CAPÍTULO 2
POR AURORA
Siento que me fusila con la mirada, pero su expresión pasa del enojo a la sorpresa. Siento cómo me recorre de arriba abajo con la vista, y eso me hace sentir un poco incómoda.
Me aclaro la garganta y él vuelve a mirarme a los ojos. Suelta un suspiro molesto y observa su reloj.
—Otra vez tarde, señorita Molina —dice con el ceño fruncido.
—Todo tiene una explicación, señor —me defiendo.
—¿Ah, sí? Pues me encantaría oírla.
Bueno, no me queda más remedio que decirle la verdad.
—Todo es culpa suya, señor.
—¿Perdón? ¿Mi culpa? —pregunta, arqueando una ceja—. ¿Y cómo se le ocurre decir que es mi culpa que mi secretaria sea tan impuntual?
—Es culpa suya que tenga que ir hasta el otro extremo de la ciudad a buscar un café. Un café que, a decir verdad, se parece bastante a usted, señor.
—¿Y qué se supone que significa eso? —pregunta, visiblemente molesto.
—Que es amargo y no sabe nada agradable.
—¿Disculpe?
—Lo lamento, señor, pero no entiendo por qué insiste en tomar algo que sabe a calcetín remojado. Menos entiendo por qué me obliga a ir todos los días hasta ese lugar, cuando aquí mismo, en la empresa, se puede tomar un café decente.
Observo cómo se le ensanchan las fosas nasales, lo que lo hace lucir aún más furioso de lo habitual.
—Porque me da la gana. Y si yo le ordeno que vaya al mismísimo infierno por un café, usted obedece y guarda silencio.
Sus palabras me irritan, pero me callo. Me muerdo la lengua para no decirle algo que… bueno, que podría terminar con mis manos alrededor de su cuello.
Le entrego su dichoso café y camino hasta mi escritorio. Dejo mi bolso sobre la mesa… bueno, más bien lo arrojo, y el golpe resuena con fuerza.
Suelto un suspiro entre dientes y empiezo a trabajar, consciente de que no deja de mirarme. Sentir sus ojos sobre mí me pone un poco nerviosa.
Así que decido tomar mi propio café; tal vez su dulce sabor me devuelva la calma.
Acerco el vaso a mis labios y doy un sorbo… y casi me muero del asco.
Escupo el líquido de inmediato, busco un pañuelo y lo paso por mi lengua con desesperación.
—¿Pero qué demonios es esto? —exclamo, haciendo una mueca de asco.
Y entonces escucho una risa burlona. Alzo la vista y me encuentro con el «bulldog» riéndose de mí.
Lo veo llevarse el vaso a los labios y en ese instante caigo en la cuenta: hemos intercambiado los vasos.
Espero que grite, que me lance el café a la cara, o que me arroje por la ventana. Pero lo que hace me deja completamente desconcertada.
—Esto sí que es un verdadero café —comenta, mirando el vaso con aprobación—. Quiero uno así todos los días. Además, el otro… la verdad es que no me gustaba.
Lo miro entrecerrando los ojos.
—¿Entonces si no le gustaba, por qué me hacía ir hasta allá todos los días? —le pregunto, molesta.
—Porque me divierte un poco poner a prueba la paciencia de mis empleados —responde, con una sonrisa de lo más arrogante.
Una sonrisa que me encantaría borrarle de un golpe.
Camina hacia su despacho y yo lo sigo. Observo su espalda ancha y mi mente no puede evitar imaginar que le estoy lanzando dardos envenenados que acaban con su existencia.
Pero claro, yo no sería capaz… en serio que no. Soy todo un amor de persona. Solo le pido a Dios que algún día este hombre sienta en carne propia la fuerza de su ira.
Entro tras él y lo veo sentarse en su sillón, como si fuera el dueño del mundo. Estoy por hablar, pero él levanta una mano y me detiene.
—Primero quiero terminarme mi café. Luego escucharé lo que tenga que decirme.
Ruedo los ojos con frustración. Estoy por salir de su despacho cuando su voz me frena.
