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DE LOS RAYOS QUE TE PARTEN EN LA MITAD DEL PATIO (5)

Me negué un buen rato, pero esa chica era tan elocuente que terminé cediendo a su petición. En fin, había que salir escondidas de la hacienda, subir al pueblo que quedaba tan cerca, a menos de un kilometro, atravesar el paso malo bajo el sol inclemente de las dos y media, y arriesgarnos a que lloviera y se arruinara el camino como siempre.

Ya en el pueblo nos refugiamos a la sombra de un balcón. Auri preguntó a un amigo por Pablo y éste le indicó esperarlo donde siempre. Conocía ese lugar, un pasillo maloliente ubicado entre dos casas detrás de la plaza. Me quedé esperándola bajo la promesa de largarme si no volvía en diez minutos. Quince, veinte, treinta. Auri no llegaba. Me invadió una verdadera desesperación y salí a buscarla. Una vez frente al pasillo, decidí entrar y salir con la mayor rapidez posible. Me asomé y lo exploré con ojos desconfiados. Nada se oía más que el rumor del viento a lo largo del pasillo vacío y desde el interior, percibí un olor como de orine y heces y miche barato. Apretando los labios, di unos pasos y resbalé hasta quedar recostada contra una pared, entonces vi a dos muchachos que bebían de una botella y se reían. Conteniendo las náuseas, les pregunté si habían visto a Pablo. Ellos se pararon frente a mí y se pusieron hombro contra hombro, detallándome con expresión satisfecha.

“No conocemos a Pablo” dijeron avanzando hacia mí. Yo retrocedí con la cabeza gacha, pero me encontré de nuevo contra la pared. Me quedé helada del susto al ver que los muchachos me cerraron el paso. Contuve súbitamente el aliento y una alarma de miedo se encendió en mi mente. Les pedí que me dejaran pasar y ellos empezaron a bromear, diciendo que conocían a un tal Pancho. No se movían, era evidente que no me cederían el paso. El corazón empezó a latirme con fuerza, en tanto ellos insistían en lo de Pancho. Y entonces, uno de ellos me acorraló con sus manos contra la pared y el otro dijo con una expresión aberrante en los ojos: “Solo será un momento, te lo vamos a presentar”. Quise gritar, pero estaba tan asustada que ningún sonido salió de mi boca y cerrando los ojos para protegerme de quién sabe qué, empecé a deslizarme por la pared hasta quedar agachada en el suelo. “Eh, abre los ojos, quiero presentarte a Pancho” escuché. Y abriendo los ojos con terror ví un par de sombras negras sobre mí y en ese instante, se dejó oír un ruido lejano que los sobresaltó.

Yo sentí ese momento como si fuera mi oportunidad y mi instinto de sobrevivencia en seguida se activó. Me deslicé entre sus piernas y corrí, corrí por el pasillo ciega de angustia y terror. Los sentía detrás de mí. Y entonces, la salida del pasillo se me presentó como el camino al nirvana y un hombre que se acercaba, como mi salvador. Él me vio correr y se paralizó. Yo solo vi a Dios y me arrojé a sus brazos sin pensarlo. Lo abracé, lo abracé fuerte y lloré desesperada, gritando que esos muchachos se querían propasar. “¡Tranquila, tranquila! ¿Estás bien?” preguntaba aquella voz indefinible, poética y armoniosa que me rescataba de las tinieblas. Los muchachos estallaron en risas y se marcharon entre feroces amenazas de muerte. De pronto, la voz volvió a preguntarme si estaba bien, pero yo estaba hundida en ese torso blanco con una mezcla de gratitud y vergüenza, no vencida pero humillada, triunfante pero pisoteada. No puedo explicar qué sucedió. No lo pude mirar, no le pude hablar. Al verme libre de las garras diabólicas, dejé de lado a mi salvador y huí. Corrí como una cobarde.

En el paso malo me di cuenta que había llovido un poco. No pensaba en nada, me sentía adolorida al caminar, como si hubiese estado colgada por mucho tiempo, con ganchos de acero atravesados en la piel. Después me puse a correr en cuanto recordé que debía estar en la hacienda y resbalé. La mayor parte de lodo se la llevaron las piernas y las nalgas. Pronto empecé a maldecir y a sentirme como una idiota por haber acompañado a Auri al pueblo. En eso escuché el ruido de un motor detrás de mí y a lo lejos, vi un auto que avanzaba lentamente, esquivando los baches y el lodo, y no pude menos que pensar que era el nuevo dueño. ¡Señor! El terror me acuchilló al imaginar a tía Amanda esperándome con un látigo. Corrí y corrí, lo más rápido que pude y atravesé como alma que lleva el diablo los portones y todos estaban esperando en el patio, incluida Auri y quise matarla, pero ya no había tiempo. Aquel auto estaba ingresando en el portal. Tía Amanda, al ver lo sucia y agitada que estaba, me miró con unos ojos que decían: “¡A palos voy a matarte!” y me metió el codo con fuerza en las costillas y me plantó a su lado. “No hay derecho” pensaba llevándome las manos donde me dolía y entonces, vi a un hombre con franela blanca bajarse del auto. Agitó la mano y sonrió y le brillaron unos ojos preciosos. En ese preciso instante, algo curioso pasó. El cielo se abrió y en un estruendo luminoso, un rayo cayó. Me atravesó por completo, encendido, violento, partiéndome los huesos y dejándome ahí, parada y chamuscada en la mitad del patio.

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