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DE LOS RAYOS QUE TE PARTEN EN LA MITAD DEL PATIO (2)

Me vi forzada a abandonar mi niñez en forma apresurada. Me hice más madura, independiente y observadora, y no pasó mucho tiempo cuando me abrieron un contrato de trabajo donde se me asignaba mi salario mensual y la labor que iba a desempeñar. Trabajaría en la cocina: un inmenso espacio rodeado por mesones de cemento, repisas de madera oscura, paredes blancas, un hermoso fogón y una gran mesa central. Aunque me permitieron estudiar, tuve que adaptarme al horario de las tardes, pues las jornadas de trabajo iniciaban de madrugada y terminaban a las once de la mañana, dejándome apenas una hora para comer, arreglarme y marcharme a la escuela. Era realmente extenuante. Había que alimentar a un poco más de cien trabajadores que se distribuían en labores de cultivo, ganadería, artesanías, limpieza y cocina. Ni hablar del círculo acomodado de la hacienda, los encargados y administradores, todos viejos y arrogantes, entre ellos, la tía Amanda.

Recuerdo el discurso que tía Amanda, con su actitud impresionante y autoritaria, me dió en mi primer día de trabajo. Me indicó que yo no vería ni un centavo de mi sueldo, puesto que todo sería enviado a mi madre, además, no lo necesitaría porque comería en abundancia y sería vestida y alojada con comodidad, y que, más bien, debía sentirme agradecida de servir allí. A cambio me exigió que fuera obediente y activa, y que si fallaba, sería castigada con severidad, por tanto, me convenía someterme a sus órdenes y reglas. Pero no siempre pude cumplir y los primeros meses de trabajo en la hacienda fueron muy duros. A pesar de que me esforzaba al máximo por trabajar, yo no sabía nada sobre las tareas de la cocina, y curiosamente, tampoco sabía lavar mi ropa, arreglar mi cuarto o arreglarme yo misma, al menos como tía Amanda quería. Mamá siempre hacía todo por nosotros y quizá, su amor sobreprotector e incondicional, lejos de prepararme para la vida me había hecho mal. Tía Amanda me insultaba con palabras tan groseras como las que podrían salir de la boca de un sargento, cada vez que hacía algo que le hiciera molestar. Me daba golpes en las costillas y en la espalda, y yo siempre corría espantada a esconderme en el puente, lugar donde ella, tan torpe y obesa, no podría llegar jamás.

Un día me dejaron encargada de la masa de harina de trigo y mientras ésta reposaba, Luisa, la cocinera de la casa, una abuelita muy tierna y entregada, percibió que algo andaba mal y me preguntó si agregué el bicarbonato a la mezcla. Me quedé helada cuando en ese preciso momento entró en la cocina, tía Amanda, realizando su ronda habitual y Luisa la miró con expresión de inseguridad.

—¿Qué es lo que pasa aquí? —preguntó inmediatamente tía Amanda.

—Algo está mal con la masa —murmuró Luisa.

En seguida, tía Amanda me miró y yo sentí que el rostro se me tensó.

—¿Qué tiene la masa?

—No crece —contestó Luisa, descubriendo la bola gigante que reposaba sobre el mesón.

—¿Le agregaron el bicarbonato a la mezcla?

—Creo que sí ¬—titubeó Luisa, aterrada.

Tía Amanda me lanzó una mirada brutal y yo bajé la cabeza.

—¿Quién estaba encargada de la masa?

Luisa calló y las demás mujeres se paralizaron en un momento de extrema tensión.

—¿No se limpiaron los oídos o qué? —insistió tía Amanda—. ¿Clarita tendrá algo que ver?

Luisa no se atrevía a hablar. Sabía que tía Amanda era implacable y si lo sabía, me iba a matar. No dijo que sí, pero su leve encogimiento de hombros me delató.

Sí, había olvidado agregarle el bicarbonato a la mezcla.

—¡Mira que eres tan bruta como tu mamá! —vociferó tía Amanda, lanzándome una bofetada espectacular.

—¡Perdóname, tía Amanda, perdóname! —rogué aterrada—. Te juro que no lo vuelvo a hacer.

—¡No haga eso, Doña Amanda! ¬—exclamó Luisa con la inequívoca intención de detenerle la mano cuando me volvía a pegar—. ¡Es solo una niña!

—¡Hago lo que se me da la gana y tú te callas!

—Pero no le pegue...

—¡Le doy una y quinientas bofetadas más! —gruñó encendida, dándome efectivamente, quinientas bofetadas más.

Arruiné más de 200 arepas ese día. Los trabajadores se quejaron de hambre y yo ni siquiera pude ir a la escuela de lo inflamada que tenía la cara. A partir de ese momento, Luisa se encargó de mi instrucción en el arte culinario. Todas mis actividades se condicionaron al horario de la cocina. Prácticamente vivía allí, entre el humo del fogón y los aromas de los guisos y sofritos. La preparación de cada comida era como un ritual: A las tres de la madrugada, algo soñolientas, ya estábamos listas para iniciar la elaboración del desayuno. Arepas de trigo, pisca andina y café. El esfuerzo fenomenal que implicaba despachar cantidades enormes de comida, me sacudían cualquier vestigio de sueño que me pudiera quedar. En cuanto terminábamos con aquello y sin tiempo para descansar, empezaba la preparación del almuerzo. Nos sentábamos a la mesa, un poco más tranquilas y entre risas y bromas, empezábamos a picar, escoger y machacar. Frijoles, garbanzos o cremas. Cerdo, gallinas o truchas. Dulces de higo, panes andinos o quesadillas. Entonces, cuando terminábamos, después de limpiar y ordenar y dejar listos los ingredientes de la próxima comida, Luisa decía: “¡Otro día más al bendito!” y sabíamos que podíamos retirarnos. ¡Vaya que cada día era bendito! Tenía que serlo...

Pero no todo era malo. En ciertos momentos de descanso emergían pequeños islotes de felicidad que me permitían disfrutar de mi juventud. Por ejemplo, en la escuela, cuando no me quedaba dormida, aparecía otra vez, atrayente y enigmático, el mundo secreto de los jóvenes y yo, ahora más madura e independiente, sentía que podía asumir una actitud diferente ante el asunto. No es que ya no lo sintiera turbador, pecador y prohibido, porque de hecho, mi terror hacia las “cosas” seguía intacto, pero algo se había despertado en mí. Una especie de curiosidad por explorar ese mundo secreto, por conocer eso que suscitaba dentro mis sueños, episodios de placer y miedo ante el desmoronamiento inminente de mi infancia y el surgimiento de la nueva realidad que aún me negaba a aceptar. Incluso, ahora me sorprendo de la fantástica rapidez con la que esa realidad emergió.

Con Maya y Auri empecé a explorar esa nueva realidad.

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