Perdiendo el control
Tomás Del Valle no era un hombre que dejara absolutamente nada al azar. Su mundo se regía por normas claras y estructuradas: él tomaba las decisiones, él ejecutaba los movimientos y él mantenía el control absoluto de cada variable. Sin embargo, desde que Luna había irrumpido en su vida, esa estricta e impecable estructura amenazaba con venirse abajo como un castillo de naipes.
Tras la inusual cena en el Hilton, su mente analítica dio por sentado que ella le enviaría un mensaje a la mañana siguiente o, al menos, le daría una pista sutil para volver a verse. No ocurrió. Durante tres días enteros, su teléfono personal permaneció en un silencio sepulcral.
Tomás jamás llamaba dos veces a una mujer sin obtener respuesta; era una regla de oro para su orgullo. Pero con Luna, cada hora que pasaba sin noticias se sentía como un golpe directo a su ego. ¿Estaba jugando con él? ¿O realmente le era tan indiferente como aparentaba?
Al cuarto día, mientras revisaba los densos informes de una inversión tecnológica de capital de riesgo, la pantalla de su teléfono se iluminó sobre la madera del escritorio, emitiendo una vibración breve. Un mensaje sin firma apareció en las notificaciones:
«Estaré en el café de la esquina de tu edificio en veinte minutos. Si tienes tiempo, pásate».
Tomás exhaló despacio, recostándose en su sillón ejecutivo mientras sentía una innegable chispa de irritación encenderse en su pecho. «¿Si tienes tiempo?», repitió en su mente. Era una provocación descarada.
Se puso de pie de inmediato, abotonándose el saco del traje. Al salir al pasillo, Camila, su asistente, alzó la vista de sus monitores, sorprendida por la prisa en su lenguaje corporal.
—Cancele mi próxima reunión —ordenó él en tono tajante, sin detener el paso.
—Señor Del Valle —intervino Camila, poniéndose de pie de un salto y frunciendo el ceño—, en quince minutos inicia la videoconferencia con los socios estratégicos de Londres. Es crucial para el cierre del trimestre.
—Que la reprogramen para mañana. O que hablen con el vicepresidente.
Sin dar más explicaciones ni mirar atrás, tomó el ascensor privado y bajó al vestíbulo.
Al entrar al café, el aroma a granos tostados y el murmullo de las conversaciones lo envolvieron. No tardó en descubrirla. Luna estaba sentada junto al gran ventanal que daba a la avenida, con una taza humeante entre las manos y la mirada perdida en el tráfico. Lucía tan tranquila como si no hubieran pasado noventa y seis horas en las que lo había ignorado por completo.
Tomás cruzó el local y se acomodó en la silla frente a ella sin pedir permiso, apoyando los antebrazos sobre la pequeña mesa de metal.
—¿Siempre desapareces sin dejar rastro después de una cita? —disparó, yendo directo al grano.
Luna giró el rostro hacia él y sonrió con esa calma exasperante que solía descolocarlo desde el primer minuto en que la conoció.
—No desaparecí, Tomás. Solo estaba ocupada.
—¿Ocupada en qué, exactamente?
—En mi vida —respondió ella con simpleza, tras probar un delicado sorbo de su café—. El mundo no se detiene a esperar por ti.
Tomás la observó fijamente, evaluando cada microexpresión de su rostro. Por primera vez en mucho tiempo, tenía la certeza de que alguien no estaba jugando bajo sus reglas corporativas.
—No pareces el tipo de mujer que improvisa —comentó él, bajando el tono de voz para volverlo más íntimo e inclinándose hacia adelante—. Tampoco eres la clase de persona que sigue las normas dictadas por otros.
Luna dejó la taza sobre el plato de porcelana con un tintineo suave y lo sostuvo con la mirada, inquebrantable.
—¿Por qué te molesta tanto que no te persiga, Tomás?
La crudeza de la pregunta lo tomó con la guardia baja. Él tensó la mandíbula un milímetro.
—No me molesta.
—¿Estás seguro? —inquirió ella, arqueando una ceja—. Porque desde el instante en que te sentaste aquí, pareces un hombre al que se le está escapando el timón de las manos. Y te aterra no saber cómo recuperarlo.
Él esbozó una sonrisa helada, escudándose en su habitual fachada de arrogancia, aunque por dentro tuvo que admitir que Luna leía entre líneas con una facilidad casi peligrosa.
—Si eso que dices fuera cierto, ¿qué harías tú al respecto?
—Absolutamente nada —respondió ella con una desenvoltura fascinante, apoyándose en el respaldo de su silla—. No me interesa reparar lo que no está roto, ni me interesa domar a nadie.
