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DEL DESPERTAR DE LA DIOSA RATI (1)

Así pues, pasé de ser una niña feliz y despreocupada, a ser una niña enamorada que trabajaba y que además, estaba obligada a cumplir con un matrimonio arreglado. ¡Y es que los planes de tía Amanda iban en serio! Cuando el compromiso se hubo hablado, luego de varias visitas de pesadilla a la casa de la familia “Tabo” y un poco antes de cumplir 13 años, Gustavito planificó y comenzó su ataque. Todas las tardes cuando regresaba de la escuela, me esperaba entre el frío y la niebla trepado a los muros de la hacienda. Desde allí me siseaba y me bajaba maltas y galletas sujetadas a una cuerda. Yo lo recibía exasperada, dando un puntapié al café tendido en el patio y en un último arrebato, me dirigía recibirlo bullendo internamente de rabia e indignación. Con un enorme esfuerzo, simulaba que me gustaba y seguía aquel juego insoportable y deshonroso con unas inmensas ganas de romperle la cara, escuchándolo mientras hablaba desde su altísima posición sobre las ranas toro o las próximas ferias en la plaza. Yo lo miraba con el cuello extendido, teniéndole lástima y con ganas de irme, irme, bajando la cara, tomando la malta, subiendo la cara, mordiendo la galleta, con ganas de irme, irme. “¡Ah, es infame! —me decía a mí misma—. Un perfecto asco. Dios sácame de esta porquería”.

Una tarde me encontraba sentada en el patio, envuelta en la espesa niebla, jugando a ordenar unas cartas sin molestarme en averiguar quién estaba a mi lado. De pronto, vi una silueta emerger de la niebla y que me miraba hacia abajo por entre los párpados entornados, con una malta y una galleta en la mano. “¿Es ella?” Escuché vociferar aquella voz armoniosa, bella y poética. “¡Sí, es ella, es ella!” respondió una voz afanosa y lejana. Entorné los ojos para poder ver quién hablaba y en los muros, como cosa rara, se encontraba el cretino Spiderman sujetando su cuerda, sonriendo y retorciéndose de adelante hacia atrás. “¡Es Gustavito, el novio de Clarita!” exclamó a modo de chanza otra voz más allá, la voz de mi tío Augusto. “Te envían esto” volvió a hablar la voz poética y sensual, acercándome la jodida malta y la galleta. No, Dios mío, no... ¡¿Por qué?! Era Adal, de pie frente a mí, mirándome desde lo alto en una especie de admirable rabia y cordialidad. En ese momento, el mundo palpitó en un instante intolerable y entonces yo, resentida y avergonzada, me levanté del suelo y atravesé como en una pesadilla el patio central, corriendo de prisa hacia mi escondite especial.

Azorada, me senté en las escaleras del puente, llorando y con la cara metida entre las manos. Y me quedé ahí, junto al río, entre la neblina y el rumor del agua, pensando en toda la vergüenza por la que había pasado. Anochecía. Entonces, Adal apareció de nuevo entre la niebla, sosteniendo la jodida malta y la galleta –sí, todavía las llevaba–, intentando cubrirse con una ruana que le llegaba hasta los tobillos. Dijo que el frío era peor que una patada en la entrepierna y me tendió la mano. Yo volví groseramente la cara hacia la orilla y él se sentó al otro extremo de las escaleras, recostado de un pilar.

—¿Por qué no las quieres? —preguntó, iniciando la complicada tarea de sacarme las palabras.

—Porque no —respondí tajante.

—¿Entonces prefieres que me las coma yo?

—Cómaselas...

—Bueno —dijo, fingiendo abrir el paquete—. Veo que no aprecias los obsequios de tu novio... Pobre chico. ¿Cuándo piensas decirle que no lo quieres?

—¡Que no es mi novio! —aullé exasperada—. ¡Cuántas veces voy a tener que decirlo!

—¿Ah no? ¿Y por qué Augusto dijo que era tu novio?

—Porque solo sigue las instrucciones de tía Amanda. ¡Es un sometido!

