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Capítulo 3.1

Me deshago de mi pantalón y bóxer al mismo tiempo, dejando mi verga libre y disfrutando de las reacciones de su rostro al mirar pausada y detenidamente mi carne palpitante y completamente erecta.

Veo como sus ojos se anclan a la gorda punta, brillosa por el pre seminal y un jadeo escapa de su boca al percatarse de mis piercings. Se acerca y, delicadamente, con la yema de su pulgar, roza el Prince Albert , para luego repetir la misma acción con el Apadravya y con el Dydoe piercing . Y tengo que morderme el interior de la boca para no dejar salir el gruñido que retumba en mi pecho con ese simple contacto.

Hago puños mis manos para no enredar su cabello entre mis dedos y follarme bruscamente esa boquita carnosa.

Suspiro, recordándome que esta noche será su primera vez para muchas cosas y tengo que mantener a raya la bestia hambrienta que solo ella logra despertar en mí y que ahora mismo parece ferozmente desatada.

Su mirada felina comienza a deslizarse por toda mi carne, examinando visualmente cada una de mis venas, deteniéndose por varios segundos en cada una de las perlas que va encontrando a su paso, removiéndose ansiosa y apretando sus muslos al mismo tiempo que apresa entre sus dientes su labio inferior.

—Si ya, el tamaño y grosor de tu polla… intimidan por si solos, con todos esos artefactos estimulantes, hay que ser muy valiente para pensar en tomarte dentro de mí —susurra, sin apartar la mirada de mi ansioso miembro—. Mierda… vas a destrozarme.

—¿Quieres que paremos? —pregunto. Aunque tengo las pelotas moradas, no quiero que se apresure ni se sienta mal. Mucho menos que haga algo que vaya hacer más doloroso que placentero para ella.

—¿Parar? —cuestionó, totalmente indignada. Como si acabara de decirle lo peor de este mundo—. Ni muerta, no sales de aquí sin que haya probado cada centímetro de ti y me hayas hecho tuya hasta que caigamos desmayados en esta misma cama.

«¡JODER! Definitivamente, esta enana me va a matar».

Suelto una carcajada estruendosa que retumba en mi pecho. No recordaba desde cuando no reía tan intensamente y me sentía tan pleno conmigo mismo.

—Está bien. —Le digo, acostándome sobre mi espalda y cruzando los brazos detrás de mi cabeza—. No tienes que sacar a ese pequeño diablo que vive en ti. Estoy aquí. Haz conmigo lo que desees, Elif Glenn. Soy todo tuyo.

Riendo suavemente, comienza a encaminarse hacia donde estoy ubicado, pasando las palmas de sus delicadas manos por mis piernas, arrastrándolas por mi cuerpo y bordeando mi miembro, sin llegar a ser contacto con él aún.

He estado cachondo desde que la vi llegar a la fiesta con ese sencillo, pero sexy vestido. Y desde que su boca se unió a la mía me he encontrado dolorosamente duro y excitado de una manera que jamás había experimentado.

Elif se muerde el labio inferior mientras me toma en su mano y acaricia cuidadosamente mi eje. Ella susurra algo para sí misma, pero no lo logro escucharla porque toda mi concentración está dedicada en no explotar en su pequeña mano. No sé porque puñetera razón mi cuerpo reacciona de esta manera cuando de ella se trata. Es como si cada sensación, por mínima que sea, se amplificara mil veces más de lo normal.

Con Elif no me siento como un viajero de horizontes íntimos, ni como un río que ha abrazo mil orillas. Tampoco como ese joven que ha experimentado de mucho sexo sin escrúpulos.

Con ella, todo es totalmente diferente. Yo, soy diferente.

He sido como una pluma que ha escrito en todas las pieles que me he topado en mi camino, pero Elif, poniendo su boca en mi polla, con sus ojos felinos mirándome mientras me saborea y tantea el terreno, antes de comenzar a chuparme, no tiene comparación con nada de lo vivido en mi vida antes de este momento exacto, ni con nadie con la que he estado entre sábanas.

Ella es especial.

Siempre lo ha sido… Al menos para mí.

—¿Te gusta así? ¿Lo estoy haciendo bien? —pregunta con cautela, dándome otra suave caricia. Como si estuviera burlándose de mí—. Porque no sé si está siendo placentero para ti o...

—Estoy en la mismísima cima de la gloria, pequeño ángel —murmuro—. No creo que pueda resistir por mucho de lo bien que me haces sentir.

—Bien. Pero, por favor, si no aguantas, apunta a cualquier lugar que no sean mis ojos o este hermoso y rizado cabello, que tanto dices que te gusta —ordena, y mi risa rebota contra las paredes por unos segundos antes de que muera completamente, remplazada por un salvaje gruñido cuando lame toda la longitud de mi polla y chupa mi glande.

«Estoy frito. Completamente jodido y fuera del mercado para cualquier otra persona. Diablos… que bien se siente».

Cuando toma la cabeza de mi miembro completamente entre sus labios carnosos y su lengua comienza a trabajarme sin descanso, sé que, si antes de que algo sucediera entre nosotros, ella era la dueña de cada uno de mis pensamientos… a partir de hoy, y oficialmente, mi cuerpo, alma y corazón, pertenecen a este pequeño ángel.

Enredo mis dedos en sus hebras azabaches, guiándola y animándola a ir más despacio. Ella obedece inmediatamente, aprendiendo y absorbiendo cada cosita que voy mostrándole. La succión caliente de su boca, el roce de sus labios tragándome milímetro a milímetro y sus bellos ojos brillando de excitación, me tienen al lanzarme por un precipicio que promete ser extraordinariamente placentero.

Para cuando estoy enterrado casi hasta el fondo de su garganta, estoy sudando y en una bruma lujuriosa que me estruja las bolas, ansiosas por liberarse.

«¡Maldición!, jodido Cristo. Se siente tan extraordinariamente bien, como una única brisa recorriendo todos los valles de mi alma».

Utilizo mi mano libre para limpiar las gotas de saliva, que se deslizan por la comisura de su dulce boca. Mi respiración se vuelve dificultosa cuando utiliza el mismo ritmo tortuoso que usaba con sus caricias, para arrastrar su boca fuera de mi polla.

Su lengua se desliza sobre la punta en un lento y seductor remolino, y casi pierdo el control en ese mismo momento.

«Hostias».

Creí que marcarle un ritmo lento sería la mejor opción para controlarme y poder durar un poco más, pero acabo de darme cuenta que, con Elif, no importa si es lento o rápido. La enana tiene un maldito hechizo sobre mi polla y no voy a poder durar lo que me gustaría, de ninguna manera.

No sé de dónde coño está sacando estos trucos si es una señorita en este aspecto, pero el pequeño ángel me está dando la mejor mamada que he tenido desde que comencé a disfrutar del sexo.

—Joder, enana, estoy demasiado cerca —digo con los dientes apretados.

La muy traviesa, con los labios relucientes de humedad, me suelta con un sonido húmedo y obsceno, acariciando mi polla con más ahínco y deseo. Gimiendo, remplazo su mano por la mía justo cuando todo mi cuerpo se tensa y se estremece.

Me corro encima de sus pechos, mientras ella besa dulcemente cada centímetro de mi piel que se encuentra a su alcance, hasta que me estiro para tomar sus labios.

Nuestras lenguas se encuentran y la beso con avidez mientras las réplicas de mi liberación tiemblan a través de mi cuerpo y me siento el hombre más feliz del mundo.

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