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Capítulo 3

Gritó la última frase con tanta fuerza que di un respingo.

Vivienne y Julian giraron la cabeza hacia mí al mismo tiempo. En cuanto comprendieron que yo estaba allí, sentí que la oscuridad me engullía. Todo mi cuerpo empezó a temblar.

Los tres estábamos demasiado sorprendidos para reaccionar, pero, contra todo pronóstico, fui la primera en hablar.

—Lo siento —murmuré—. Yo no quería...

—¿Cuánto has oído? —me interrumpió Vivienne. Tenía los ojos desorbitados por el horror.

No fui capaz de responder. Había escuchado prácticamente todo lo que jamás debería haber escuchado. Tragué saliva.

—¿Quién eres? —preguntó.

—Estaba ayudando a una de las niñas del cortejo a encontrar sus flores —contesté con voz temblorosa.

—¿Quién eres? —repitió, esta vez casi a gritos.

Parecía a punto de desmoronarse. Respiraba con dificultad y tenía el pecho subiendo y bajando a toda velocidad.

Inspiré profundamente e intenté controlar el corazón, que me golpeaba las costillas como un martillo.

—Yo... yo he venido... —Las palabras se me atascaron en la garganta—. He venido con la familia de Ethan.

Vivienne me miró como si acabara de dispararle.

—¿Ethan? —preguntó en un susurro—. ¿El prometido de Claire?

Estaba a punto de echarme a llorar. Empezaba a comprender la magnitud del desastre en el que me había metido. No debería haber entrado allí. No debería haber escuchado nada.

—¿Eres de la familia de Ethan? —preguntó de nuevo Vivienne, incapaz de ocultar el miedo.

—Por favor, olvida que he estado aquí —dije a toda prisa—. Fingiré que no ha pasado nada. No he visto ni oído nada.

Intenté sonar convincente mientras me dirigía hacia la puerta, aunque sabía que ninguno de los dos me creía.

En realidad, daba igual quién fuera yo. Desde el momento en que alguien había oído aquel secreto, Vivienne ya no podía sentirse segura. Que yo estuviera relacionada con Ethan o fuera amiga de Claire solo empeoraba las cosas.

Cuando crucé la estancia contigua, volví a oír su voz detrás de mí. Esta vez, el pánico resultaba inconfundible.

—Dios mío —gimió—. ¿Qué voy a hacer? ¿Y si se lo cuenta a alguien? ¿Y si Adrian se entera?

Seguí caminando, deseando que todo fuera una pesadilla y obligando a mis piernas temblorosas a apartarme de allí.

—¿Cómo voy a mirarlos a la cara? —Vivienne parecía al borde de la histeria—. ¿Cómo voy a mirar a Adrian si llega a saberlo?

Un sollozo le cortó la frase.

Entonces Julian habló.

—No tendrás que mirarlos —dijo con firmeza.

—Aquí está —anunció una voz justo cuando yo salía de la habitación.

Giré la cabeza y vi a la niña de antes acercándose con una mujer a su lado, probablemente su madre. Cerré la puerta deprisa detrás de mí, sin importarme el ruido. Ya había tenido suficientes problemas por una sola noche.

En aquel momento estaba convencida de que la boda del año iba a acabar en desastre solo porque yo había abierto una puerta que no debía.

Aceleré el paso cuando la niña echó a correr hacia mí. No quería que nadie más atravesara aquella puerta.

—¡Encontré mis flores! —anunció con una sonrisa de oreja a oreja.

Levantó la cesta para enseñármela, radiante.

—Gracias de todas formas por ayudarme.

Me obligué a sonreír, le di unas palmaditas suaves en el hombro y seguí caminando. Al pasar junto a su madre, asentí a modo de saludo. Ella me dedicó una sonrisa cálida y también me dio las gracias.

Sin volverme, la oí decirle a su hija:

—Ve con tus hermanas. Yo iré a decirle a Vivienne que todo está listo. Ya es hora de ir al altar.

Giré la cabeza de golpe.

Lo único que quería era salir de allí cuanto antes y olvidar todo lo ocurrido. No tenía ni idea de qué estaba pasando detrás de aquella puerta.

¿Vivienne seguía hablando con Julian?

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