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DEL DESPERTAR DE LA DIOSA RATI (2)

Pronto, sonrió y cambió radicalmente el tema.

—Y ¿qué es este lugar? —inquirió maravillado, mirando el puente—. Llevo casi un mes recorriendo todos los espacios de la hacienda y no me había topado con esto.

—¡Ah, es mi lugar especial! —respondí emocionada—. Solo yo vengo aquí. Mira qué puente tan bello, todo de piedra. Parece sacado de un cuento de hadas.

—Del reino de muy, muy lejano. Sí. ¿Cómo conseguiste este lugar?

—Bueno, cuando llegué aquí no sabía qué hacer. Así que me puse a explorar. Explorar es uno de mis pasatiempos favoritos. Solía hacerlo con mis amigos de la aldea. Yule, Alex y Denis, pero ni siquiera se despidieron de mi cuando me marché —agregué con cierta tristeza—. En fin, me puse a explorar y descubrí este lugar. Jugué como nunca ese día, aunque ahora ya no hay tiempo para eso.

—¿Por qué?

—¡Porque vivo trabajando en la cocina! —contesté como si fuera una pregunta tonta—. Usted no se acerca, pero la cocina es un lugar que nunca duerme, no descansa. Y ese es mi mundo ahora. Solo vengo aquí cuando tía Amanda me regaña o me pega por arruinar algo en la cocina, quedarme dormida o decir una burrada.

Y me quedé callada, triste y resentida. Por un instante él se mostró afligido por lo que acababa de contar, pero parecía no querer inmiscuirse en el asunto. Una atmósfera de lástima nos unía en un sentimiento común, en un mismo dolor, en un mismo corazón latiendo por los dos.

—¿Viste el cenador?

—No —respondió, poniéndose de pie y buscando con la mirada entre los bucares.

—Está allá —agregué señalando un lugar apartado de nosotros, bajo un árbol de pobre ramaje.

—¡Oh! ¡Es sencillamente genial! —exclamó en la contemplación lejana del lugar, pues ya muy poco se podía distinguir. Caía la noche. Entonces, acercándose para contemplarlo como si hubiese ganado un auto último modelo, rodeó el cenador, exquisitamente emocionado y atento a los menores detalles. Y mientras estudiaba con detenimiento los tallados y las formas, yo estaba perdida en el brillo y el perfume que su cuerpo de gigante emanaba.

—Oye ¿cuánto mides?

—1,86 —respondió abrigándose con la ruana y sosteniéndome la mirada—. ¿Y tú?

—No lo sé, quizá 1,60.

—Serás alta, lo vaticino.

—¿Y podré alcanzarte?

—Seguro que sí, Clarita, seguro que sí —respondió indiferente y miró al cielo.

—¿Es cierto que matas gente con tu brazo, con un arma o una espada? —murmuré. Él rió.

—Estaba actuando cuando eso ocurrió.

—¡Wow! ¿Cómo puedes transformarte para hacer un personaje tan distinto a ti?

—Es lo que hago, Clarita —dijo en un suspiro—. Aunque no se necesita ser actor para actuar en el gran teatro de la vida. ¿Sabías que la gente actúa todo el tiempo? Todo se reduce a una máscara.

—¿Y por qué habrían de usar una máscara si no son actores?

—Bueno, por un montón de tonterías, como presumir algo que no son, buscar encajar donde no entran ni con vaselina, escalar posiciones y cosas así. Pocos enfrentan la vida con su rostro real, y los que lo hacen son los raros, los que no encajan en la sociedad. Son las personas de verdad, los que están rotos por dentro, llenos de heridas y fantasmas. Será una suerte si conoces a alguien así.

—¿Y tú eres una persona de verdad?

—No lo sé. Yo solo sé que estoy lleno de defectos... —dijo mirando mi rostro fríamente y volvió al vista al cielo, ahora más oscuro que azul, poblado de las primeras estrellas. Y en el silencioso apartamiento del valle, continuó—: Escúchame, Clarita. Te diré esto porque me caes bien: Si alguien intenta hacerte daño una vez más, y eso incluye a tu tía Amanda, tú solo dime y yo mismo lo ahorcaré con mi brazo, lo cazaré como a un conejo o lo decapitaré con mi espada. ¿Lo entiendes?

