CAPÍTULO 1
POR AURORA
Estoy recostada en mi cama, con la respiración acelerada y las mejillas empapadas en lágrimas, tratando de calmarme. Pero sé que no lo lograré.
Esto se ha vuelto algo cotidiano: todas las noches ocurre lo mismo. El recuerdo desgarrador de aquellos días no me da tregua; es como si reviviera cada instante, y se siente tan real… Pero basta. Hasta ahora he salido adelante; sé que soy fuerte y, aunque esto me debilita, no me dejaré vencer.
Así que, sin pensarlo dos veces, me pongo de pie. Todo sigue oscuro: es de madrugada. Respiro con fastidio, sabiendo que ya no podré volver a dormir. Tomo el celular y veo la hora: 4:30 a. m. Sin embargo, una sonrisa se dibuja en mi rostro al ver un mensaje de mi hermano: «Duerme bien, princesa». Con esas únicas palabras, logra tranquilizar mi corazón. Mi príncipe es lo único que me queda en esta vida y lo amo con toda mi alma; bueno, mi príncipe, Tomás, mi Nani y mi mejor amigo.
Ellos han sido quienes han llenado mi vida de luz tras tanta oscuridad. Suspiro y dejo el teléfono sobre la cama.
Extraño a mi príncipe muchísimo, pero sé que uno de estos días le daré la sorpresa de volver a casa… o al menos eso espero.
Entro al baño y la ducha; el agua caliente relaja mis músculos tensos. Al caer sobre mi rostro, siento una pizca de paz: ahora mi vida es tranquila, estoy bien y tengo claro un propósito: jamás volveré a enamorarme. Nadie volverá a lastimarme. Nunca más.
Tras permanecer más tiempo del habitual bajo el agua, salgo y me dirijo al vestidor. Me pongo mi ropa deportiva; necesito moverme, sentirme más fuerte de lo que ya soy. Sin dudarlo, me encamino hacia mi pequeño gimnasio.
Al ver el saco de boxeo colgando del techo, me pongo los guantes y empiezo a golpearlo. Una y otra vez. Con el tiempo, mis golpes se han vuelto más potentes y mis movimientos más rápidos. Lo golpeo incontables veces; el sudor recorre mi rostro. Siento cómo descargo toda mi rabia y mi dolor en cada impacto.
Cuando por fin me detengo, sonrío entre jadeos y sacudo la cabeza, apartando un pensamiento: pronto podré enfrentar a quien hace mis días un infierno. Aunque no como todos imaginan… Regreso a mi habitación. Al mirar el reloj, maldigo entre dientes: se me ha hecho tarde.
Parece que entrenar me hace olvidar el tiempo. Me doy otra ducha rápida y corro al vestidor, envuelta solamente en una toalla. Estoy buscando qué ponerme cuando, sin querer, la toalla se desliza y cae al suelo. Mi mirada se posa de inmediato en el gran espejo frente a mí. Al ver mi reflejo, paso la mano suavemente por cada una de mis cicatrices. Algunas son más visibles que otras; en las más dolorosas he decidido hacerme tatuajes para cubrirlas.
Una lágrima se desliza por mi mejilla, pero la limpio al instante. No. No voy a vivir atrapada en el pasado. Estas marcas solo demuestran lo fuerte que he llegado a ser. Me doy la vuelta para dejar de mirarme y tomo un elegante vestido negro. Nunca lo he usado para ir al trabajo, pues se ajusta a cada curva de mi cuerpo y no quiero que nadie crea que intento llamar la atención de mi insoportable jefe.
Ni loca. Ese hombre es un perro bulldog: serio, adusto… y jamás sonríe. Últimamente me pregunto si siquiera tendrá motivos para hacerlo, pues nunca se le ha visto una sola sonrisa. Me enco de hombros, restándole importancia, aunque tengo la certeza de que algún día lo averiguaré.
Salgo de mi habitación y me dirijo a la cocina. Allí está mi Nani, con el desayuno listo. Aunque voy tarde, no puedo irme sin probar bocado; esa mujer me regañaría de lo lindo. Me acerco y le dejo un beso en la mejilla. Ella me sonríe con ternura, pero de pronto su sonrisa se desvanece, alza una ceja y se cruza de brazos.
