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Dueño de Todo, Menos de Ti

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susannavarreteu
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Sinopsis

Tomás Del Valle lo tiene todo: juventud, poder y una fortuna construida a base de ambición y talento. Como CEO de una de las empresas más influyentes del país, está acostumbrado a que el mundo gire a su alrededor. Nada lo sorprende. Nada lo frena. Hasta que una noche de soledad y copas lo lleva a cruzarse con Luna, una mujer libre, enigmática y con una mirada que no se deja encandilar por su apellido. Lo que comienza como un juego secreto se convierte en una adicción emocional. Luna no es como las demás: no lo necesita, no lo admira... lo confronta. Pero cuando el pasado toca la puerta en forma de una vieja relación mal cerrada, todo tambalea. Claudia, una mujer con la que compartió algo más que pasión, regresa con una verdad imposible de ignorar: Tomás tiene un hijo... uno que jamás conoció. Atrapado entre la mujer que despierta su alma y la responsabilidad que le recuerda lo que dejó atrás, Tomás deberá enfrentar el mayor desafío de su vida. Porque por primera vez, el hombre que tiene el control de todo descubrirá que hay cosas -y personas- que no pueden comprarse... ni olvidarse.

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El rey sin corona

Aquí tienes una versión revisada, pulida y enriquecida del capítulo. Se corrigieron pequeños detalles de coherencia interna (como la repetición del nombre de Tomás cuando ya se habían presentado, o la rigidez en ciertos saltos de escena), se dio mayor riqueza sensorial al entorno y al lenguaje corporal, y se expandió el ritmo narrativo sin recortar absolutamente nada del material original.

Capítulo 1

El eco de los pasos resonaba en el mármol pulido del piso, marcando el compás de una rutina que Tomás Del Valle conocía de memoria. Eran exactamente las 8:37 de la mañana y el imponente edificio de vidrio y acero de Del Valle Group comenzaba a cobrar vida con el murmullo tenue del personal y el zumbido constante de los ascensores.

Su presencia imponía por sí sola. Alto, de porte impecable, traje a la medida y una mirada fría capaz de frenar cualquier reclamo antes de que fuera pronunciado, había tomado las riendas de la empresa familiar tras la repentina muerte de su padre cinco años atrás. Desde aquel día, su única obsesión había sido multiplicar el poder y la influencia del apellido.

—Buen día, señor Del Valle —saludó Camila, su asistente, tecleando a velocidad médica y sin levantar la vista de la pantalla principal.

—Agenda —respondió él sin detener su marcha firme hacia el ventanal del fondo.

—Equipo de fusiones a las nueve en punto, almuerzo con los inversores italianos a la una en el restaurante del piso catorce y cena ejecutiva con el ministro de Economía a las ocho. El informe de operaciones de Brasil ya está sobre su escritorio.

Tomás asintió en silencio y entró en su despacho. Cerró la puerta tras de sí y, en la privacidad de aquel santuario de caoba y cristal, se permitió un leve respiro. Se acomodó tras el imponente escritorio y encendió la pantalla, sumergiéndose de inmediato en un mar de números, proyecciones financieras y estrategias de mercado.

Sin embargo, detrás de esa imagen impenetrable, el panorama personal era desolador. Su última relación seria había terminado tres años atrás con Claudia: una mujer brillante, hermosa y ambiciosa, la pareja perfecta sobre el papel... hasta que el afecto se disolvió entre pactos fríos, agendas incompatibles y una despedida sin lágrimas en algún restaurante de moda. Desde entonces, Tomás se dedicó exclusivamente a controlar su imperio. Pero al apagar las luces de la oficina cada noche, el silencio abrumador de su ático le recordaba que las decisiones ejecutivas no lograban llenar el vacío de sus espacios.

Esa noche, tras una jornada interminable que se extendió más allá de la cena ejecutiva, dejó su auto en manos del valet parking y entró en uno de los bares más exclusivos de la zona bancaria. Le gustaba el ambiente tenue, la atención discreta de los mesoneros, el murmullo distante de los clientes y el poder implícito de ser reconocido sin necesidad de pronunciar su nombre.

