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DE LOS RAYOS QUE TE PARTEN EN LA MITAD DEL PATIO (3)

Maya y Auri trabajaban y vivían en la hacienda. Maya era sobrina de Augusto, el esposo de tía Amanda y Auri, la nieta de Luisa, la cocinera. Estaban en la secundaria y me llevaban un par de años más. Maya era una estudiante sorprendente y parecía mayor de lo que realmente era. Ante los demás, se mostraba seria y madura, como una mujer adulta más bien. Pero entre nosotras se mostraba soñadora y enamorada. Lloraba constantemente por un primo mayor que había amado y abandonado cuando tenía 13 años. Para mí era extraño y no lo podía entender. ¿Cómo es que una niña de apenas 13 años podía enamorarse con tal intensidad de un primo mucho mayor? Lloraba, lloraba mucho, destiñendo con sus lágrimas la tinta de los corazones que dibujaba en un papel. M & M escribía. Miguel & Maya. Pobrecita. Auri, por su parte, no era muy buena estudiante, pero sí muy popular. Se movía entre adultos, por lo que evitaba involucrarse con gente de su edad. Tenía una mirada fría y decidida, demasiado segura de sí misma. Los consejos que daba con su tono elocuente y superior, habían metido en problemas a más de uno. Ella me llamaba la atención, tenía una personalidad muy definida, incluso quise llegar a ser así, decidida y atrevida. Pero más vale que no porque la horma de su zapato fue enamorarse de un muchacho de su edad. Pablo, se llamaba. Auri hacía cualquier cosa solo para estar con él y besuquearse en algún rincón solitario del pueblo. Eso tampoco podía entenderlo. Ellas, Maya y Auri, pertenecían al mundo secreto de los jóvenes.

Así, llegaron las arremetidas de ese mundo, como siempre, cargadas de miedo, vergüenza y culpabilidad. En la escuela no era diferente con los niños de mi edad. Continuaban las insinuaciones, las historias increíbles y los rumores escandalosos, pero esta vez llegaron de una manera tan violenta que yo supe que nunca más volvería a tener esa paz infantil que tanto quería conservar. Temía que en algún momento pudiera alcanzada por una “cosa”. Y es que los muchachos del pueblo eran acosadores de profesión. Me quedaría corta si contara los artificios que inventaban para acosar, ofender o insinuar cosas de tipo sexual, como aquel día de misa en el pueblo.

El pueblo se ubicaba en la parte más alta e inclinada de la montaña y tenía una plaza en forma rectangular, con una gran fuente, bancos y árboles que daban sombra al lugar. Las puertas y balcones de las casas daban a la plaza y una sola calle daba la vuelta alrededor. Por ella ingresaban los autos en la parte superior y salían en la parte inferior. La mayoría de las casas destinaban un espacio para la venta de artesanías y recuerdos que vendían a los turistas. Estábamos en la iglesia, la construcción más grande que daba a la plaza, cuando tía Amanda me ordenó comprar velas para la ofrenda. Yo debía ir muy rápido porque la misa estaba por terminar. Así que corrí a la tienda más cercana donde un muchacho acuerpado y de ojos y cabellos claros, estaba sentado detrás de un mostrador. Le pedí las velas con prisa y él se quedó allí, mirándome y sonrió. Me preguntó si era nueva en el pueblo porque no me había visto jamás. Ingenuamente le respondí que sí y enseguida empezó a bromear. No sé por qué demonios me quedé hablando con él. Tenía una linda sonrisa y derrochaba amabilidad. Continuábamos hablando cómodamente cuando él, sin levantarse de su asiento, tomó las velas con la mano izquierda y antes de entregármelas, me preguntó si había visto un tabaco cubano. Lo miré extrañada y le contesté que no, a lo que respondió: “Tengo uno aquí” y me mostró sin ningún tipo vergüenza su “cosa”. ¡Dios mío, no! ¡Otra vez no! Entonces, tomando las velas me precipité a la puerta y salí corriendo poseída por el asco y el terror. Lo escuché reírse y eso me dio todavía más miedo, mezclado con furia brutal.

Llegué corriendo a la iglesia y la misa había terminado. Todos estaban afuera, derrochando castidad y amor a la humanidad –también aquí ocurría–. Yo estaba realmente asustada, a punto de llorar y sin pedir permiso, empecé a meterme entre las viejas que me miraban llenas de altivez. Tía Amanda conversaba con unas señoras muy castas y arregladas y me dirigió una rápida mirada. Yo me quedé allí, a su lado, refugiándome del asco y vergüenza que me asolaban. Había sido acosada otra vez. Desesperada, pensé en contárselo, pero su mirada fría y despreciativa me dejó paralizada y me controlé. Estaba sola en ese asunto, como en muchos otros también. Sola, sola, absolutamente sola. En cuanto las señoras se marcharon, tía Amanda se volvió hacia mí con la intención de torturarme horriblemente, pero en ese momento sus ojos se quedaron petrificados ante una inesperada visión.

Me volví para mirar y vi a un hombre de aspecto regio y acomodado. Indudablemente era un hacendado. Iba acompañado de un muchacho muy joven, de unos 13 años, quizá, de rasgos fuertes, nariz y labios un tanto gruesos, pómulos altos y ojos claros. Estaba muy bien vestido y tenía el cabello negro y ensortijado. Tía Amanda exclamó: “¡Tabo!” y abrazó con fuerza al hombre y después al muchacho: “¡Gustavito, hijo mío, qué grande estás!”. Yo seguía temblando y controlando las enormes ganas que tenía de gritar. Mientras tanto, el hombre y el muchacho me lanzaban rápidas miradas de curiosidad y tía Amanda no hacía más que hablar con un nivel de adulación increíble.

—¿Con qué ésta es su sobrina, Doña Amanda? —preguntó el hombre.

—¡Así es, Don Gustavo! —respondió tía Amanda—. ¿No le parece que es una belleza?

—¡Por supuesto que sí! —aseveró el hombre y me miró como si esperara que yo respondiera algo. En seguida se dirigió al muchacho y le preguntó—: ¿Tú qué piensas, Gustavito?

¿Qué demonios tenía Gustavito qué pensar? No entendía nada de lo que estaba ocurriendo. Lo único que deseaba era largarme a la hacienda.

—Es bellísima...

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