—¿Otra vez las pesadillas, verdad?
Le sonrío, aunque apenas logro curvar los labios, y asiento.
—Sí, pero no te preocupes. Te lo aseguro, estoy bien.
Desayunamos en silencio. Sé que no le convenzo; me conoce demasiado bien. Pero tampoco quiero preocuparla por algo que sé que seguirá ocurriendo. Al terminar, me pongo de pie. Ella me acerca un plato con un postre. Abro los ojos y empiezo a negar con la cabeza.
—Lo siento, Nani. Creo que será para otro día. Voy con muchísima prisa; si no llego con el café a tiempo, mi jefe me va a despedir.
—Pero niña, si es tu postre favorito —insiste ella con voz suave—. Vamos, solo un bocado.
Tengo que contenerme; se me hace agua la boca. Pero no, acabo de entrenar duro y sé que un solo bocado bastaría para recuperar todo lo que quemé. Así que empiezo a caminar hacia la puerta y le digo al despedirme:
—Te quiero, Nani. Cuídate, nos vemos más tarde. Prometo acompañarte a cenar y disfrutar ese postre juntas esta noche.
Salgo de casa casi corriendo. Al llegar a mi auto, me detengo un instante y miro a mi alrededor. Siento la extraña sensación de que alguien me observa… Sé que es imposible. Sacudo la cabeza para alejar esos pensamientos absurdos, subo al auto y arranco.
Conduzco a toda prisa; reconozco que cuando llego tarde me vuelvo una conductora imprudente, pero en este momento no me importa. Sé que si llego tarde, ese hombre estará de mal humor todo el día, y la verdad… ya no tengo ganas de soportarlo.
Llego a la cafetería y entro casi corriendo. Santiago me mira y sonríe con resignación.
—Otra vez tarde, ¿verdad?
Suspiro y me limpio el sudor de la frente.
—Sí… el tráfico estaba imposible.
Él me mira con una media sonrisa; sé que no me cree. Me entrega el vaso con mi pedido y noto que ha escrito algo en él, pero no me detengo a leerlo. Le doy las gracias y vuelvo a salir conduciendo a toda velocidad.
Cuando por fin diviso las torres de Industrias King, respiro aliviada: he llegado. Estaciono en mi lugar asignado y entro al edificio apurada. Los empleados que cruzan mi camino me miran con lástima; saben que no cualquiera resiste trabajar como asistente de ese hombre. Yo solo les devuelvo una sonrisa amable.
Y quizás se pregunten: ¿Por qué sigues ahí? Déjenme explicarles.
Conocí a Maxwell King y, desde la primera vez que lo vi, quedé impactada por su imponente belleza. No voy a negar que es un hombre deslumbrante… pero eso no es lo que me interesa. Quiero que él me mire, que confíe en mí, que me permita trabajar a su mismo nivel. Así que, junto con mi buen amigo Mike —que a veces tiene ideas un poco locas—, nos pusimos a idear cómo acercarme a él. Mike dice que estoy enamorada… ¡Por favor! Eso jamás sucederá. Antes caería nieve en el desierto.
Lo que quiero es que vea mi valor, que sepa que puede confiar en mí y que merezco ocupar un puesto de mayor responsabilidad. Pero es obvio: si me acercara y le dijera eso directamente, pensaría que estoy loca. Así que la mejor opción fue postularme para el único puesto vacante: su secretaria. Y aquí llevo ya dos años, esperando que un día me mire y vea más que solo a quien le trae el café.
Salgo de mis pensamientos cuando el ascensor se abre y salgo apresurada, guardando el teléfono en mi bolso. Y entonces… todo se arruina.
Dios mío, apenas aparté la vista un segundo y choqué de lleno contra una espalda ancha y firme. Reconozco esa postura entre mil.
Maldición. Creo que acabo de meterme en un problema enorme. Cuando él se gira y me mira… estoy segura de que quiere matarme. No, no es que quiera: lo desea con toda su alma.