—¿Y cuáles son las instrucciones de tía Amanda?

—¿Y esto qué es? ¿Un interrogatorio?

Adal suspiró y miró hacia el río y empezó a abrir la malta y la galleta. Yo lo miré anhelante, tan molesta y avergonzada, pero cuando volvió la cara hacia mí, fingí mirar a otra parte.

—¿En serio no quieres la malta y la galleta?

—No... —titubeé y vi cómo le daba la primera mordida a la galleta. ¡A mi galleta! —Bueno, deme un poquito.

Él sonrió, acercándome la galleta y yo vi en esa sonrisa concentrada la luna y las estrellas, los planetas y las galaxias, el alfa y el omega. Mordí la galleta y permanecimos un rato callados, mirando a través de la niebla cómo la brisa agitaba las barbas de palo colgadas de los bucares. Tomábamos la malta y comíamos la galleta, mirándonos con simpatía y me di cuenta que Adal estaba ahí, a mi lado, intentando iniciar una conversación, ¡conmigo! Y así era, hacía frío y tía Amanda no estaba cerca. ¡Era mi oportunidad!

—Tía Amanda dice que cuando cumpla 19 años debo casarme con Gustavito.

—¿Cómo? —preguntó alarmado—. ¡¿Qué tontería es esa?!

—Pues eso dice tía Amanda. Yo solo obedezco, pero la verdad, a mi no me gusta la idea.

—Estoy de acuerdo contigo —agregó—. Creo que es una pésima idea. ¿Qué edad tienes?

—12 años, pero en unos días cumpliré 13 —dije orgullosamente. Él sonrió.

—¿Dónde está tu mamá?

—Mis padres viven en una aldea muy lejos de aquí. Tía Amanda me trajo a esta hacienda para trabajar y ahora se encarga de mí.

Adal me miraba fijamente, como pensando, como si quisiera decirme otra cosa.

—Clarita, ese es tu nombre. ¿No?

—No. Me dicen así, pero en realidad me llamo Claret.

—Entonces no puede ser “Clarita”. Es incorrecto. En realidad es “Clareta”.

Y se echó a reír y yo también. Sentí que me caía tan bien como lo había imaginado, que era de mi familia como lo había pensado. Por primera vez, en mucho tiempo, me sentí de nuevo cerca de ese amor familiar y lejano que yo tanto extrañaba.

—Te llamaré Clareta —dijo pícaramente, riendo.

—¡No, no, por favor no lo haga! —exclamé asustada—. Los demás podrían burlarse de mí y no lo soporto...

—Escucha, sé que es difícil para ustedes tratar a las personas de manera informal, pero por favor, tutéame, no me trates de “usted”.

Apenada, asentí con la cabeza, mirándolo de reojo y él continuó.

—A ver, Clarita, dime qué pasó aquel día en el pueblo. ¿Por qué corrías?

—Ah —respondí apenada, con la cabeza gacha—. Andaba por ahí, pero ya no me acuerdo...

Me avergonzaba decirle la verdad. Recordar ese episodio me turbaba profundamente, contarle de ese mundo secreto que yo tanto temía, lleno de acosadores, “cosas” e insinuaciones. No. Ni siquiera a él podría contarlo. El miedo, la culpa y la vergüenza siempre me llevaban la delantera.

—Te entiendo —agregó dulcemente—. No me conoces y sea lo que sea que haya sucedido no vas a contármelo. Pero está bien. No te obligo. Solo quiero que sepas que en mí tienes a un amigo...

Alcé la cabeza y en mis ojos se encendió un rayo desesperado, un impulso de llorar, de hablar, de pedirle a gritos que me salvara de los acosadores, de Gustavito, de tía Amanda, de mi soledad, de mi amor por él... pero rápidamente, la llamarada se extinguió y respirando profundo, le dije:

—Gracias...

—¿Segura que no quieres contarme nada?

—Es que no pasa nada...

Sabía que le mentía con todo el clamor y el dolor del mundo, pero se quedó callado.

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