—No le he dicho que se retire.
—¿Y qué pretende que haga? ¿Que me quede mirando cómo se bebe mi café? —le suelto, cruzándome de brazos.
—Pues no lo había pensado… pero suena a una excelente idea —responde, dándole otro sorbo satisfecho.
Siento que me da un tic en el ojo.
—Maldito dictador —murmuro entre dientes.
—¿Qué ha dicho?
—Que… como ordene su majestad —respondo, haciendo una reverencia bastante exagerada.
Pasan los minutos y el hombre sigue saboreando mi café. En mi interior le pido a Dios que me llene de paciencia… pero que no me dé fuerza, porque si me da fuerza, lo mato.
—¿Quién es Santiago? —pregunta de pronto, sacándome de mis pensamientos—. Y por qué pone aquí que hoy me veía más guapo que nunca… hasta me dejó su número de teléfono.
—Con todo respeto, señor, ¿y a usted qué le importa? Además, ese es mi café, no suyo.
—¿Ah, sí? ¿Lo quiere? —dice, tendiéndome el vaso.
Estoy por tomarlo, pero lo levanta por encima de su cabeza.
Empiezo a saltar intentando alcanzarlo, y en un movimiento siento cómo coloca una mano en mi cintura y me acerca a su cuerpo. Lo miro furiosa.
—Quíteme la mano de encima si no quiere sentir toda mi furia —le advierto.
—¿Y si no quiero? —responde, burlándose—. ¿Qué piensa hacerme?
Mi mente vuela y me imagino pintándole bigotes en la cara.
—Esto —le digo.
Y hundo con fuerza el tacón de mi zapato en su pie.
Solo escucho su grito. Lo veo dar saltos sobre una sola pierna, mientras se sujeta el pie con ambas manos.
—¡Está loca! —ruge el bulldog.
—Le dije que me soltara. No me hizo caso, así que… se lo ha buscado usted solito.
—¡Lárguese de mi despacho! —grita.
—Con todo el gusto del mundo, señor —respondo, caminando hacia la puerta. Pero antes de salir, me detengo y añado—: En un momento le traigo hielo. Ya sabe… para el dolor —le digo, guiñándole un ojo.
—¡FUERA!
Salgo de su despacho con una sonrisa inmensa.
¿Creía que iba a quedarme así nomás? Pues se equivoca.
Bajo a la cafetería de la empresa, pido unos hielos y regreso a su puerta. Toco suavemente. No recibo respuesta. Toco un poco más fuerte.
—¡Dije que no quiero ver a nadie! —se escucha desde adentro.
Ruedo los ojos, abro la puerta y entro como si fuera dueña del lugar.
Lo veo ponerse de pie y un gemido de dolor se le escapa.
—Le dije que no quería ver a nadie. ¡Salga de aquí! —grita, señalándome la puerta.
Lo miro con calma.
—¿Ya?
—¿Ya qué? —ruge.
—Que si ya terminó de gritar.
Me mira desafiante, con los ojos entrecerrados. Yo le sostengo la mirada. Si cree que me va a intimidar, está muy equivocado.
—Aquí tiene los hielos —digo, dejándolos sobre su escritorio.
—No los quiero. Lléveselos y salga de mi oficina. ¡Ahora!
—Es mi forma de pedirle una disculpa por lo de hace un momento, señor.
—¡He dicho que se los lleve y que se vaya! —estalla.
Siento cómo la rabia empieza a crecer en mi pecho.
—¡Pues si no los quiere, llévelos usted mismo! Fui amable y atenta a buscarle hielo para su dolor, pero si es usted tan mal agradecido… ¡allá usted!
Salgo de su despacho furiosa y llego hasta mi escritorio.
En verdad que es un hombre imposible. ¡Que le traiga hielo y encima me grite y me eche!
Es cierto que él tiene lo que se merece… pero bueno, que agradezca que fue mi tacón en su pie y no mi rodilla en su entre pierna.
Porque ahí sí que se habría quedado sin bulldogsitos.
