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DE LAS VACAS SAGRADAS Y PROFANAS (1)

Me enamoré violentamente.

No puedo definir la fuerza con la que ese rayo estalló en mí. Sin el menor aviso, aquel hombre se me instaló en el alma en el último día inmortal de mi niñez, reduciendo todo lo que había vivido en mis 12 años, a ese momento. Mientras saludaba a los trabajadores y avanzaba lentamente hacia tía Amanda —que por suerte o para mi desgracia estaba junto a mí—, yo temblaba ante su proximidad, sintiendo mi cuerpo como de arena, desintegrándose en un torbellino avasallante que estremecía el lugar. Cada rasgo, cada detalle de su deslumbrante presencia, yo lo captaba al son de los latidos desenfrenados de mi corazón: la impresionante altura, el cuerpo robusto, el pelo negro y corto, revuelto, la piel blanca y sedosa, las facciones finas y alargadas. Y sus ojos. ¡Sus ojos! Eran como achinados y de color café. La franela blanca, el pantalón oscuro, tan fresco, tan sencillo. El andar joven y alegre. Parecía estar encendido por dentro y que la luz se le saliera por todos lados.

Toda mi vida lo había esperado. ¡Y ni siquiera lo sabía! Ese día empezó la vida, ese día todo cobró sentido. Sé que es difícil que una niña de 12 años pudiera discernir todo aquello, pero lo que quiero decir es que su llegada a mi vida marcó un antes y un después en mi torturada existencia. Yo no entendía por qué el destino me había llevado ahí, apartándome de mi familia, dejándome a merced de las garras de tía Amanda, pero ahora lo sabía. En él yacía la conexión entre mi hermoso pasado y mi triste presente. Él tenía una sonrisa que me era familiar. Su aura me traía recuerdos de mi infancia en la aldea, de cuando todo era paz y felicidad. Cuando vi sus ojos y su sonrisa aproximarse a mí, no sé por qué extraña razón veía a Mauricio o a mi papá. No podía sostenerle la mirada, porque si lo hacía, posiblemente me derrumbaría y me echaría a llorar. ¡Esa alegría dolorosa otra vez! Reconocía su pecho. Ese pecho que era como un lugar cálido y seguro donde no dudaría en esconderme y rezar, rezar hasta que todo lo malo pasara, sin hablar, sería capaz de refugiarme para siempre en él.

Solo puedo decir que cuando llegó finalmente a tía Amanda —donde también se hallaba esta niña mugrosa y temblorosa—, mi cuerpo ardía en una llamarada palpitante y mi alma volvía a la vida de la muerte, y entonces...

—¡Doña Amanda, al fin nos volvemos a ver! —exclamó con voz poética y sensual.

—¡Señor Adal! —gritó tía Amanda, dándole un abrazo con una emoción que no esperé. Adal ¡Qué bello nombre! ¡Adal!

—No me diga “señor” —cuchicheó, mirando a los lados—. Me hace sentir más viejo de lo que soy. —Y ambos se echaron a reír como si se conocieran de años—. Le presento a mi esposa.

Tras aquellas terribles palabras se me arrugó el corazón. Estaba tan atontada y transportada en la contemplación de su ser, que no me había percatado que detrás de él había una mujer. En seguida, el hechizo se rompió y pude ver a una mujer exótica, de rasgos finos y de esbelta delgadez. Tenía el cabello liso y castaño, la piel como leche de grana y estaba ataviada de la cabeza hasta los pies. Parecía una mujer chamán, caminando con gracia y misterio, conectada a la tierra y al universo.

—Mucho gusto —dijo abrazando a tía Amanda, casi asfixiándola, pero ella la ignoró.

—¿Y cómo estuvo el viaje?

Adal estiró la espalda con las manos en la cintura cual vieja achacosa y le hizo un resumen del recorrido desde la ciudad, deteniéndose especialmente en la odisea de las carreteras sinuosas que casi le hacen vomitar. En ese momento, me miró y alegremente preguntó:

—¿Y esta niña tan linda?

—Es mi sobrina... —contestó tía Amanda cuando él, inclinándose hacia mí, me miró extático, como si empezara a reconocer a alguien en mí y parpadeó con aire entre sorprendido y confundido.

—Tú eres la niña del pue... —dijo en voz muy baja, cerca de mi rostro y yo sentí una llamarada de susto al reconocer a alguien en él. Su torso, su camisa blanca, su olor. Era él. ¡Era mi salvador en el pueblo! Estoy segura de que palidecí, no solo de vergüenza, sino al imaginar que tía Amanda se pudiera enterar.

—¿Cómo dice? —preguntó en seguida tía Amanda, con su actitud autoritaria y de no ser por la mirada que me lanzó, Adal no hubiera podido percatarse de la aversión que ella sentía hacia mí. Entonces, sonriendo se enderezó y respondió:

—Nada.

Y cuando se disponía a marcharse con Pedro, que impacientemente lo esperaba, se volvió para mirarme y me guiñó un ojo a escondidas, en silencio, sellando para siempre el secreto que ahora nos unía.

Mientras se alejaban, Pedro dijo que debían hablar. Adal respondió: “Claro que sí, Pedro, esta noche nos vamos a conocer” y dirigiéndose a tía Amanda preguntó si podían hacer algo especial. Ella aduladoramente dijo que sí y Adal se quejó de frío. “Te tienes que aclimatar” le decía la mujer chamán y yo veía anonadada, cómo Pedro le ofrecía un trago de miche y él lo aceptaba con una sonrisa y lo bebía apreciativamente. Luego sonreí cuando el trago lo regañó y él se sobresaltó, y así fueron internándose juntos en la casa, en tanto él dejaba a su paso pedazos de estrellas y eternidad.

—Será mejor que corras a bañarte y ay de ti si lo vuelves a arruinar. ¡Muévete que hay que cocinar! —amenazó la voz de tía Amanda que no sé de donde salió.

—¡Sí, tía! ¡A cocinar! —A cocinar para Adal, sí. A cocinar para Adal...

Con verdadero entusiasmo me dirigí a mi habitación y me dispuse a arreglarme como nunca antes. No me importaba si a tía Amanda no le gustaba mi atuendo o cómo me había arreglado. Para ella yo siempre hacía algo mal. Por más que pusiera todo mi esfuerzo en complacerla, la cama nunca quedaba bien tendida o la ropa bien lavada. No le gustaba mi ropa o como me quedara. Tampoco mi cabello o como me peinara. En fin, parecía predestinada a su odio, pues desde mi llanto en aquel día doloroso en el cual me alejaron de mi familia, se dedicó a castigarme y a humillarme como nadie en mi vida. Pero todo eso había acabado y yo estaba feliz, porque al fin Dios me había recompensado con un ángel salvador. ¡Adal!

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