CAPÍTULO 4
POR MAXWELL
Observo a la señorita Molina salir de mi despacho. Siempre me ha parecido una mujer demasiado hermosa y con clase.
Y aunque me cueste aceptarlo… esa chiquilla me gusta. Me gusta demasiado. Ha logrado poner mi mundo de cabeza. Me encanta la forma tan altiva en que me responde y esa mirada desafiante que me lanza cada vez que la hago enojar. Es tan divertido verla con el ceño fruncido… creo que es la única manera en que logro llamar su atención.
Aunque, con mi fama de mujeriego, llamar su atención no es algo sencillo, precisamente.
Pero aunque me duela reconocerlo, jamás tendría una aventura con ella. Y la razón es simple: es demasiado eficiente. En más de una ocasión me ha salvado el trasero cerrando contratos millonarios. Además… está claro que la señorita Molina no es mujer de una sola noche. Y eso es lo único que yo puedo ofrecer: una noche y nada más.
Suelto un suspiro pesado. Toca reunión con los accionistas… es decir, mis hermanos.
No tengo una buena relación con ellos, ni con mi padre. La única persona de mi familia que realmente me importa es mi madre. Somos cinco hermanos; yo soy el tercero, el de en medio. Mi padre siempre nos educó para ser implacables en los negocios y en todo lo demás. Lo consiguió… pero solo conmigo. Soy su vivo retrato.
Mis hermanos nunca se interesaron por la empresa familiar. Lo único que les importa es que, cada fin de mes, haya una buena suma de dinero en sus cuentas. Así que me tocó a mí tomar las riendas de todo: de la empresa y de la familia. Y lo he hecho mejor que nadie. Incluso mejor que mi propio padre.
Me llamo Maxwell King. Tengo treinta años y soy, por decirlo así, uno de los solteros más codiciados del país: joven, rico y… dicen que guapo. Mi padre opina que ya es hora de que siente cabeza y le dé un heredero a la familia King. Y, según él, la mejor opción es Sara Miller.
Suelto un bufido solo de pensarlo.
Pienso en Sara. Mantenemos una relación basada únicamente en el placer. Pero últimamente me está cansando. Su maldita insistencia en que nos casemos me hastía. Ella siempre ha sabido que no soy hombre de una sola mujer y nunca le ha importado con quién me acueste cada noche. No entiendo por qué ahora insiste tanto… si sabe perfectamente que eso jamás ocurrirá.
Siento cómo empieza a dolerme la cabeza. Pienso en Sara y en la reunión que me espera con mis inútiles hermanos. Me masajeo la sien para aliviar la molestia y mis ojos se posan en la caja de galletas que dejó aquí la señorita Molina.
«Para que se le endulce la vida», me dijo.
Una sonrisa se dibuja en mis labios al recordar cómo me hundió el tacón en el pie. Todavía duele como el infierno… pero me encanta verla así, tan arrebatada. No pude contenerme y la toqué. Verla con ese vestido que se ajustaba a cada curva me enloqueció.
Miro la caja de galletas y no resisto la tentación. No suelo comer estas cosas, pero tomo una y la llevo a la boca. El sabor del chocolate inunda mi paladar.
¿Así sabrán sus labios?, me pregunto de pronto.
—¡Por Dios, Maxwell! —me regaño en voz baja. ¿Qué estupideces estás pensando? Sin embargo, la verdad es que desde hace tiempo siento la necesidad de probar sus labios.
Aparto la caja de mi vista. Mejor dejo de pensar en eso… no vaya a ser que cometa una locura.
Me concentro en el trabajo hasta que miro el reloj. Ya es hora de la reunión. ¿Por qué no ha venido la señorita Molina a avisarme? Espero unos minutos y no aparece. Suelto un suspiro, me levanto y salgo al pasillo. Y entonces la veo.
Está de espaldas a mí, saltando feliz. Una media sonrisa se me escapa al verla tan radiante. Está hablando por teléfono; seguramente le han dado una buena noticia. La observo y me pregunto… ¿cómo diablos logra saltar con esos tacones tan altos? Debería ser ilegal caminar así.
Mi sonrisa se desvanece por completo al escucharla decir:
—Está bien, cariño. Nos vemos esta noche. Te amo.
No tenía idea de que tuviera a alguien. Aunque… siendo tan hermosa, no debería sorprenderme. Pero la sola idea de que haya otro hombre en su vida hace que los celos y la ira me invadan por completo.
Ella se da la vuelta, me ve y se pone pálida.
—A mi despacho —le ordeno, con voz seca y cargada de enojo.
La veo morderse el labio inferior. Ese simple gesto me desarma por completo. Camina delante de mí y entra. Se detiene frente a mi escritorio. Yo doy la vuelta, me siento en mi sillón y la observo. Me pierdo en el azul intenso de sus ojos.
—¿Necesita algo, señor? —pregunta.
Y entonces caigo en la cuenta de que… no sé para qué la he llamado. Me quedo mirándola como un idiota, intentando inventar cualquier excusa cuando su teléfono suena de nuevo. Ella lo saca del bolso y mi sangre hierve al imaginar que es ese tal «cariño» al que dice amar. Aprieto los puños con tanta fuerza que me duelen los nudillos.