Me quedé asombrada ante la intrepidez de sus palabras. Asentí. Habló con ternura, pero también con severidad. Era como si tuviera un mago frente a mí. ¿Cómo era que había escuchado mi súplica silenciosa y ahora se ofrecía a salvarme? Pudo adivinarlo todo o al menos una parte.

—Es tarde, tenemos que irnos —agregó—. Tu tía Amanda debe estar en crisis, Clareta...

—¡Que no me llame Clareta!

—¡Que me tutees, por favor!

Y lo dejé posar su mano confiadamente en mi hombro, mientras ascendíamos juntos la ladera, cubriéndonos con su ruana, resoplando contentos y bromeando en todo momento sobre los regaños de tía Amanda, las raras danzas de la mujer chamán y las maltas y galletas de Spiderman.

Aquel primer encuentro amistoso, inesperado e inexplicable, marcó mi camino posterior. Algo se había despertado en mí aquel día, algo que se disponía a crecer y florecer. Adal había invadido mi vida y ahora, mi escondite mágico, el puente donde solía crear un mundo alimentado de mis ideas y sueños. Iba allí para escapar del trabajo y rendir rituales a su deidad. ¡Qué conveniente para esta niña anhelante! Así que empecé a esperarlo en el puente todas las tardes, dejándome llevar por el impulso incontrolable de estar cerca de él, de saber qué hacía y cómo lo hacía. De esta manera, siguiendo mi itinerario, me escondía en un pilar cubierto por un viejo árbol, deteniéndome a mirar los peces o los patos silvestres, arrojando piedras al río y saltando en un pie la cuerda mientras lo esperaba.

Entonces Adal llegaba y se paraba frente al cenador para revisar la estructura y se ponía a detallar los tallados, guiándose por las texturas y colores. Luego se sentaba dentro y leía un libro, sobresaltándose con cada ruido producido por algún ave o ardilla. A veces lo oía hablar de una realidad única y suprema, de un principio infinito y existente, de una razón lógica y eterna. Otras veces lo escuchaba rezar a un Dios pagano, extraño e incomprensible para mí. Un Dios que no era tan Dios por lo poco que sabía de él. En esos momentos me daba cuenta que Adal era completamente diferente a todo lo que había conocido, incluso dudaba si pudiera ser de este mundo. ¿Cómo es que puede durar horas con los ojos cerrados en una misma posición? Pensaba y entonces suspiraba maravillada, con el rostro apoyado en la mano, el brazo flexionado, sentada con las piernas cruzadas, soñando tranquilamente, mientras toda yo ardía y me convertía en cenizas blancas que se elevaban al cielo y lo cubrían de mi secreto enamorado.

Yo nunca había estado enamorada, ni siquiera sabía lo que se sentía. Ignoraba los detalles sobre las sensaciones mágicas del amor, pues apenas creía en los disparates paradisíacos inventados por Auri y Maya y desgraciadamente, mis padres se hallaban fuera de mi alcance. De modo que nunca me había propuesto averiguarlo, no conocía a nadie que estuviera enamorado ni encontraba libros en la biblioteca que me dieran una idea de en qué consiste el amor. Sin embargo, sabía con una certeza casi irrefutable que nadie podía escaparse de él. Me sorprendía bastante de mi propia ilación, sobre todo porque ignoraba lo que estaba sintiendo, pero curiosamente lo asociaba con el amor.

Por aquel dichoso entonces, me dediqué a analizar cada sentimiento, cada sensación y cada impulso que tomaba posesión de mi cuando Adal estaba cerca o cuando lo pensaba. ¿Es amor lo que estoy sintiendo? ¿Cómo se siente el amor? Así, no puede haber otra forma. Ese temblor, esa alegría, esa espera inagotable, esa melancolía de la separación, esos insomnios prolongados, esa desesperación. Atrapada por completo. De acuerdo. Así que lo que me inquietó a continuación fue algo contundentemente práctico. ¿Y qué es lo que hacen las personas para sentir el amor?

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