DE LAS VACAS SAGRADAS Y PROFANAS (3)
Exclamó mientras las demás no sabían qué hacer. Buscaba y buscaba, destapaba ollas y abría alacenas, estresado y murmurando. Entonces, sin siquiera pensarlo, le acerqué tímidamente un plato con papas fritas por el mesón. Él lo tomó, mirándolo con una especie de ternura dolorosa y dijo: “Gracias” y se sentó a comer a la mesa, y nosotras nos quedamos expectantes, mirando cómo se comía las papas con unas ganas tremendas y se limpiaba la lengua de vez en cuando, repitiendo que las vacas eran sagradas.
Adal tenía 32 años cuando lo conocí. Todas las historias fantásticas que sobre él había escuchado, quedaron reducidas a un montón de cenizas humeantes después de presenciar aquello en la cocina. Se contaban verdaderas historias sobre la fuerza física de Adal. Por supuesto, era tan alto y acuerpado, que cuando actúo en la película del pueblo cercano, los que la presenciaron empezaron a decir que Adal había ahorcado a varios hombres con un brazo, que los cazaba con su arma como si fueran conejos, que cuando luchaba con su espada salían volando cabezas por todos lados. En fin, que solo pensaba en sangre y violencia. De su vida y su pasado se afirmaban cosas tan insólitas, que ni el más inocente de los niños podría creerlas. Se decía que cuando sus padres tenían miedo dormían con él, que cuando era niño dormía con un oso de verdad, incluso, que no creía en Dios, sino que Dios creía en él. Todo tan falso e intrigante. En todo caso, preferí quedarme con las versiones más creíbles de él, como por ejemplo, que su familia provenía de un grupo de inmigrantes alemanes que fundaron una colonia en el país, que era un aclamado actor de cine y teatro, que se había casado hace dos años con una poeta diez años mayor que él y que efectivamente, no creía en Dios.
Adal era un seguidor del hinduismo. En algún momento perteneció a la facción de los Hare Krishnas, pero por cuestiones de trabajo tuvo que dejarlo y optó por estudiar las escrituras y atenerse a ciertas prácticas rituales por su cuenta. La noción del karma, como principio central de la filosofía hindú, regía todas sus acciones por lo que trataba de llevar una vida buena y ser humilde y sencillo. Sostenía que el karma era el inventario del carácter moral de una persona y que si cultivaba un karma puro, se le presentaría la oportunidad de liberarse del ciclo de la reencarnación. De esta manera, trataba de ser bondadoso con otros y cumplir los preceptos de la religión hindú, como por ejemplo, venerar a las vacas. Para los hindúes, la vaca es un animal sagrado que simboliza la vida, la fuente de alimento y el respeto, por lo tanto, tienen prohibido acabar con su vida y consumir su carne. Adal entendía esto y aunque no era vegetariano, no podía consumir carne de res. En fin, Adal sentía que había cometido un crimen terrible, el más espantoso de ellos: comer de una vaca sagrada.
¿Sentiría lo mismo por una vaca profana? Una vaca que no formara parte de lo sagrado o lo divino, una vaca que resultara irrespetuosa para su religión, una vaca que representara lo mundano y todo lo contrario a la espiritualidad, una vaca que no pudiera entrar en su templo de adoración. ¿Se comería una vaca que pudiera ensuciar su karma y alejarlo del dharma?
Todas esas cuestiones empecé a planteármelas mientras lo observaba hacer cosas extrañas en el patio. Después de recibir el castigo de nuestras vidas por alterar la receta del lomo de cerdo al ron, cumpliendo trabajos forzados en las cochineras que Adal ordenó instalar, me dediqué a espiarlo sin tregua cual asesina serial. En cada amanecer dorado, entre la neblina fría y el aroma del café recién colado, me escapaba de la cocina y lo esperaba escondida y anhelante, sintiendo el alma pender de un hilo. Entonces, él se asomaba al patio central y se ponía a explorar lugares con una esterilla bajo el brazo o una botella con agua en la mano, y después de dar más vueltas que un perro siguiendo su cola, extendía la esterilla y se sentaba con las piernas cruzadas, solo en el silencio, entre los adoquines desgastados y el blanco de las paredes, entre las trinitarias magenta y la luz brillante del sol que bellamente iluminaba su cuerpo empijamado, iniciando así su meditación. ¿A dónde irías mi preciado amor? ¿Qué vacas quiméricas andarías arreando en los confines del universo?
A veces, cuando esperaba encontrarlo, me topaba con la mujer chamán, vestida de blanco y ataviada con sus plumas y collares de colores, danzando entre las matas de limón como si ofrendara a la madre tierra. Entonces, aparecía él y la besaba en la boca y la abrazaba con un ardor interminable. ¡El corazón se me incendiaba de celos! Y por si fuera poco, ella le daba lecciones de yoga y le indicaba cómo mover los brazos y elevar la vista al cielo, tocando su cuerpo, explorándolo. Era una cosa insoportable. Pero Adal parecía ignorar esas lecciones y elevaba los brazos de golpe, flexionando las piernas hasta quedar en cuclillas y luego miraba al cielo con el resplandor del sol brillándole en la cara y lentamente, cerraba los ojos y yo muriéndome de ganas de ser cielo para quedarme en el reflejo interior de sus párpados.
Ya conocía su itinerario. Durante dos semanas, después de practicar sus extraños rituales al sol, desayunaba en el comedor y después se iba por ahí, atendiendo cosas de la casa, de las tierras, los cultivos y los animales, preguntando y solucionando. Todo eso al margen de sus asuntos de trabajo, obligaciones familiares o cualquier forma de humillación contra los trabajadores. A mí me enternecía enormemente ese panorama y pensaba en los actores ricos y arrogantes, incapaces de atender a sus seguidores. Pero Adal, tan modesto y respetuoso, sabía tratar a las personas y ser empáticos con ellos. Muchas veces lo vi al final de la jornada, instalarse a probar miche con los trabajadores en el patio o las caballerizas. Le encantaban los caballos, siempre inevitablemente los de color blanco y marrón, y los acariciaba en los flancos y les hablaba en un lenguaje entre tonto y seductor. Y tenía en su sonrisa, en su mirada, en su expresión, una fuerza apasionante que me llenaba de emoción.
En otros momentos, me enfurecía al verlo con su esposa. De la nada sentía irritarme cuando empezaban a profesarse su amor. Él volvía de las jornadas en el campo y se fundían en un abrazo tan íntimo y apretado que parecían una anaconda asfixiando a su presa, comiéndose a besos, volcándose en los muebles o las hamacas, diciéndose entre beso y beso cosas asquerosas. Algo atroz. Pero yo era feliz a pesar de andar todo el tiempo exasperada por tener que presenciar ese tipo de cosas. Las ignoraba inmediatamente y agradecía a Dios la oportunidad de tener a alguien tan maravilloso en mi vida, alguien a quien podía observar desde el patio o la cocina, siempre a lo lejos, mucho mejor que tenerlo cerca de un extraño sentimiento que empezaba a develarse irresistible y tentador, y que de vez en cuando, me agitaba en una violenta corriente como el fluido eléctrico del corazón.
Y en eso pasaban los días...
