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El juego comienza

Tomás no era un hombre que se permitiera la obsesión. Su mente estaba meticulosamente programada para resolver problemas, optimizar recursos y ejecutar decisiones frías, jamás para quedar atrapada en la maraña de la incertidumbre. Sin embargo, a lo largo de todo el día siguiente, sumergido entre reuniones ejecutivas de alto nivel y decisiones financieras de millones de dólares, su atención volvía una y otra vez al mismo punto focal: la servilleta de papel guardada con celo en su billetera de cuero.

Luna. Un nombre misterioso y un puñado de dígitos.

Al despertar esa mañana había asumido que, tras unas horas de descanso y una taza de café amargo, la fascinación inicial simplemente se desvanecería. Se equivocó por completo. La sensación de no haber tenido el control total durante la conversación de la noche anterior actuaba como una espina enterrada en su ego.

—Señor Del Valle, el equipo de operaciones de Brasil espera su respuesta definitiva —interrumpió Camila, entrando al despacho con la carpeta de informes bajo el brazo.

Tomás parpadeó, regresando abruptamente al presente. Su asistente lo observaba con paciencia profesional, pero con un imperceptible fruncimiento de cejas. Para alguien que llevaba años trabajando a su lado, la falta de inmediatez en las respuestas de su jefe era una anomalía preocupante. Tomás jamás se distraía.

—Diles que revisaré las cláusulas finales esta tarde y tendrán el informe aprobado antes de medianoche —respondió recobrando la firmeza habitual en su voz.

En cuanto la puerta de su oficina se cerró y se quedó completamente solo, sacó la billetera, extrajo el papel y marcó el número. Apoyó el codo en el escritorio mientras escuchaba el tono de llamada.

Un tono. Dos. Tres.

—¿Sí? —la voz al otro lado de la línea sonó impecable, tranquila y sin el menor rastro de sorpresa. Casi como si hubiese estado esperando la llamada.

—Pensé que no contestarías a un número desconocido —dijo él, marcando un tono pausado.

—Sabía que llamarías tarde o temprano, Tomás.

Él sonrió de lado, inclinándose ligeramente contra el borde del imponente escritorio de caoba.

—Ceno esta noche en el restaurante del Hilton. Pasa a buscarme o nos vemos allá. Vente conmigo.

—¿Siempre das órdenes en lugar de hacer una invitación?

—Funciona la gran mayoría de las veces.

—Conmigo no.

La sonrisa de Tomás se profundizó en la soledad de su despacho. Había algo estimulante en encontrar una barrera infranqueable.

—Entonces dime cuándo y dónde.

—No lo sé, Tomás. Quizás prefiera mantener este misterio un poco más. No hay prisa.

—No destaco precisamente por mi paciencia, Luna.

—Me lo imagino —replicó ella con suavidad—. Una cualidad muy útil para el mundo de los negocios, pero pésima para todo lo demás.

Un desafío directo a su estilo de vida. La clase de juego dialéctico y provocador que Tomás llevaba años sin experimentar con nadie.

—Te veo allá a las ocho.

Ella dejó escapar una risa suave, un murmullo que pareció acortar la distancia del teléfono.

—Ya veremos.

La llamada se cortó sin darle espacio para una última palabra.

A las ocho en punto de la noche, Tomás ya llevaba quince minutos sentado en la mesa más reservada del piso superior. Jamás llegaba antes a una cita; su estatus exigía que solía ser el último en entrar a un salón, el hombre ocupado por el que los demás debían esperar. Esa noche, sin embargo, rompió su propia regla no escrita.

A las 8:05, el sommelier sirvió un poco de vino tinto en su copa para la cata. Tomás apenas probó un sorbo.

A las 8:10, una sensación inusual de duda comenzó a rondarle la cabeza. ¿Y si realmente no aparecía?

A las 8:15, la vio aparecer por la entrada principal del restaurante.

Vestía un pantalón negro entallado de corte impecable y una blusa de seda azul marino cuya caída suave dejaba al descubierto la delicada curva de su cuello y sus clavículas. Sin joyas ostentosas, sin excesos de maquillaje. Lucía natural, serena y desbordaba una seguridad implacable.

—Pensé que me plantarías —dijo Tomás levantándose de la silla para recibirla cuando el maître la acomodó enfrente.

—Debo confesar que lo consideré seriamente —admitió ella con absoluta franqueza mientras acomodaba su postura—. Pero al final me ganó la curiosidad.

—¿Curiosidad por qué en particular?

—Por comprobar qué tan hábil eres para hacer creer a los demás que tienen el control de la situación, cuando en realidad eres tú quien maneja todos los hilos desde la sombra.

Tomás enarcó una ceja, intrigado por el análisis directo.

—Eso que describes suena bastante manipulador.

—Lo es —coincidió ella, mirándolo a los ojos sin pestañear—. Pero no te preocupes, yo juego bajo esas mismas reglas.

La camarera se acercó a la mesa de inmediato para tomar la orden. La elección fue sobria: una copa de vino blanco y ensalada del chef para Luna; un corte de filete al término medio acompañado de vino tinto para él.

—¿Por qué aceptaste venir entonces si tenías tantas reservas? —preguntó Tomás una vez que quedaron a solas, fijando la mirada en los ojos oscuros de la mujer.

Luna jugueteó un par de segundos con el fino tallo de su copa antes de ofrecer su respuesta:

—Quería saber qué se siente cenar cara a cara con el dueño del mundo.

—¿Y bien? ¿Cuál es el veredicto hasta ahora?

—Aún lo estoy evaluando. Dame un poco más de tiempo.

Por primera vez en muchos años, Tomás soltó una carcajada genuina y abierta. Nada de la risa ensayada o la cortesía ejecutiva que reservaba para las galas corporativas. Fue una risa real que resonó con calidez en la mesa.

—Eres sumamente inusual, Luna —dijo inclinándose hacia adelante—. No eres una periodista buscando una primicia, no eres modelo, ni estás intentando cerrar un contrato millonario con la firma de mi familia. ¿A qué te dedicas realmente?

Ella sostuvo su mirada fijamente, dibujando en sus labios una sonrisa enigmática.

—Si te lo digo en la segunda cita, arruino toda la magia del misterio.

Por alguna razón profunda que no logró explicarse a sí mismo, Tomás decidió no presionar. Por primera vez en su vida, prefirió disfrutar del camino antes que exigir el resultado.

La velada transcurrió con una fluidez asombrosa, derivando con naturalidad entre conversaciones sobre literatura clásica, viajes a ciudades olvidadas, preferencias musicales y pequeñas filosofías sobre la vida y el poder. Luna esquivaba con maestría impecable cualquier intento de Tomás por indagar en los detalles de su pasado personal, devolviendo hábilmente cada pregunta con una nueva provocación verbal.

No hubo besos al despedirse en las puertas del lugar. Tampoco se hicieron promesas formales de volver a verse pronto. Solo se cruzó entre ambos una larga mirada cargada de tensión contenida antes de que ella abordara un auto de alquiler y desapareciera entre el tráfico nocturno de la avenida.

Tomás subió a su propio vehículo, cerró la puerta y se quedó unos segundos en total silencio dentro del habitáculo. Apoyó las manos sobre el volante de cuero, sintiendo un peso extraño e indescriptible opresionándole el pecho.

Algo en su instinto le decía que Luna no era una mujer de una sola noche ni una distracción pasajera. Y esa absoluta falta de certeza lo inquietaba mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir ante nadie.

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