A partir de esa tarde en el café, la dinámica entre ambos no siguió un cauce convencional. Se convirtió en una danza impredecible. No hubo etiquetas que definieran lo que eran, ni promesas vacías, ni planes a futuro. Luna aparecía y desaparecía como una marejada caprichosa. Algunas noches enviaba un escueto "tengo ganas de verte" que obligaba a Tomás a cancelar cenas importantes, y otras, simplemente se esfumaba durante días sin dejar rastro ni responder llamadas.
En el mundo de Tomás, las mujeres solían buscarlo, esperarlo y competir ferozmente por su atención y sus recursos. Luna no. Y, de forma casi irónica, esa abismal distancia, esa independencia inquebrantable, lo ataba a ella con mucha más fuerza que cualquier contrato vinculante.
Sin embargo, justo cuando Tomás creía haberle tomado la medida a ese nuevo y vertiginoso ritmo de vida, el pasado reapareció para exigirle cuentas de la manera más brutal posible.
Ocurrió un martes por la mañana. El corporativo funcionaba con la precisión de un reloj suizo cuando Camila interrumpió la revisión de contratos legales en su despacho.
—Señor Del Valle, disculpe la interrupción. Hay alguien en recepción que insiste en hablar con usted.
—Dile que hable con mi secretaria para agendar una cita. Sabes que no recibo a nadie sin previo aviso —respondió él sin apartar la vista del documento.
—Se lo dije, pero asegura que es un asunto de carácter personal y extremadamente urgente. No se va a ir.
Tomás suspiró, visiblemente fastidiado, y soltó la pluma fuente sobre el escritorio.
—¿De quién se trata?
Camila vaciló un instante, incómoda, antes de contestar en voz baja:
—De la señorita Claudia Álvarez.
El nombre cayó sobre Tomás como un balde de agua helada. Claudia. Su expareja. La mujer con la que había compartido años de su vida antes de que la relación muriera de frío. Tomás guardó silencio unos segundos, procesando la información, antes de dejar los documentos a un lado y erguirse en su asiento.
—Hazla pasar.
Un minuto después, la pesada puerta de madera se abrió y Claudia atravesó el umbral. Habían pasado casi tres años exactos desde la última vez que se vieron en aquel restaurante de moda para firmar su ruptura. Vestía un abrigo beige de corte impecable y llevaba el cabello recogido en una coleta alta. Sin embargo, los ojos oscuros que Tomás recordaba —aquellos que antes desbordaban ambición corporativa y seguridad absoluta— ahora reflejaban cautela, cansancio y un rastro de temor.
—Hola, Tomás.
Él se reclinó en su sillón de piel, cruzó los brazos sobre el pecho y adoptó su postura más impenetrable.
—Tres años sin saber absolutamente nada de ti y de pronto apareces exigiendo verme en mi oficina. Dime qué quieres, Claudia. Mi tiempo es limitado.
Claudia soltó una bocanada de aire temblorosa. Jugó nerviosamente con la correa de su bolso, perdiendo la postura estoica que siempre la había caracterizado.
—No sé por dónde empezar... Esto no es fácil.
—Por el principio suele funcionar —sugirió él, gélido.
Ella apretó los labios con fuerza, cerró los ojos un segundo y, al abrirlos, soltó la frase que cambiaría el eje del universo de Tomás para siempre:
—Tengo un hijo.
Tomás arqueó una ceja, impasible. Su mente aún no conectaba los puntos.
—Felicidades. No veo qué tiene que ver eso con...
—No lo entiendes —la interrumpió ella, dando un paso al frente con la voz quebrada y los ojos cristalizados—. Es tuyo, Tomás.
El silencio en el despacho se volvió ensordecedor. De pronto, el zumbido del aire acondicionado pareció apagarse y el tráfico exterior desapareció. Tomás sintió físicamente cómo la estructura de su vida, construida con milimétrica precisión, sufría una grieta profunda e irreparable.
Su cerebro, acostumbrado a los números, hizo el cálculo de inmediato de manera automática. Tres años separados. Un embarazo toma nueve meses. El niño debía tener poco más de dos años. Los números cuadraban. La matemática era tan exacta como despiadada.
Un hijo. Su hijo.
Claudia continuó hablando, atropellando las palabras en un intento desesperado por explicar las razones de su silencio prolongado. Habló del pánico al enterarse del embarazo semanas después de la ruptura, de cómo sabía que un niño no encajaba en los imperios que ambos estaban construyendo, y de cómo había asumido la crianza en solitario, lejos de él, para protegerse.
Pero Tomás ya no escuchaba los detalles. Veía los labios de Claudia moverse, pero una sola pregunta retumbaba en su cabeza, golpeando las paredes de su cordura sin que lograra encontrar una respuesta firme.
Y por primera vez en su vida, el hombre que lo controlaba todo, el CEO implacable que manejaba el destino de miles de personas, se sintió ahogar. No supo qué hacer.
