Librería
Español
Capítulos
Ajuste

DE LAS VACAS SAGRADAS Y PROFANAS (2)

Así que me vestí con la braga rosada que tanto me gustaba, mi suéter naranja y me hice una colita alta en mi pelo alborotado.

Cuando me dirigía a la cocina y observé el patio central, noté que todos estaban emocionados, hablando y moviendo cosas de aquí para allá. Había sillas, mesas y bancos regados por todos lados. Aquel patio que solía ser un espacio vacío y desolado, mágicamente adquirió vida. Era obvio que la reunión de Adal con los trabajadores era un acontecimiento muy importante. Tal celebración ameritaba de una comida especial, por lo que tía Amanda mandó a preparar lomo de cerdo al ron. “¿Y a ti que bicho te picó?” preguntó Auri, detallando mi pinta mientras nos colocábamos el delantal entre el montón de mujeres que animaban la cocina, bromeando y cuchicheando cosas sobre Adal. No le contesté nada y la ignoré. Aún no se me olvidaba que me había dejado en el pueblo. “¿Qué están esperando, libertinas del carajo? Ya las veo arder en el infierno mientras Satanás defeca en ustedes por tener esos pensamientos pecaminosos sobre el señor Adal. ¡Prostitutas! ¡Muévanse a trabajar!” gritó tía Amanda con su lengua ponzoñosa.

En seguida nos pusimos a trabajar en el banquete y cuando llegó Luisa de la nevera, con una cara que no podía ser otra que de tragedia, dijo que no había carne de cerdo. La cocina se convulsionó y rápidamente, las mujeres más experimentadas se pusieron a pensar. Era imposible conseguir carne de cerdo a esa hora y lo que sobraba en la hacienda era carne de res. Así que pronto decidieron utilizarla, alterando ligeramente la receta con tal de cumplir las órdenes de tía Amanda. El tiempo apremiaba, pues no contábamos con mucho tiempo para dejar la carne macerar y las mujeres corrían nerviosas, aliñando, friendo y empanizando. Entre tanto, Auri y yo, sentadas frente a la gran mesa, picábamos papas para acompañar el cerdo –que al final no sería cerdo– y ella susurró:

—¿Por qué se arregló tan bonita?

—¡No es asunto suyo, entrometida!

—Le gusta el nuevo dueño, Clarita... ¡A mí no me engaña, sinvergüenza!

—¿Ya está listo? ¡Rápido que ya están todos reunidos! —vociferó tía Amanda al entrar como un torbellino en la cocina y todas las mujeres se sobresaltaron y empezaron a trabajar con mayor rapidez—. Hay que servir e incorporarnos nosotras también. ¡Muévanse!

¿Nosotras también? ¡Qué maravilla! ¡Qué emoción! ¡Poder estar cerca de él! Creo que la alegría se me notó porque en el acto, tía Amanda nos miró con ojos entornados.

—¡Y ustedes no se vistan que no van! ¬—dijo lentamente, saboreando cada palabra con placer.

Así, con tristeza vi salir a las mujeres apresuradamente, llevando las grandes ollas con la comida y las jarras con chicha andina, y las más jóvenes, es decir, nosotras, nos quedamos a husmear.

—¡Sí le gusta! —insistió Auri.

—¡Claro que no! —respondí, escandalizada—. ¿Cómo se le ocurre?

¡Claro que me gustaba! Lo amaba. En menos de tres horas aquel hombre se había convertido en el amor de mi vida, de mi muerte y mi resurrección...

Luego de un rato, se escuchaba el alboroto en el comedor. Pedro hablaba con gran entusiasmo sobre los malos tratos que habían sido objeto desde hace años. Los sueldos miserables, las jornadas extenuantes, la carencia de medios de transporte, así como la mala comida y las deudas adquiridas, fueron el centro del debate. Adal escuchaba atentamente y los trataba a todos con amabilidad. Les preguntaba sus nombres, sobre sus familias y sus aspiraciones. Me parecía increíble que un patrón pudiera tratar a los trabajadores de ese modo, pero así ocurrió. No pasó mucho tiempo cuando estaban celebrando acuerdos y firmando documentos. Era una cosa de mucha emoción y supuse que iniciarían el banquete. Así que me alejé de la puerta de la cocina y me uní al grupo de muchachas, hablando tonterías y haciendo papitas fritas. Freía y freía, bromeando distraídamente, mientras las marabuntas acababan con las papitas en cuestiones de segundos. De pronto, Emiliana, la hija de Luisa, entró a la cocina atropelladamente y todas nos paralizamos al verla y exclamó:

—¡No come carne! ¡No come carne!

En ese momento, casi se me vuelcan las papitas del sartén, pero hoy lo recuerdo en medio de una risa ruidosa, agitada por la verdadera tragedia que resultó ser el cerdo–res.

Dicen que cuando Adal probó el primer bocado del cerdo–res, el horror se le reflejó en el rostro. Rápidamente preguntó qué era y tía Amanda, tan zalamera como siempre, dijo que era lomo de cerdo al ron. Pero Adal, con la mirada fija en el plato y masticando, empezó a menear la cabeza de un lado a otro, diciendo que no. Los demás, que charlaban y comían, al darse cuenta de la expresión en el rostro de Adal, se quedaron callados y lo miraron extrañados mientras él decía “No, no”. Luisa, al darse cuenta que Adal había percibido otro sabor, temerosamente añadió: “No es lomo de cerdo, doña Amanda, es carne de res”. Entonces, sin echar mano de la servilleta, Adal retrocedió en su asiento y escupió con tanta violencia el bocado, que todos se quedaron anonadados. Se levantó furioso del tiro y empezó a gritar: “¡Las vacas son sagradas! ¡Las vacas son sagradas!” Su esposa se metió para calmarlo y tía Amanda se metió para calmar a Pedro que lo había tomado como una ofensa. Y se formó tal lío, que nadie podía oír una palabra de lo que decían, salvo la palabra “vaca” que tronaba sobre todas las demás, hasta que se restableció la calma.

—¡Hay que darle algo más! ¡Hay que darle algo más! —insistía Emiliana, alterada, girando la cabeza a todos lados, como queriendo crear una comida vegetariana con la vista.

—Denle papitas fritas —dije con naturalidad y todas me miraron fastidiadas como cada vez que decía una insensatez y con ganas de darme un buen coscorrón—. ¿Qué?

En eso y como si fuera loco rabioso, Adal atravesó la cocina buscando entre las ollas algo para comer. Tía Amanda y su esposa lo seguían, intentando en vano calmarlo. Tenía el aspecto de estar muy molesto y a punto de sollozar. “¡¿Es que no hay nada aquí?!”

Descarga la aplicación ahora para recibir recompensas
Escanea el código QR para descargar la aplicación Hinovel.