Capítulo 4
¿Continuaban allí?
Pero mi mente llegó por sí sola a una posibilidad mucho peor, una que me negaba a aceptar.
Cuando regresé a mi asiento junto a Brielle, ella se volvió hacia mí.
—¿Por qué has tardado tanto?
Bajé la mirada hacia mi regazo. Tenía las manos sudorosas.
—Me perdí —respondí débilmente.
Brielle se rio y volvió a prestar atención al altar.
—Ya casi es la hora —exclamó Claire.
Me obligué a levantar la vista y sentí que se me partía el corazón.
Adrian Mercer estaba de pie frente al altar, con la mirada fija en el pasillo por el que debía aparecer la novia. La felicidad suavizaba todos sus rasgos y en sus ojos había una impaciencia ilusionada imposible de ignorar.
Nunca había visto a un hombre tan feliz.
Era la expresión de alguien deseoso de intercambiar votos con la mujer a la que amaba con todo su corazón. De alguien convencido de que estaba a punto de empezar su «para siempre».
—Tengo unas ganas enormes de ver a la novia. Va a estar preciosa —comentó Brielle a mi lado con una risita—. ¿Verdad, Celeste?
No respondí. No podía dejar de imaginar un escenario tras otro.
—¿Celeste? —Brielle me dio un pequeño codazo y me volví bruscamente hacia ella—. ¿Qué te pasa?
Me observó con atención.
—Estás pálida.
Negué con la cabeza y forcé una sonrisa.
Pasaron varios minutos y la espera empezó a hacerse interminable. La expectación fue transformándose poco a poco en inquietud. Los invitados comenzaron a murmurar y el ambiente se volvió cada vez más tenso.
Adrian seguía esperando con paciencia frente al altar. No apartaba los ojos del pasillo.
Yo ya no fui capaz de mirarlo y bajé la vista hacia mi regazo.
Tenía un nudo en la garganta imposible de tragar. Sentía el pecho atenazado y las lágrimas empezaron a acumularse en mis ojos.
Dijiste que lo amabas.
Dijiste que te casarías con él.
Por favor, vuelve. Él te está esperando.
Grité aquellas palabras para mis adentros mientras me maldecía por mi estupidez y por haberme metido donde no debía.
La sonrisa de Adrian fue desapareciendo a medida que pasaban los minutos. Poco a poco, la felicidad de su rostro dejó paso a la confusión.
La novia seguía sin aparecer.
Los invitados comenzaron a cuchichear entre ellos, preguntándose qué estaba ocurriendo.
Se me escapó un pequeño gemido. Me dolía el corazón.
Por favor, vuelve.
Recé con todas mis fuerzas. Una y otra vez.
Si no regresaba, ni siquiera sabía qué iba a hacer.
Por favor, vuelve con él.
Vuelve.
Por favor.
Pero Vivienne nunca regresó.
Dejó a Adrian solo frente al altar.
*****
Era medianoche.
La mayoría de los invitados ya se había marchado. Por orden de Richard Mercer, que estaba visiblemente furioso, también habían obligado a periodistas y paparazzi a abandonar el edificio. Solo quedaban las familias de los novios.
Nosotros seguíamos allí porque, a todos los efectos, éramos prácticamente parte de la familia Mercer. Claire, Ethan, Brielle y yo continuábamos en nuestros asientos.
Claire lloraba contra el pecho de Ethan mientras él intentaba consolarla acariciándole la espalda. Parecía tener el corazón hecho pedazos. Ethan le besó el cabello y le susurró unas palabras tranquilizadoras.
El tío Peter y la tía Diane hablaban con los padres de Adrian, intentando ayudarlos a decidir qué hacer. La conversación giraba en torno a la desaparición de Vivienne, y bastaba con mirar a Helena y Richard para comprender hasta qué punto estaban afectados.
Los Mercer tenían suficiente poder e influencia como para averiguar en cuestión de horas qué había ocurrido con Vivienne Hale. A aquellas alturas ya debían de saber que no había sufrido ningún accidente.
La novia se había marchado por voluntad propia.
Sentí que el corazón se me encogía cuando vi a Helena Mercer acercarse a su hijo. Lloraba al abrazarlo y Adrian le devolvió el abrazo. Entrecerró los ojos mientras su madre seguía llorando y, desde donde yo estaba, pude ver el esfuerzo que hacía por mantenerse entero.
No se estaba conteniendo por sí mismo.
Lo hacía por ella.
Helena se separó al cabo de unos segundos, se secó las lágrimas y lo miró con una expresión tan dolorosa que casi me destrozó.
Richard Mercer le dijo algo que yo no alcancé a oír. Después abrazó brevemente a su hijo. Cuando se apartó, vi la furia que ardía en sus ojos.
Todo aquello era una tragedia. En un día que debía haber sido sagrado y feliz, la familia Mercer había quedado humillada delante de todo el mundo.
Cuando el tío Peter y la tía Diane se acercaron a nosotros, la familia de la novia ya se había marchado. Ambos parecían devastados.
El tío Peter miró a Ethan de una forma que sugería que ambos se entendían sin necesidad de palabras.
—Se van —le dijo a su hijo—. Adrian se quedará aquí.