Se acomodó en la barra y pidió un whisky doble, solo.

El lugar estaba concurrido, inundado por una música suave y destellos de cristalería, pero una figura al fondo captó de inmediato su atención. Una mujer sentada a una mesa pequeña, ataviada con un vestido negro sencillo, el cabello recogido en un moño ligeramente desordenado y un libro de pasta dura entre las manos. No alzó la vista cuando él entró. No sonrió, no buscó su mirada ni lo evaluó con interés calculador, como solían hacer las demás personas en ese tipo de círculos. Fue precisamente esa indiferencia natural lo que lo sacó de su zona de confort.

Tomás tomó su copa y cruzó el salón con paso calmado.

—¿Qué lees? —preguntó al llegar a su mesa, rompiendo la distancia.

Ella alzó la vista despacio, recorriéndolo de pies a cabeza con una calma desconcertante antes de fijar sus ojos en los de él.

—No hablo con desconocidos —dijo, sin perder la compostura ni mostrar sorpresa.

Él sonrió de lado. Le fascinaban los desafíos que rompían su rutina.

—Entonces déjame solucionar eso. Tomás Del Valle.

—Sí, lo sé —respondió ella, cerrando el libro sobre la mesa sin prisa—. ¿Debería impresionarme?

Por primera vez en mucho tiempo, el gran ejecutor de Del Valle Group se quedó momentáneamente en blanco.

—No es la respuesta que suelo recibir —admitió él, acomodándose en la silla frente a ella sin haber recibido una invitación explícita.

—Tampoco pareces el tipo de hombre que pide permiso para tomar asiento —replicó ella, apoyando los codos en la mesa con un matiz de diversión en la mirada.

Él sostuvo la copa entre las manos y rectificó con tono más suave:

—Me llamo Tomás... pero tú aún no me has dicho cómo te llamas.

—Luna.

Hablaron durante un largo rato. La conversación se convirtió en un juego fluido de respuestas rápidas, giros afilados y una risa ligera por parte de ella que contrastaba fuertemente con la firmeza de sus palabras. Luna no soltó detalles de su vida personal; no mencionó dónde trabajaba, a qué se dedicaba ni qué hacía en aquel bar a solas, y esa absoluta falta de interés por agradarle o por encajar en su estatus terminó por desarmar las defensas de Tomás.

—¿Siempre seduces así? —preguntó ella de pronto, observando la postura erguida y la intensidad con la que la miraba.

—¿Así cómo?

—Como si fueras el dueño absoluto de todo lo que te rodea.

Tomás bajó la mirada a su copa por un segundo, rompiendo un hábito de contacto visual ininterrumpido que mantenía desde hacía años.

—Lo soy —murmuró al alzar la vista, dejando ver una leve sonrisa genuina—. Pero esta noche no tengo ganas de dominar nada.

Luna lo sostuvo con la mirada en un silencio denso y electrizante, un instante prolongado donde él se sintió, por primera vez en años, completamente expuesto ante alguien.

Minutos después, salieron juntos a la brisa fresca de la medianoche. No hubo promesas grandilocuentes ni un beso de despedida apresurado. Luna sacó un bolígrafo de su bolso, anotó su número telefónico en una servilleta de papel que traía consigo, se la tendió en la mano y abordó un taxi que pasaba por la avenida sin mirar atrás.

Tomás permaneció en la acera en silencio, viendo cómo las luces rojas del vehículo se perdían entre el tráfico nocturno.

Jamás había creído en el destino; su mundo se regía por contratos firmados, números fríos y poder tangible. Sin embargo, al entrar a su departamento y escuchar nuevamente el eco de sus propios pasos en la soledad, supo que algo en su estructura perfecta se había roto. Una sola mujer, en cuestión de un par de horas, lo había dejado con más preguntas que respuestas.

Y para un hombre acostumbrado a tener el control absoluto, eso era simplemente inaceptable.