tiene programada una reunión a las siete de la noche con la señorita Miller, representante de Empresas Miller. Sé perfectamente cómo terminará esa «reunión»: en una habitación de hotel.
Siento una lástima inmensa por esa mujer. Lleva años detrás de él, dándolo todo, y lo único que ha conseguido es convertirse en su amante ocasional. Es la única que ha logrado que él vuelva a compartir su cama… pero ¿su corazón? Eso ya es otra historia. Quizás ella logre domar al promiscuo de mi jefe, aunque, siendo honesta, lo dudo muchísimo. Maxwell King es un caballo desbocado y nadie lo ha frenado todavía.
Dejo de pensar en sus líos de sábanas y me concentro en lo mío. Tardo unos quince minutos en ordenar cada detalle, confirmar horarios y dejar todo impecable. Al terminar, suelto un suspiro de alivio y recargo la espalda en mi silla.
Miro hacia la puerta de su despacho y hago una mueca. Tengo que entrar a informarle. Sé que está ahí dentro, seguramente con esa cara de pocos amigos que parece su sello personal. Y lo peor: se tomó mi café. Sin café no soy nadie, y menos para aguantarlo a él con su humor de mil demonios.
Reviso los cajones y una sonrisa se dibuja en mi rostro: encuentro una caja de galletas de chocolate que había olvidado. No es café, claro está… pero esto sin duda me ayudará a soportar el resto de la jornada.
Empiezo a devorarlas una tras otra, disfrutando del dulce sabor que me devuelve un poco de energía. Estoy tan entretenida que casi me ahogo cuando suena el teléfono. Suelto un suspiro de frustración. Era demasiado bonito para ser verdad.
—Diga, señor —respondo, tragándome el enojo y el bocado que tenía en la boca.
—¿Y a qué hora piensa ponerse a trabajar, señorita Molina? ¿Cuando se le antoje? —ruge al otro lado, con su voz de trueno.
Histi qui si li di li gini, digo en mi mente.
Ruedo los ojos con toda mi alma. «Váyase al diablo», pienso. Me muero por decírselo, pero me muerdo la lengua: sé que si le digo lo que pienso, me sacará a patadas volando de la empresa antes de que termine la frase.
—En un momento estoy ahí, señor —respondo con la voz más dulce que logro fingir, aunque por dentro estoy echando chispas.
Tomo mi tableta y camino hacia su despacho. Antes de entrar, miro mi caja de galletas y no lo pienso dos veces: la llevo conmigo. Si voy a enfrentarme a ese ogro, al menos que sea bien acompañada. Toco la puerta suavemente y, mientras espero su autorización, me meto otra galleta a la boca.
—Pase —dice su voz, grave y cortante como siempre.
Abro la puerta y entro caminando despacio hasta llegar frente a su escritorio. Siento cómo me fulmina con la mirada desde que cruzo el umbral, como si yo fuera la culpable de todos sus males. Pero hoy no pienso intimidarme.
—Bien, señor —digo, revisando tranquilamente mi tableta y comiendo otra galleta—. Tiene reunión a las diez de la mañana con los demás accionistas.
Lo observo y noto cómo tensa la mandíbula hasta ponérsele blanca. Ya sé por qué: los accionistas son sus hermanos, y se llevan pésimo. Se toleran lo justo para los negocios y nada más. Sigo informándole cada detalle, cada hora, cada compromiso, y él no deja de mirarme.
—¿Puedes dejar de comer por un solo segundo? —estalla de pronto, golpeando la mesa con la palma—. Siempre lo mismo. Cada vez que te veo estas comiendo… con razón estás más gorda.
Me quedo de piedra. Abro y cierro la boca como un pez fuera del agua, sin dar crédito a lo que acabo de escuchar. Lo miro a los ojos y entonces lo veo: hay malicia y una burla descarada en su mirada. ¡El muy idiota se está burlando de mí!
—¿Gorda… yo? —pregunto, y suelto una carcajada que lo toma por sorpresa. Ah, ¿quiere jugar? Pues veremos quién gana.
—Míreme bien, señor —le digo, poniéndome de pie y dándole una vuelta completa para que me observe de arriba abajo—. Si tengo curvas, no es asunto suyo. Y si estoy gorda no es algo que a usted le importe, además si estoy gorda, soy una gorda demasiado sabrosa para cualquier pelele que quiera comerse estas carnes —le suelto con una sonrisa dulce pero letal.
