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DE LOS RAYOS QUE TE PARTEN EN LA MITAD DEL PATIO (4)

—Es bellísima... —manifestó tímidamente bajo mi expresión atónita.

—Clarita —intervino tía Amanda, subrayando aduladoramente las palabras—. Él es el señor Gustavo, es ganadero y tiene una bella hacienda, con muchas hectáreas y cabezas de ganado... Por favor, preséntate.

Pero yo no tenía ganas de reír. La desesperación me hacía una llave guillotina en la garganta. Al final, le extendí mi mano temblorosa, sudando y alcancé a decir:

—Claret....

—Y él es su hijo Gustavo —añadió entre risas bobas—. Gustavito, para diferenciarlos.

Y él extendió su mano de manera amistosa y cordial, con una chispa especial encendida en los ojos. Pero antes de que yo pudiera darle mi mano, el hombre agregó:

—Entonces, ¿es con ella con quien te vamos a casar, Gustavito?

—¡¿Qué?! —exclamé inmediatamente, escandalizada y en ese momento se concentraron toda mi repugnancia y aversión y las vomité en forma de un grito estridente—: ¡Qué asco!

Todos pusieron una cara como para petrificarla con spray. Tía Amanda me lanzó una mirada que para mí encerraba todo el odio y el desprecio que me tenía solo por ser hija de mi mamá.

—¡Ah caray! —exclamó el hombre, sonriendo—. Nos salió resabiada la muchacha, pero eso está bien. Seguro Gustavito lo va a disfrutar más...

—Seguro que sí, seguro que sí —tartamudeaba tía Amanda con un aire de falsa cordialidad.

Y todos tratando de disimular su incomodidad, hasta yo con las velas apretadas en la mano y sintiendo como el miedo se fundía en una especie de vergüenza nauseabunda con sabor a tabaco.

La paliza de esa tarde fue algo memorable, una cosa que no olvidaré jamás. Tía Amanda me golpeó con tal determinación, que me convencí enseguida de que estaba interviniendo en sus planes para mí. ¿Hablé anteriormente sobre los matrimonios arreglados? Aunque no podía preguntar qué era exactamente lo que había planificado, era evidente que quería lograr lo que con mamá no pudo: Casarme con un hacendado. Abrazada a mi almohada pensaba aterrada tantas cosas. Por ejemplo: ¿a quién se le ocurría casar a una niña? ¿Cuál era la edad permitida para casarse? ¿Qué ocurre con la niñez? ¿Te dejarán ir a la escuela? ¿Hay que tener bebés? ¿Qué podría hacerme ese hombre? Lloraba en mi inocencia. Al final, fueron tantas preguntas para un mismo desconcierto: El amor. ¿Dónde quedaba el amor? Pero bien sabía yo que todas mis preguntas debía guárdamelas en el lugar donde mejor pudiera conservarlas. Tía Amanda era ahora mi tutora legal y yo debía obedecer y punto. Además, mi familia vivía mejor con el sueldo que les enviaba, por tanto no podía arruinarlo. En fin, ese asunto, como muchos otros, empezaron a tomar nitidez mucho tiempo después.

Y fue un día de amplio revuelo en la hacienda el que marcó el inicio de todo. Los trabajadores, cansados de recibir sueldos miserables que se esfumaban rápidamente debido a los altos precios de los alimentos que compraban en la misma hacienda, decidieron abordar al nuevo dueño en cuanto apareciera en el lugar. Pedro, el peón de confianza de la hacienda, decía que no le darían tregua hasta que escuchara sus peticiones: salarios justos, exoneración de las deudas de los trabajadores y mejor comida durante la jornada laboral. Nunca los habían escuchado, solo explotado. Los propietarios de las haciendas rara vez vivían permanentemente en ellas. Solo asistían de visita para verificar su buen funcionamiento, vacacionar o celebrar alguna fiesta familiar. Por esta razón, era tan determinante para ellos poder enfrentar al nuevo dueño. Se decía que esta vez sería diferente, porque supuestamente, la persona que había comprado la hacienda, era un actor de renombrado carácter que hace poco tiempo había participado en la filmación de una película en un pueblo cercano. Entonces, deslumbrado por la majestuosidad de nuestra tierra, siempre verde y de frío perpetuo, decidió comprar la hacienda en honor a sus habitantes, quienes lo tenían en alta estima y lo comparaban con un actor de “El puente sobre el río Kwai”.

Había abanicado el cuaderno por enésima vez acostada en la grama, y más de diez veces intenté espantarme inútilmente algunos insectos. Era la tarde del sábado y pasamos el día leyendo, haciendo tarea y hablando de cosas obscenas. Al final de una historia escandalosa sobre un hombre al que encontraron orinando en el río y que se había vuelto y mostrado a una amiga una “cosa” de proporciones y colores increíbles, Auri se había dormido y Maya, sin ganas de seguir hablando, se marchó a tomar una ducha. Hacía un calor del demonio y no podía dormir, miraba el follaje de los árboles, donde las chicharras emitían un mantra apocalíptico y pensé que seguramente iba a llover. Me sentía muy bien, como todos los sábados que no tenía que trabajar. Me importaba muy poco el revuelo en la hacienda. Solo pasaba el día. Pensaba en las cosas que tenía que hacer. Esperar, comer, arreglarme, dormir, despertar, ir a misa, pasar el día, esperar, comer, dormir, trabajar, estudiar. Vivir sin protestar, sin esperar, sin anhelar, en el continuo fluir del presente.

Auri se despertó de golpe con los cabellos enmarañados, y en un suspiro triste y maligno, dijo algo como: “No he visto a Pablo en tres días”. Yo solté una risita tonta y me senté agitando mi pelo suelto y ella volvió: “Oiga, Clarita, acompáñeme al pueblo a ver a Pablo”. Le dije que no al recordar las palabras de tía Amanda: “Escuchen bien, cuerda de perezosos. Hoy llega el nuevo dueño. Dios los libre de no estar aquí en la tarde perfectamente vestidos y dispuestos, de lo contrario, desearán no haber nacido”. “¡Vamos rápido que todavía no llega!”.

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