¿Qué demonios me está pasando?
—Es hora de la reunión con los accionistas, señor —me dice ella, devolviéndome a la realidad.
—¿Ya están todos ahí? —pregunto, intentando recobrar la compostura.
—Sí, señor. Lo esperan en la sala de juntas.
Asiento, me pongo de pie y me ajusto la chaqueta. Salimos. Ella camina detrás de mí. Puedo sentir su aroma y cierro los ojos un instante, deleitándome con su perfume.
Llegamos a la sala. Ahí están mis hermanos y mis abogados. Camino hacia mi silla. Ella los saluda con educación. Los abogados le devuelven el saludo amablemente. Mis hermanos, en cambio, la ignoran como si no existiera. Estoy por llamarles la atención cuando recuerdo que… yo tampoco suelo responderle sus saludos. Y esa idea me llena de vergüenza.
La veo ahí de pie, esperando instrucciones.
—Tome asiento, señorita Molina.
Todos me miran sorprendidos. Ella me mira con asombro y un poco de enojo, pero obedece. Camina hacia las sillas del fondo.
—¿A dónde va? —le pregunto.
—A sentarme, señor.
—Ya sé que va a sentarse. Pero no ahí —digo, y me dirijo a mi hermano—. José Carlos, levántate de ahí.
—¿Qué? —responde, confundido.
—Que te levantes. Ahora.
—¿Quieres que le ceda mi lugar a tu gata? —suelta él, con desprecio.
Sus palabras me hacen hervir la sangre. Mis otros hermanos se ríen. Estoy por levantarme furioso cuando la voz suave de ella me detiene.
—No se preocupe, señor. Puedo sentarme en cualquier otro sitio.
La miro. Siento una necesidad feroz de protegerla. Miro a José Carlos y le advierto:
—Si no te levantas de esa maldita silla en cinco segundos, cancelaré todas tus tarjetas. Sabes que lo cumplo así que no me tientes. Y ya van tres…
Se levanta furioso y se va a otro asiento. Yo me vuelvo hacia ella.
—Siéntese aquí, señorita Molina.
—No era necesario hacer eso, señor —me dice, visiblemente molesta.
—¡Carajo, he dicho que te sientes, Aurora! —grito.
Me arrepiento al instante. Da un pequeño salto del susto y se sienta. Está con el ceño fruncido… y Dios sabe cuánto me gusta verla así.
Comienza la reunión. Mis hermanos la miran como si fuera un insecto que merece ser aplastado.
Que no se les ocurra meterse con ella… porque antes de permitirlo, los dejo a todos en la calle. Aprieto la mandíbula. Ella no me mira en todo momento; mantiene la vista fija en la pared, como si fuera lo más interesante del mundo.
La reunión avanza, pero yo no escucho nada. Mi mente está puesta en ella. Vuelvo en sí cuando uno de los abogados me pregunta:
—¿Se encuentra bien, señor King?
Asiento y me pongo de pie de golpe.
—Retomaremos esto en otra ocasión.
Salgo de la sala. Atrás escucho las quejas de mis hermanos. Ella camina detrás de mí. Llego a mi despacho y, antes de entrar, me detengo y le digo:
—Entre.
Suelta un suspiro de cansancio.
—Como ordene, señor.
Se queda frente a mí. La miro con furia contenida al pensar que esta noche verá a ese hombre. Tengo que impedirlo.
—Necesito que revise la contabilidad de los últimos tres meses. Y lo quiero listo para mañana a primera hora —le ordeno, diciendo la primera estupidez que se me ocurre.
Abre los ojos, indignada.
—Pero eso es imposible, señor. Me tomaría toda la noche.
—Pues más vale que empiece ahora mismo —le respondo, con una media sonrisa burlona.
—¡No puedo! —me replica—. Además, es una locura pedirlo en una sola noche. Usted y yo sabemos que ese trabajo lleva varios días.
—Me tiene sin cuidado lo que piense, señorita Molina. Y si tenía planes para esta noche… pues más vale que los cancele.
La veo apretar los puños y mirarme con ojos asesinos. Sin decir palabra, sale y cierra la puerta de un golpe.
Sonrío satisfecho. Al menos no saldrá con ese imbécil. Pero mi sonrisa se borra cuando suena mi teléfono. En la pantalla aparece el nombre: Sara Miller.
—¡Diablos! —mascullo. ¿Esta mujer no se cansa?—. ¿Qué quieres, Sara? Sabes que odio que me molesten cuando trabajo.
—Hola, amor. Solo te llamaba para recordar nuestra cita de esta noche.
Detesto que me diga así. Pero no quiero discutir.
—Paso por ti a las siete —le digo, y cuelgo antes de que pueda seguir hablando.
Me sirvo un whisky y me acerco al ventanal que domina toda la ciudad. Me quedo mirando hacia fuera y pienso en ella. En la señorita Molina. En lo que me pasa cada vez que la veo. En lo que sentí al saber que tiene a alguien.
Me llevo la copa a los labios y me bebo el trago de un solo golpe.
—¿Qué me estás haciendo, chiquilla? —susurro al vacío.