Lo veo abrir los ojos como platos, boquiabierto, sin saber qué responder. Aprovecho su silencio y continúo:
—No quería decirle esto, señor… pero hablando de apariencias… cada vez lo veo más… más… más… —me llevo un dedo a la barbilla, fingiendo pensarlo con mucha seriedad.
—¿Más qué? —pregunta, poniéndose de pie de un salto, impaciente.
Sonrío con malicia y lo miro directo a los ojos.
—Más viejo.
—¿Viejo yo? —ruge, indignado.
—Sí, señor. Cada vez se parece más a una pasa. Seca, arrugada y chupada… y casi, casi podría pasar por mi padre sin que nadie lo dudara.
Se lleva la mano al rostro de inmediato, como si de repente se examinara en el espejo imaginario que tiene delante. No puedo contenerme más y suelto una carcajada sonora.
—¡Ay, señor! —digo entre risas—. No puedo creer que haya caído tan fácil.
Me mira con el ceño fruncido hasta casi juntar las cejas, con esa cara de bulldog enfurecido que parece no abandonarlo nunca.
—¡Lárguese de mi despacho! —grita, señalándome la puerta.
—En un momento me voy, señor, tranquilo —respondo con calma—. Solo me falta informarle lo último. A las siete de la tarde tiene reunión con la señorita Miller. Ya sabe… esa reunión.
Suelta un bufido fuerte al escuchar el nombre, como si le molestara que yo lo mencionara.
—Está bien, señorita Molina. ¡Ahora salga de aquí! —ordena.
—Con mucho gusto —digo, dándome media vuelta. Pero antes de cruzar la puerta, me detengo y dejo mi caja de galletas sobre su escritorio—. Tómelas, señor. Para que se le endulce un poco la vida y no ande todo el día con ese humor de perro bravo. ¡Que aproveche!
Salgo de su despacho sintiéndome toda una triunfadora. Camino hasta mi puesto con paso ligero, pero al llegar me detengo un instante y reflexiono: creo que algún día este hombre va a despedirme de verdad. Pero él se lo busca. ¿Insultarme a mí? ¡Por favor! Si estoy más buena que el pan recién horneado.
Aurora, basta de halagarte y ponte a trabajar, me digo en voz baja. No quiero que un día de estos me pierda la paciencia y termine lanzándome por la ventana él a mí, o yo a él.
Pasan las horas y ya me duele el trasero de estar sentada. Estoy por ponerme de pie para estirar las piernas cuando suena mi teléfono. Sonrío de inmediato al ver el nombre en la pantalla: Mike. Mi mejor amigo, mi cómplice, mi hermano del alma. Atiendo feliz y acerco el aparato a mi oreja… y casi me deja sorda con el grito que suelta al otro lado.
—¡¿Acaso quieres dejarme sorda de por vida?! —le reclamo, apartando el teléfono del oído.
Puedo escucharlo reírse a carcajadas, con esa risa suya tan contagiosa. Seguro se está imaginando mi cara de enojo.
—No te enojes, muñequita. Solo estoy muy feliz de escucharte.
—¡Pues baja la voz, hombre! ¿Estás loco o qué? —le digo, aunque ya se me escapó una sonrisa.
—No estoy loco, estoy emocionado. Es que… pronto te veré. Estoy en la ciudad. Llegué hace un rato y quería sorprenderte.
—¿De verdad? —pregunto, y casi doy saltos de pura alegría. ¡Mike está aquí! Por fin.
—Sí, muñequita. ¿Qué te parece si cenamos esta noche? Así me cuentas todo, cómo te ha ido, cómo está ese jefe tuyo tan guapo que tienes… y si ya te lo llevaste a la cama.
—¡Mike! —le advierto, fingiendo indignación.
—Está bien, está bien… ya sé. Hablamos en serio. Esta noche me cuentas todo con lujo de detalles. Te quiero, Aurora.
—Y yo a ti. Nos vemos en la noche.
—¡Te veo, muñequita! —vuelve a gritar.
Cuelgo el teléfono sintiéndome la persona más feliz del mundo. Estoy tan emocionada que doy un saltito en mi sitio y me doy la vuelta… y me quedo helada.
Ahí está. De pie, justo detrás de mí. Con los brazos cruzados sobre el pecho, imponente, inmenso, mirándome con esa cara de bulldog furioso que parece no abandonarlo nunca. Pero hay algo más en su mirada, algo que nunca había visto antes… y creo que se llama enojo puro.
Me sostiene la mirada en silencio, sin decir una palabra, y yo me quedo sin saber qué hacer ni qué decir.
Y ahora… ¿qué hice?, pienso aterrada.
